septiembre 18, 2026

35 años de democracia entre luces y sombras

Un balance de la vigencia de la democracia en Bolivia, desde su recuperación, su mutación neoliberal y su transformación actual.

Estamos viviendo la etapa más luminosa del periodo democrático boliviano, pues no solo se ha consolidado la participación ciudadana a través del voto, sino que se han abierto las puertas del Estado a la inclusión de los marginados de siempre. Hace 35 años irrumpía en la historia una nueva etapa, que dejaba atrás las tinieblas de las sangrientas dictaduras militares. Hoy brilla un nuevo sol sobre Bolivia.

A lo largo de estas tres décadas y media en la que prevaleció este sistema de gobierno, en el cual se parte del supuesto de que es el ciudadano, a través de la expresión de su mayoría, la que decide los derroteros que debe seguir el país y quiénes lo deben conducir, lo cual no siempre ha sido así. Las sombras y los negros nubarrones nunca dejaron de amenazar a la democracia boliviana.

La fortaleza y la sapiencia del pueblo, la unidad de los sectores más desprotegidos, los más vulnerables ante la vorágine liberal y capitalista, han sido a lo largo de estos siete lustros, los que finalmente impusieron el norte que debía seguir la patria.

El inicio

El agotamiento de los modelos dictatoriales militares en Latinoamérica, el cambio de orientación de la política exterior norteamericana hacia su traspatio y la evidente efervescencia de los movimientos populares en varios países de la región, marcaron el escenario del retorno a la democracia en nuestro país.

La dictadura de García Meza, iniciada el 17 de julio de 1980 con un cruento golpe de estado, no había logrado consolidar ningún proyecto, ni siquiera dentro de las propias Fuerzas Armadas que fueron el instrumento de toma y administración del poder, bajo las formas más arbitrarias y corruptas y fue rápidamente reemplazado por otro general, Torrelio y este a su vez por otro general, Vildoso, a quien le correspondió dejar la presidencia a un civil, porque no le quedaba más remedio.

Pero esa narco oligarquía civil militar, corrupta por donde se la vea, no podía renunciar tan fácilmente a la mieses del poder que impunemente lo habían detentado, inventando entonces una forma para que esta democracia renaciera malsana, enferma. Cuando el pueblo ya había decidido que se fueran, se les ocurrió convocar al Congreso del 80, es decir a aquella legislatura que había sido elegida dos años antes, pocos días antes del golpe narcomilitar y que no había logrado asumir funciones, pero que 27 meses después no reflejaba en absoluto la verdadera correlación de fuerzas, fue precisamente por aquello que la rosca militar empresarial (ADN-MNR) acordó que no se convocarían a nuevas elecciones como clamaba el pueblo, sino que se retirarían del poder dejando en manos de la Unidad Democrática y Popular un gobierno ingobernable, con una mayoría legislativa controlada por lo más preclaro de la reacción boliviana.

Todos fuimos a San Francisco porque “el hambre no esperaba” y para que los militares se fuesen de una vez; jovenzuelos llenos de ilusión, creímos que un nuevo sol nacía para la patria. No fue así, esa luz que esperábamos tras largos de años de tinieblas aun demoraría en llegar.

La UDP

Se concibió la Unidad Democrática y Popular como un proyecto de unidad de la izquierda y también de carácter generacional. Bajo la teoría del entronque histórico, con el nacionalismo revolucionario, se logró articular un importante respaldo popular, el cual se pudo verificar en tres triunfos electorales consecutivos, (1978, 1979 y 1980), que fueron desconocidos por la misma rosca militar empresarial fascistoide que gobernó al país durante casi dos décadas, a través de otros dos golpes militares y otro parlamentario suigeneris.

Pereda Asbún, el delfín de la dictadura al comprender que ni siquiera con el monstruoso fraude montado en la elección del 78 podría acceder a la presidencia, arremetió contra su protector Banzer haciéndose de la silla presidencial por esa vía.

Un año después, el parlamento que debía elegir al presidente tras nuevas elecciones en las que volvió a ganar la UDP, aunque sin mayoría parlamentaria, determinó dejar la presidencia en manos del presidente del senado elegido por esa mayoría moviadenista. Walter Guevara se quedó como presidente, tan solo por unos pocos meses, para ser derrocado en otro cruento golpe de estado encabezado por Alberto Natush y operado por el “mariscal de la muerte” Doria Medina. La resistencia popular impidió que Natush se quedara más de quince días. Un nuevo interinato en la presidencia, esta vez a la cabeza de la diputada Lidia Gueiler, gobernó al país, convocando a nuevas elecciones generales, pero sin poder entregar el gobierno a los mandatarios elegidos, porque nuevamente la angurria soldadesca protagonizó un nuevo golpe encabezado por Luis García Meza y Luis Arce Gómez, ambos con profundas y abiertas relaciones con el narcotráfico.

En octubre de 1982, la desesperación de la UDP de llegar al poder a como dé lugar, da paso a la primera traición, de muchas que vendrían en adelante por parte de sus integrantes. Se acepta la convocatoria al congreso del 80 aun sabiendo que tenían minoría y que sería ingobernable y se empieza a gobernar olvidando de inicio las promesas hechas al electorado que iban desde el enjuiciamiento a los militares golpistas hasta la implementación de un modelo económico que precautele los interese nacionales y populares. Nada de eso sucedió.

La UDP terminó acortando su mandato en un año, negociando con la derecha la habilitación de su vicepresidente como candidato, con un descalabro económico nunca antes visto en Bolivia ni en el continente y con empoderamiento de los sectores oligárquicos que no tardaron nada en volver a levantar la cabeza. La negra noche de la UDP sirvió para desterrar cualquier propuesta de izquierda durante las dos décadas siguientes.

El neoliberalismo

Con la plañidera frase de “Bolivia se nos muere”, el enterrador de la revolución nacional bajo órdenes del imperialismo volvía al palacio quemado para concluir su interrumpida obra de entreguismo y latrocinio nacional.

Con el recetario de Jefrey Sachs, detuvo la hiperinflación, pero a costa del hambre y la miseria de los bolivianos, de la relocalización de más de 80 mil trabajadores mineros, el despido de miles de funcionarios públicos, echando a la informalidad a miles de trabajadores de distintos sectores.

Lo que sucedió en los siguientes gobiernos (Jaime Paz, Goni, Banzer, otra vez Goni) fue la crónica de un latrocinio anunciado. Se destruyó todo vestigio de soberanía y dignidad, entregándose inmoralmente a la vorágine imperial y a las fauces del mercado.

El nuevo amanecer

La corrupción y el abuso del poder habían llegado a extremos inaceptables al iniciar este nuevo siglo, por lo cual desde diferentes sectores del país empezaron a surgir movimientos contestatarios en contra del modelo neoliberal, empujados por la pobreza y el marginamiento.

La guerra del agua, primero y la guerra del gas, luego, no son más que el corolario de una creciente descomposición al interior del régimen y del hartazgo del pueblo con la forma en que se administraba el país. Y tuvieron que irse. Se llevaron dinero en maletas, dejaron el país en quiebra, pero felizmente la moral del pueblo intacta. El sucesor constitucional no tuvo la capacidad de enfrentar la situación por seguir subordinado a los lineamientos del imperio, aunque pretendiera negarlo en público. No pudo hacer desde el gobierno lo que predicaba ante las cámaras de televisión y tuvo también que irse.

El pueblo lo había decidió. Otra era debía empezar.

Las elecciones de diciembre de 2005, las más transparentes de la historia republicana boliviana, presididas por el magistrado presidente de la Corte Suprema Eduardo Rodríguez, dieron un resultado contundente. El 54 por ciento del electorado boliviano eligió a Evo Morales como el presidente que inauguraría la nueva historia de Bolivia.

Como parte del programa de gobierno se convocó a la Asamblea Constituyente que dio nacimiento al nuevo Estado Plurinacional de Bolivia.

El pueblo ha ratificado en varias oportunidades a Evo Morales para que siga conduciendo los destinos del país. Obviamente, la estabilidad económica, la envidiable estabilidad económica, la inclusión social de todos los sectores, la real participación de las organizaciones sociales, la nacionalización e industrialización de los recursos naturales, la recuperación de la soberanía y la dignidad de la patria, son las causas de aquello.

Aun cuando quedan tareas pendientes, como el juicio y castigo a los militares de las dictaduras, la recuperación de los restos de Marcelo Quiroga, la sanción a los responsables del asesinato de miles de bolivianos durante las guerras del agua y del gas y a quienes se enriquecieron a costa de todos los bolivianos, entregando el patrimonio nuestro al insaciable poder imperial.

Hoy, 35 años después de aquel 10 de octubre, las sombras han pasado y un nuevo y pleno sol democrático brilla para Bolivia y para los bolivianos, que ha superado la democracia formal

y ha superado la democracia pactada, dando paso a una verdadera democracia participativa y no se vislumbran en el horizonte nubarrones que pudieran tapar este sol por muchos, muchísimos años más.

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