julio 7, 2026

Somos una generación parida por el neoliberalismo

El año 2009, en la ciudad de La Paz, en predios de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), se celebraba el IX Congreso Nacional de Estudiantes de Sociología. Ingresamos junto a un amigo a la conferencia del destacado profesor e historiador Alexis Pérez, quien comenzó sentenciando de manera categórica: “¡somos una generación parida por el neoliberalismo!”.

La verdad es que no escuché con agrado los argumentos que planteaba el profesor Pérez, pero sí recuerdo la voz grave y la entonación magistral con que expuso esa frase: “¡somos una generación parida por el neoliberalismo!”.

El caso es que el enunciado nos acompañó a Rafael y a mí durante los siguientes días en las conversaciones, en los debates e incluso en los tiempos de recreo. Cuando percibíamos modales pequeñoburgueses en alguna compañera o compañero de carrera, decíamos y reíamos al mismo tiempo: “¡qué lástima! ¡somos una generación parida por el neoliberalismo!”.

Muchos años después, próximos al 6 de agosto, Bicentenario de Bolivia, analizando la coyuntura compleja e incierta en la que estamos entiendo mejor el contenido de esa frase.

¿Qué es el neoliberalismo?

Es un sistema económico y político que plantea la libertad del mercado, la libertad financiera y la libertad de empresa, minimizando la intervención del Estado en la vida de los individuos y en la regulación de la sociedad. Por eso, generalmente, los políticos neoliberales se muestran como paladines de la libertad, tienen fe en el mercado no regulado y plantean la liberación financiera y comercial.

Para responderles, Joseph Stiglitz –Nobel de Economía en el año 2001– estableció en su último libro Camino de libertad. La economía y la buena sociedad, que “uno de los fracasos cruciales del neoliberalismo es que recorta la libertad de muchos mientras amplía la libertad de unos pocos”.

Esto es absolutamente verificable, si uno analiza el reciente informe de Oxfam Internacional (2025), Del beneficio privado al poder de lo público: Financiar el desarrollo, no la oligarquía, que señala:

“Hace una década, los países del mundo acordaron una visión del bien común, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), y un plan para hacer realidad esa visión, la ‘Agenda de Acción’ de Adis Abeba. 10 años más tarde, ese esfuerzo está fracasando. Casi la mitad de la población mundial –más de tres mil 700 millones de personas– vive en situación de pobreza, y la injusticia de género, el hambre y otras vulneraciones de Derechos Humanos esenciales están cada vez más extendidas. Desde 2015, el 1% más rico ha incrementado su riqueza, como mínimo, en unos 33,9 billones de dólares estadounidenses en términos reales, una cantidad que permitiría acabar con la pobreza mundial anual más de 22 veces. Los milmillonarios –apenas tres mil personas– han incrementado sus fortunas en más 6,5 billones de dólares estadounidenses en términos reales, una cifra superior al coste del cumplimiento anual de los ODS, unos cuatro billones de dólares.”

Precisamente por eso, Stiglitz enmarca que “más importantes aún que las ineficiencias e inestabilidades que provoca el neoliberalismo son las corrosivas desigualdades que genera”. El Nobel –que fue asesor del presidente Bill Clinton y economista jefe del Banco Mundial (BM) entre 1995 y 1997– menciona que se opuso a la desregulación de las finanzas por los enormes riesgos que implicaba para la sociedad, lo que finalmente ocurrió en la debacle financiera del año 2008, cuando se efectuó el mayor rescate a los bancos privados en la historia del planeta. Esa medida se centró en salvar el sistema financiero con el dinero de los contribuyentes, como si no se hubiera aprendido la lección con la Gran Depresión de 1929, donde los mercados desatados ocasionaron el desplome de la bolsa de valores, la quiebra de bancos, el desempleo masivo y el aumento de la pobreza.

Destaco estos elementos, porque estamos nuevamente en una multicrisis global que está afectando a nuestras sociedades. La crisis sanitaria propiciada por el Covid-19 develó no solamente la precariedad de los sistemas públicos de salud, sino también la necesidad de fortalecer el rol del Estado en la materia. A esa crisis le sobrevinieron, poco después, las guerras entre Rusia y Ucrania, Israel y Palestina, Israel e Irán, Estados Unidos e Irán; situaciones donde el mundo está demostrando su mayor decadencia. Las guerras evidencian, por un lado, el negocio de las armas con la participación directa de los Estados en beneficio de los sectores privados (a contramano de la propia teoría neoliberal); y por otro lado, el aumento del cariz autoritario tanto en lo político como en lo social. Un ejemplo de esto es el genocidio cruel e inhumano en Gaza.

¿Cómo llegamos a este momento en Bolivia?

El contexto de desconcierto e incertidumbre en la actualidad sirve como caldo de cultivo para el ascenso del discurso neoliberal. Sus representantes plantean sin rubor que debemos acudir al Fondo Monetario Internacional (FMI), achicar el Estado y liberar el mercado. Doria Medina, Tuto Quiroga o Jaime Dunn no dudan en señalar el agotamiento del modelo económico actual y plantean uno nuevo que en realidad no es otra cosa que el retorno del neoliberalismo. Por su parte, Andrónico Rodríguez, Eduardo Del Castillo y Eva Copa se muestran como representantes del bloque popular y proponen ajustar el modelo vigente.

Sostengo que llegamos a este momento, no cabe duda, por un cúmulo de errores que son necesarios analizar. La articulación política virtuosa que logró el Movimiento Al Socialismo – Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP) durante muchos años, sufrió un punto de inflexión que ha dividido el bloque popular de manera lacerante. Lo cuestionable es que este desenlace se produjo por actitudes propias del (neo) liberalismo; surgieron intereses personales y pugnas entre distintos grupos, como si el poder fuera un fin y no un medio para transformar la sociedad. Mao Zedong advirtió este hecho y lo planteó como extremadamente perjudicial para un proceso de Revolución Cultural. Ahora constatamos, indiscutiblemente, que el liberalismo es un dispositivo corrosivo que deshace la unidad, debilita la cohesión, causa apatía y crea disensiones.

Estos últimos años proliferaron las críticas irresponsables, cundieron los ataques y se desahogaron rencores personales en vez de debatir los puntos de vista erróneos y luchar contra ellos en bien de la unidad. Sergio Almaraz, en su ensayo denominado La Violencia en Bolivia (1964) planteaba que si bien las rivalidades surgen arriba, la catástrofe se siente abajo:

“Se organizarán equipos de agitadores, espías y provocadores. Dirán que Pedro es un miserable, enemigo de la revolución. Los otros sostendrán que el traidor es Pablo. Uno de ellos tiene que ser eliminado, aunque son la misma vida, el mismo corazón ardiente, el mismo niño de 30 años. Pero Pedro y Pablo se toman en serio, llegan a odiarse sin saber exactamente por qué.”

A juzgar por el punto al cual llegamos, es claro que nos equivocamos haciendo eco de diferencias que se confundieron con necesidades colectivas. En paralelo, los políticos seguidores de la Escuela de Chicago –tal como ocurrió en 1973– fueron planificando una continua sucesión de desastres, la pandemia, la guerra, la desestabilización económica, generaron un momento de shock capaz para que la sociedad reconsidere nuevamente la idea de volver al neoliberalismo.

¿Qué es lo más grave ahora?

Lo más grave de todo es que las propuestas de los candidatos neoliberales que hoy lideran las encuestas de las Elecciones Generales están muy lejos de representar una alternativa viable para el país. Mientras el mundo requiere de una reforma de la arquitectura financiera internacional, que anteponga el poder público a los beneficios privados, aquí debaten sobre la base de una agenda empresarial que nada tiene que ver con las grandes mayorías. Por eso es necesario recordar, como lo establece el informe de Oxfam citado, que “la subordinación de los objetivos públicos a los intereses privados perpetúa la pobreza y la desigualdad, tanto en el interior de los países como entre ellos”.

De efectuarse la eliminación de las transferencias condicionadas o la reducción del gasto social, se limitarán las posibilidades de reducir la desigualdad social. En el caso boliviano, estas medidas pueden deteriorar la principal inversión del aparato productivo que proviene actualmente del Estado, ocasionando un clima en el cual lograrán salvar el pellejo quienes pueden pagar los servicios, en desmedro de mucha gente que tendrá que trabajar en condiciones deficientes y con problemas de calidad en servicios fundamentales. Todo esto en un contexto donde se suman externalidades tan preocupantes como la sobrepoblación mundial y el calentamiento global, que se traducen en el aumento de la contaminación del aire, del agua y el aumento de fenómenos como las sequías, los incendios y las inundaciones, entre otros.

Ahora nos hablan de liberar el mercado y tener fe en la mano invisible del mismo, como si no estuviéramos en una coyuntura inflacionaria producida precisamente por la falta de regulación del mercado, que ha incrementado la especulación financiera en todos los niveles; principalmente en la fluctuación de la cotización del dólar, en la compra de carburantes y en los precios de la canasta familiar. Desde hace muchos años los economistas que propusieron la liberalización de la economía plantearon la metáfora del vaso de agua que se derrama, generando que las ganancias de los más ricos lleguen al resto. La realidad es que los ricos son cada vez más ricos y además dueños de casi la mitad de los activos financieros en el mundo.

¿Qué hacer ante la coyuntura?

No olvidar que los avances del último tiempo en nuestro país son producto de la aplicación de un modelo propio basado en la soberanía, que redujo la desigualdad social y la pobreza, potenciando las fuerzas productivas e impulsando la diversificación productiva; incentivando procesos de industrialización y especialización en áreas importantes como los hidrocarburos, el desarrollo agropecuario y el conocimiento científico. Sí se requieren cambios en aspectos como la subvención de hidrocarburos y en el apuntalamiento estratégico del litio, sin descuidar otros sectores de la economía que generan ingresos y empleo.

Bolivia es uno de los países potenciales para desarrollar la industria del litio, sería un error descomunal dejar su desarrollo en manos de acreedores privados, para quienes la rentabilidad de sus ingresos está por encima de la soberanía de un Estado. No debería pasar con el litio lo que pasó con el estaño o la minería, la historia nos ha demostrado que los intereses privados jugaron un rol perjudicial para la industrialización y la generación de mayores ingresos.

A nivel regional, se requieren alianzas con países vecinos y fortalecer vínculos como una sola plataforma unificada, lo que permita una inserción más expectante en la economía mundial, con solidaridad entre unos y otros y resguardando los Derechos Humanos elementales como la vida y la dignidad.

Otra medida trascendental en el mundo es reducir la desigualdad, obligando a los grandes millonarios a tributar de manera efectiva para incrementar los recursos públicos y destinarlos a mejorar la calidad de los servicios, entre otras políticas.

¿Somos una generación parida por el neoliberalismo?

Muchas personas nacimos en este sistema y somos proclives a los marcos conceptuales con los cuales enmarca la realidad. Pensamos que ser alguien en la vida depende del grado de consumismo, no importa si para ello la deshonestidad, la corrupción y el egoísmo se tornan en moneda corriente. ¿Queremos ser libres de esta forma de concebir el mundo? Pues debemos entender que no es libre quien tiene necesidades. Stiglitz lo expresa con meridiana claridad:

“Una persona que se enfrenta a situaciones extremas de necesidad y miedo no es libre. Tampoco lo es alguien cuya capacidad para tener una vida plena, que aspira a desarrollar su potencial, se ve limitada por el hecho de haber nacido pobre.”

La libertad de la gran mayoría de las personas depende de generar una alternativa frente al neoliberalismo, capaz de promover una sociedad más justa, equitativa y con bienestar social. Somos una generación que tiene el desafío de cambiar el sistema en todos los niveles y construir una buena sociedad.


  • Por Mauricio Bustamante Rivero: Sociólogo

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