diciembre 14, 2019

Mesa en su laberinto


Por María Bolivia Rothe C. * -.


“El grupo político desplazado tiende a la mística del martirio; procura sublimar la derrota. En cambio, el pueblo no tiene vocación de mártir. Cuando el pueblo cae en combate, lo hace sencillamente, cae sin poses, no espera convertirse en estatua. Por ello, necesitamos videntes, políticos, técnicos, obreros de la revolución; pero no mártires”.

Luis Espinal “No queremos mártires”

Comienzo con esta frase de Luis Espinal, víctima una dictadura sangrienta y despiadada, para exponer aquí una verdad. La colonialidad y el racismo siguen latentes en nuestra sociedad boliviana y explotaron, dando rienda suelta a sus vómitos de odio, desde el día en que el candidato de Comunidad Ciudadana, Carlos Mesa, de la manera más egoísta e irresponsable, aún sin el conteo de votos finalizado, lanzara a las calles multitudes de jóvenes, hombres y mujeres a quienes viene engañando desde ese día, mintiendo fraude.

Una vez desatada la violencia y en una explosión de narcisismo desbordado, declaró en el Cabildo, ocho días después: “O me voy preso o me voy a la presidencia”. ¿Por qué Carlos Mesa hace esas declaraciones? Porque él no puede tolerar quela historia lo deje fuera otra vez; su ego racista y colonial de candidato pequeño burgués con aires señoriales, no admite la derrota y no puede resignarse a comprender que no es su liderazgo el que las y los bolivianos desean para el país. Las grandes mayorías (a las que él jamás representó), tenemos memoria de lo que vivimos en octubre del 2003 y durante el año y un poco más que duró su mandato de presidente; un gobierno errático caracterizado por la indecisión, la soberbia y el absoluto desconocimiento del manejo del aparato estatal. Un gobierno que empezó con una enorme aceptación por el pueblo que él, tiempo después traicionó, (así como también traicionó a su mentor y financiador Gonzalo Sánchez de Lozada), dejándolo abandonado en una de las peores crisis estatales, porque simplemente, como señorito que es, no podía entender que un verdadero líder sacrifica inclusive su vida por el bienestar del pueblo que lo sigue. No pudo soportar la presión de un gobierno de transición, en el cual su obligación era cumplir una agenda que había dejado más de 40 muertos.

Hoy, envanecido por sus 36% y un poco más, se cree ya presidenciable y, una vez más, no lee bien su realidad; la mayoría que votó por él, no lo hizo en realidad por él. Lo hizo, para sacar al “indio indeseable” del poder, azuzado y financiado por un minúsculo enclave fascista cruceño, cuyos grupos de poder necesitan un títere para volver a “controlar” el país, funcionales a los intereses foráneos de un imperialismo que ve como América morena se les ha escapado de las manos, porque la ola de gobiernos progresistas, en lugar de mermar, crece.

En ese convulso momento la clase media citadina culiblanca, desideologizada genéticamente y con una visión del mundo absolutamente estrecha, que no tiene que ver con otra cosa que no sean sus pequeños privilegios que creen perdidos y su odio visceral hacia el habitante del campo, que no es otra cosa que un enorme miedo y desprecio por desconocimiento, ya que lleva en el cerebro, por generaciones, metido el chip de aires de grandeza y nostalgias de una burguesía empobrecida que no puede soportar que los “nadies” de este país, los marginados históricamente, los hij@sy niet@s de los pongos que sus padres y abuelos estaban acostumbrados a vilipendiar, se hayan igualado social y económicamente, pero sobre todo, no pueden soportar que tengan acceso a esos privilegios que consideran exclusivos.

Carlos Mesa pertenece a este enclave cada vez más pequeño, que no puede entender que el país es mucho más grande que su limitada visión del mismo y de la manera más aviesa y miserable, nos lleva al enfrentamiento entre hermanos. El quiere ser presidente porque su ego, para realizarse, necesita más poder; pero presidente de unos cuantos nomás, no de las grandes masas a quienes no conoce y por lo tanto, teme.

Él no puede —su incapacidad es absoluta— darse cuenta que Bolivia, hace trece años, es otro país y que los antaño despreciados de este pueblo, ya no lo son más. Que son gente que, con la mirada en alto, herederos de una raza altiva de gigantes, se han devuelto para sí mismos su país y han decidido gobernarlo en libre autodeterminación. No puede leer una realidad que lo golpea, que cada día lo separa más del pueblo y lo convierte en un ser solitario, ambiguo, amarillento y patético, atrapado y perdido en un laberinto personal de autocomplacencia, que él mismo ayudó a crear.
A estas horas, cuando veo como se desploma su castillo de naipes, creo que, en realidad, lo que siento por Mesa, es una profunda pena y conmiseración. Nunca nadie en la política boliviana había sido tan ciego…


* Médica salubrista.

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