julio 21, 2024

Los archivos ambulantes del Ejército Unido Libertador

Por Luis Oporto Ordóñez *-.


El Ejército Libertador o Unido de Simón Bolívar emitió sendos boletines de guerra que fueron a parar a los archivos de jefes militares como Daniel O’Leary y Andrés de Santa Cruz. Así también lo hicieron Bernardo O’Higgins y José de San Martín, y antes que todos ellos el general Francisco de Miranda.

En esa época los archivos oficiales eran de dos tipos: originales y copiadores, pero muchas veces carecían de estos libros en la campaña y se emitían las copias múltiples, dictadas a varios escribanos a la vez. El cuidado de los archivos de campaña estaba a cargo de los albaceas, pero la mayoría de los jefes conservaron sus propios papeles como si fueran de su propiedad, a pesar de pertenecer al Estado Mayor.

Daniel O’Leary ofrece un valioso testimonio señalando que “los albaceas del Libertador me dieron su archivo, y los jefes Soublette, Salom, Urdaneta, Flores, Montilla, Héres, Lara, Wilson y otros, se apresuraron enviarme los datos que les pedí”. Manuelita Sáenz, la secretaria y primera archivera americana, también le entregó valiosa documentación secreta y privada del Libertador. Este dato corrobora la tradición de los jefes militares de la época de la Independencia de retener los archivos de campaña una vez terminada la guerra. Los jefes militares asumieron como parte de su misión la tarea de “allegar los documentos” y conservarlos, en medio de la penuria de la guerra. Muchos archivos patriotas cayeron en manos de los realistas, al ser requisados de los jefes militares que cayeron presos o muertos. O’Leary afirma que un antiguo rival de Bolívar, el general Pablo Morillo, que en la postguerra residía en La Coruña (España), “dióme muchos documentos tomados por los realistas”.

Efectivamente, en esta época destaca una célebre mujer quien será la primera archivera latinoamericana, Manuelita Sáenz, cuya existencia fue fascinante. En septiembre de 1823 sofoca un levantamiento contra Bolívar en Quito vistiendo por primera vez el uniforme militar. Regresa a Lima incorporándose al Ejército con el grado de húsar, responsable de manejar el Archivo Secreto del Libertador. El 6 de agosto de 1824 participa en la batalla de Junín, siendo ascendida a capitán de Húsares; en la batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, es ascendida a coronel del Ejército colombiano.

Por otra parte, series íntegras de correspondencia de los comandantes de los ejércitos colombianos fueron transcritas y publicadas. La importancia de esas compilaciones trasciende al propio archivo donde se encuentran los originales, pues demuestran de manera fehaciente la génesis de Bolivia. Es el caso de las cartas de Bolívar a Sucre, compiladas por Vicente Lecuna, y que son consideradas como:

“una valiosísima prueba que permite entender las altas miras del Libertador, cuando, superando todo género de dificultades decidió la separación de las provincias que integraban la antigua Audiencia de Charcas, generalmente conocidas como el Alto Perú, para formar con ellas una nueva República, cuya razón y sentido era la de actuar como equilibradora en medio de las aspiraciones que moverían a las nuevas naciones.”

Los 11 gruesos volúmenes describen las campañas de los ejércitos libertadores en Colombia y Perú, la campaña por la liberación del Alto Perú contra el gobierno de Olañeta; la fundación de Bolivia (primera administración de Sucre), la Asamblea Deliberante, el gobierno del Libertador, la Misión de Alvear y Díaz Vélez (relaciones con Chile); el gobierno de Sucre (segunda administración de Sucre, Congreso Constituyente, Congreso de Panamá, Gran Confederación, presidencia constitucional, invasión de Gamarra).

Como en toda conflagración los archivos militares eran objetivos de guerra. En 1814 la correspondencia personal de Simón Bolívar fue capturada en combate, salvándose únicamente un fragmento de copiadores de oficio. Es también célebre la tendencia destructiva del Libertador hacia su archivo personal, como puede verse en el Artículo 9 de su testamento en el que ordena a su albacea que “los papeles en poder del señor Pavageau se quemen”, orden que felizmente no pudo cumplir para fortuna de la historia.

En el mismo testamento ordena que El contrato social de Rousseau y El arte militar de Monte-Cúculi, obras valiosísimas que pertenecieron a la biblioteca de Napoleón y que le fueron obsequiados por el general Roberto Wilson, se entregasen a la Universidad de Caracas. La histórica disposición de última voluntad del Libertador fue refrendada por el escribano público José Catalino Noguera en la hacienda de San Pedro Alejandrino de la comprensión de la ciudad de Santa Marta, a 10 de diciembre de 1830.

Desde 1818 O’Leary comenzó a reunir datos y documentos que tuviesen relación con la guerra de la Independencia y con la vida de Bolívar. Terminada la guerra logró recuperar muchos documentos tomados por los realistas. En 1831, después de la muerte de Simón Bolívar, viajó a Jamaica donde encontró el Archivo de Bolívar, que Pavageau había embarcado para llevar a París, donde el Libertador planeaba residir, y comenzó la redacción de sus memorias, publicadas póstumamente por su hijo Simón O’Leary bajo el título de Memorias del general O´Leary. El común denominador en esa copiosa correspondencia es la presencia, influencia, rol y avatares del ejército expedicionario al mando de Bolívar y Sucre.

Otro tipo documental muy empleado durante la época de la incursión de los llamados Ejércitos Auxiliares Argentinos fueron los partes oficiales y proclamas de las tropas militares de ambos bandos, muchos de ellos escritos en lengua nativa. Gran parte de estos se hallan conservados en el Archivo de la Dirección de Estudios Históricos del Comando en Jefe del Ejército (Buenos Aires, Argentina).

Los documentos militares de esa época, así como los boletines oficiales de guerra, fueron emitidos (e impresos) durante las campañas militares, por lo que se colige que, al igual que en Europa, las tropas llevaban consigo, en sus campañas de guerra, los archivos ambulantes y las imprentas volantes. Así lo hicieron los comandantes de la Provincias Unidas del Río de la Plata y los generales de Bolívar, entre estos O’Leary y Santa Cruz.

El Archivo del Mariscal Andrés de Santa Cruz es una valiosa fuente primaria que contiene información sobre la vida y obra del prócer. El primer tomo es particularmente importante para la época de la guerra de la Independencia:

“La llamada Segunda Campaña de Intermedios, cuya finalidad era liberar el sur del Perú y el Alto Perú, y, al mismo tiempo, separar a las fuerzas españolas en modo de disponer favorablemente una acción final contra ellas, tuvo en su desarrollo y desenlace el contorno de una tragedia en la cual Santa Cruz alcanzó la cumbre de su trayectoria militar, con el Mariscalato recibido por la victoria de Zepita, y al mismo tiempo sufrió la condición de víctima propiciatoria por el fracaso final.”

Otros jefes militares, en tanto, eran propensos a la destrucción deliberada de documentos oficiales, siendo el caso más célebre el del general José de San Martín, de quien se creía que había destruido los documentos de su actuación militar “como lo acostumbró hacer magnánimamente en medio de su poderío aun respecto de sus enemigos, conservando únicamente los que pudiesen ser útiles para la historia”.

El general Juan Antonio Álvarez de Arenales combatió en territorio de la Audiencia de Charcas (batallas de Vilcapugio y la Florida, por ejemplo), en la Argentina y el Perú (que le confirió el grado de Mariscal) y como resultado de las batallas que dirigió formó un importante archivo epistolar con guerrilleros y comandantes de Charcas, como el general Antonio José de Sucre, el cruceño Ignacio Warnes (70 cartas dirigidas a Arenales entre 1813-1816), el tarijeño Eustaquio Moto Méndez, el coronel José María Pérez de Urdininea; incluso con el general Pedro Antonio de Olañeta, “el último León de Iberia”. Este Archivo “permitirá clarificar algunos aspectos de interés en la última etapa de la guerra de la independencia” de Charcas en el siglo XIX.

El general Manuel José Belgrano comandó uno de los ejércitos auxiliares enviados desde Buenos Aires, tomando La Plata y Potosí. Uno de sus comandantes, Juan José Castelli, El orador de la revolución, ordenó el apresamiento y posterior fusilamiento del mariscal Vicente Nieto, presidente de la Audiencia de Charcas, del capitán de Fragata José de Córdova y Rojas y del célebre gobernador de Potosí, Francisco de Paula Sanz, en su afán de implantar un gobierno revolucionario, habiendo decretado la liberación de los indios. Belgrano sufrió la derrota de Ayohuma en 1813, forzando a su tropa a salir en precipitada fuga, ocasión en la que “se llevó el libro de acuerdos del Cabildo, con los demás papeles y utensilios de valor del Tribunal Supremo” rumbo a Buenos Aires. Similar actitud tuvo con los documentos de la Audiencia de Charcas el gobernador que Belgrano nombró en La Plata. Formó importante archivo con la nutrida correspondencia que generó durante su actuación militar. Otro archivo importante, aunque de pocos documentos, sobre el Segundo Ejército Auxiliar Argentino de Alvarez de Arenales, es la del general José de San Martín, que como dijimos, pese a que no era muy afecto a guardar documentos oficiales, “felizmente sus más importantes papeles fueron conservados”, y entregados por su viuda al general Bartolomé Mitre, quien dejó “a su discernimiento decidir los que fuesen de verdadera utilidad y los que debían conservarse”.

En el Archivo Nacional de Bolivia existen referencias de series documentales militares, entre ellas el Fondo Comandancia del Ejército Unido Libertador (1825), el Fondo Ministerio de Guerra (1826-1898), muy completo; y otra pequeña serie en el Fondo Ministerio de Gobierno (1825-1828) (Mendoza, 1967).

Otra veta documental de notable dimensión para esta época es la Colección Documental de la Independencia del Perú, editada en Lima por la Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú en 1971, monumental tarea que fue dirigida por el general Juan Mendoza Rodríguez, publicada en 98 volúmenes. Gran parte de los documentos están relacionados con Bolivia, sobre todo los que contiene el Tomo 6 (Asuntos militares, desplegados en nueve volúmenes), Tomo 7 (Marina, con cuatro volúmenes) y Tomo 8 (Expedición Libertadora, en tres volúmenes).

Los archivos de Bolívar, que suman 283 tomos, y los 63 del general Francisco de Miranda, fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). En 1999 se los entregó a la Academia Nacional de Historia de Venezuela para su custodia. En junio de 2010, mediante decreto, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, “ordenó transferir la totalidad de los archivos de Bolívar y del precursor de la Independencia venezolana, el general Francisco de Miranda, al Archivo General de la Nación (AGN), que depende del Ministerio de Cultura. ‘Hemos rescatado de la mano de la burguesía los archivos del Libertador (…) Ahora el pueblo va a conocer los archivos de Bolívar y de Miranda, los papeles los vamos a poner en exhibición’, expresó el mandatario”.

El Archivo Histórico del Congreso de Bolivia (hoy Asamblea Legislativa Plurinacional) custodia fragmentos de la serie de Montepíos, que se refieren a los premios pecuniarios y pensiones de excombatientes de la guerra de la Independencia, impetrados ante el Senado Nacional.

El Archivo de la Casa de la Libertad contiene valiosas piezas documentales, la mayoría de ellas sueltas, referidas a la época de la guerra de la Independencia, asimismo de la Guerra del Pacífico y la Guerra del Chaco.


  • Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

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