julio 14, 2024

Edgar Arandia, un “enfant terrible” nativo, contestatario y rebelde

Por Luis Oporto Ordóñez *-.


El 26 de junio falleció en nuestra ciudad Edgar Chino Arandia Quiroga, dejando un vacío notable. Comparto estas líneas para rendir un homenaje a su trayectoria, que encierra diversas facetas.

Edgar Arandia Quiroga fue artista plástico, poeta, ilustrador y grabador, pero a eso se suma su labor como antropólogo, docente, gestor cultural, columnista de La Razón y servidor público.

Un peligroso artista con ideales comunistas

Arandia nació el 22 de febrero de 1950. Manuel Vargas, en un valioso artículo testimonial (“Edgar Arandia en diez estaciones”, T’inkazos, 2007), que le da voz al pintor, reconstruyó su trayectoria. Fue estudiante del colegio nocturno Ayacucho, dirigente de la Federación de Estudiantes de Secundaria, “al mismo tiempo, para ganarse la vida, trabajando de obrero en una imprenta”.

En ese testimonio recogido de la voz de Edgar Arandia, relata que provenía de un hogar modesto. Eso explica que estudiara como alumno libre en la Escuela de Artes Hernando Siles y en el Taller de Grabado del Centro Boliviano-Brasileño, pero su talento innato le abrió las puertas al arte pictórico y “realizó su primera exposición a los 18 años en el Museo Nacional de Arte. La directora del museo era doña Teresa Gisbert; cuando vio sus pinturas, y tal vez la expresión de orgullo del pintor en ciernes, le dijo muy seria: –Yo no creo en los niños prodigio. Y él le respondió: –Yo tampoco”. Era pues, un “enfant terrible”, es decir, “una persona brillante, rebelde y transgresora, cuyas opiniones y creaciones se apartan de la ortodoxia, son innovadoras o de vanguardia en el arte”, pero más que eso Edgar fue considerado un peligroso artista con ideales comunistas.

En efecto, muy joven se inclinó por los ideales de izquierda. Todos los dictadores se ensañaron con el joven pintor. En 1971, por orden del dictador Banzer, “fueron a buscarlo a su casa, lo detuvieron y fue a parar a la cárcel. Su pequeña biblioteca, en esos tiempos de no más de 200 ejemplares, fue destruida y quemada en el patio del conventillo donde vivía”. Estuvo seis meses en prisión, donde compartió celda con Ronald Grebe, “quien le fue pasando toda la literatura del boom latinoamericano, que a este le traían su familia y sus amigos”. Fue sobreviviente de la insana, fugaz y letal dictadura del coronel Alberto Natusch (1979), donde fue baleado (a la postre esa herida le dejaría secuelas que provocaron su deceso por un sarcoma gastrointestinal). El general Luis García Meza lo envió al exilio en Ecuador (1981). En otra coyuntura, compartió celda con los hermanos Junaro.

A sus 19 años integró junto a 45 artistas el grupo Círculo 70, con Julio C. Téllez, Silvia Peñaloza, Benedicto Ayza, Erasmo Zarzuela, Gíldaro Antezana y Ricardo Pérez Alcalá, en el que solo había cinco mujeres. Sin embargo, se decantó por los maestros Lorgio Vaca, Walter Solón Romero y Miguel Alandia Pantoja, que influyeron en su obra. También fue influenciado por Luis Zilvetti y el Maestro de Caquiaviri, un pintor del siglo XVII.

El Círculo 70 no logró colmar sus expectativas, por cuanto a sus miembros “no les interesaba la política”, lo que determinó que “Edgar y compañía se desprendieron del Círculo, o fueron echados”. Ante esa circunstancia, apostaron, con Silvia Peñaloza, Benedicto Ayza, Walter Morales y Max Aruquipa, pintores progresistas, a formar su propio colectivo, Los Beneméritos de la Utopía, un laboratorio artístico-político-cultural-antropológico y sociológico que marcó la obra colectiva de los pintores, desentrañando las profundas raíces históricas de la rebeldía del pueblo boliviano. Fueron un faro que desde las artes alumbró a las luchas sociales.

Su obra fue censurada durante la gestión de Armando Uría, “alcalde de la dictadura”. Edgar confiesa: “la pintura que estaba de moda era de tambos, puertas, naturalezas muertas con zapallos, es decir una acuarela frívola absolutamente, como si en Bolivia no se matara una mosca. Entonces, con Benedicto Ayza comenzamos a hacer exposiciones cada vez más provocativas. Una de ellas fue en el Salón Municipal Guzmán de Rojas, y a ella vino (el) oficial mayor de cultura (…) con un gendarme a decirme que retirara un cuadro que era ofensivo para las Fuerzas Armadas, y que si no lo hacía me iban a meter a la cárcel, porque además yo ya tenía mis antecedentes”.

Forjador de nuevas generaciones

Como docente y director de la carrera de Artes Plásticas en la Facultad de Arquitectura, Artes, Diseño y Urbanismo de la Universidad Mayor de San Andrés (1983-2024), fue forjador de nuevas generaciones de artistas plásticos, con sentido crítico y compromiso social. Una de sus discípulas, identificada como Tigris Zenki Sigrid, escribió: “qué triste noticia, mi maestro que me enseñó a pintar con acuarelas y por sobre todo me enseñó a pelear mi lenguaje, ¡ha sido un honor aprender de tu rebeldía! Ha sido un honor tener mi primera expo sola al lado tuyo y tener esa charla en la que ya me hablaste de igual a igual, te he querido Edgar, ¡gracias por tu vida y lo que nos dejas!”.

La Escoba Escultural lo retrata en cuerpo entero: “un hombre que nos dijo de todo en su pintura. Un hombre que contaba las cosas con un lenguaje tremendo. De esas voces que ya no hay y no habrá”.

Leal a su formación ideológica, colaboró a la Central Obrera Boliviana (COB) como miembro de la Comisión de Cultura (1992-1995). Fue generoso con su obra, pintó un mural para el Archivo de La Paz e inmortalizó a célebres personajes de la noche bohemia, de la que fue militante, en un histórico mural instalado en el bar “Bocaysapo”, en la colonial calle Jaén.

Des-elitizar el arte “culto”, desde el servicio público

Se incorporó a la función pública con convicción y pasión, como Viceministro de Desarrollo de Culturas (2006-2007), donde “vio de cerca a los políticos que son ‘lobos feroces’, angurrientos de poder. Y, por el otro lado, vio asimismo las humillantes prácticas de muchos colegas (…) tratando de conseguir los favores de los políticos”. Fue designado director del Museo Nacional de Arte (2008-2012; 2013-2015) y secretario ejecutivo de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (2012-2013), desde donde hizo esfuerzos para abrir las puertas del Museo Nacional de Arte, el recinto más sagrado de la élite conservadora que vio con espanto el ingreso de artistas “cholos”. Edgar Arandia dio pasos firmes para deselitizar el arte “culto”.

En su testimonio Vargas declara que “nada le fue ajeno en los placeres de la vida, los más sencillos y no tanto, como tomar un buen vino o un whisky Jack Daniels. Bailar, le encanta (…) La comida es otro de los placeres ‘que hay que vivirlos hasta los sesenta años porque después ya no se puede. Mientras uno tenga salud y pueda, tiene que darle con todo, porque, como dice la morenada, ¿después qué te vas a llevar? Hay tres cosas importantes en esta vida (…), el arte en el sentido poético de la palabra, hacer todo como si estuvieras haciendo arte. El socialismo comunitario, esta enorme riqueza que tienen las culturas indígenas en Bolivia, que todavía falta develar. La compañía de las mujeres que es superimportante, y mis hijos, seis lindos hijos a los que les tengo un gran cariño, y también a sus mamás, obviamente’”.

Miguel Pecho, un literato sensible, dice que Edgar era “gran conversador y amante de los colibríes, un importante impulsor de la cultura boliviana y la festividad del Gran Poder. Su quehacer refleja como temáticas el amor, la muerte, las festividades y paisajes de la cultura del altiplano. Ch’uta cholero, deja varias publicaciones inéditas y su marca indeleble en jóvenes generaciones de gestores culturales y artistas”.

El legado de un artista muy laureado

Desde muy joven fue distinguido con el Primer premio en Dibujo del Salón Murillo con la obra “El ciento de las naranjas” (La Paz, 1791), Mención honrosa en pintura del Salón Murillo con la obra “Bombas y napalm” (La Paz, 1972), Segundo premio en pintura del Salón Murillo con la obra “Fábula del conspirador” (La Paz, 1974), Primer premio en pintura y el dibujo del Salón Murillo por las obras “C…” y “El vencedor ciego” (La Paz, 1975), Primer premio en dibujo del Salón Murillo con la obra “Niños jugando con la muerte” (1976), Premio especial de la Bienal Latinoamericana de dibujo de Maldonado (Uruguay, 1977), Primer premio en pintura del Salón Murillo con la obra “La nueva pasión” (La Paz, 1984), Premio único en pintura del Salón Murillo con la obra “La perversa luz del invierno” (La Paz, 1989), Mención especial de la Bienal de dibujo de Santo Domingo (1998), Tercer premio del concurso de Art Sacro (La Paz, 2000), Mención especial en pintura del II Salón SIART con la obra “Falocracia o los allupekes” (La Paz, 2001).

Deja un legado artístico y poético, con contenido social y antropológico. Su ideología de izquierda y su visión sobre la cosmogonía indígena fueron el acicate para su creación artística y poética. Su arte exploró la veta histórica, con exposiciones sobre el conquistador Lope de Aguirre, Zárate Willka y la Guerra del Chaco. Expuso su obra pictórica en Holanda, España, Alemania, México, Ecuador y Perú. Su obra plástica recibió numerosas condecoraciones y formó parte de numerosas bienales internacionales. La misma se encuentra en el Museo Nacional de Arte, Museo del Vassar Collegue, Museo de Arte Contemporáneo de Uruguay, Museo Paredes Candia de El Alto y en distintas colecciones privadas en Europa, Estados Unidos, Asia y Sudamérica.

Edgar leyó en prisión a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. “Ahora ha vuelto a leer a Oscar Cerruto y recién le entiende y le fascina; le gustan José Eduardo Guerra y Guillermo Viscarra Fabre”. En su vena poético-literaria-antropológica se decantó por desentrañar los misterios de la “estética chola”, la profunda raíz indígena de la identidad nacional y las culturas populares, temas ignorados, invisibilizados o subestimados por la intelectualidad conservadora. Escribió su poemario Chuquiago Blues, publicado por la Carrera de Artes, y El Paisaje en los Ojos de la Iguana, laureado con el premio de Poesía Humberto Vásquez Machicado de Santa Cruz; incursionó sobre La otra muerte, libro etnográfico sobre las natitas, de la que hizo una exposición. Irreverente como era, escribió sobre los Allup’eques, penes aymaras, que son denominados jisk’a tataku (pequeños hombrecitos), con autonomía e identidad propia. Tiene también un estudio publicado sobre Los tres rostros del Señor Jesús del Gran Poder, otra de sus grandes obsesiones.

Su obra se encuentra dispersa en publicaciones autogestionadas, revistas literarias y en el periódico La Razón, del cual fue destacado columnista por varios años, escritos en los que diseccionó con fruición la coyuntura política usando el arte como genial pretexto.

Hasta la victoria, siempre, maestro y compañero Ch’uta Cholero.


* Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

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