Por La Época -.
Las Elecciones Generales han concluido y los resultados se traducen en una derrota de la izquierda y el progresismo. El debate, que será fundamental para determinar la táctica para resistir a un gobierno de derecha, cualquiera que resulte ganador de la segunda vuelta, será de gran valor definir si la derrota es táctica o estratégica, para lo cual la reflexión deberá alejarse de las tentaciones, siempre presentes, de no incorporar la crítica y autocrítica por muy duras que sean.
Los puntos de partida serán varios, eso es inevitable. Algunos tratarán de reducir la reflexión a solo la gestión de Luis Arce, a quien seguramente le atribuirán toda la culpa del desastre electoral. Esta parcialidad en el análisis tendrá una gran desventaja: omitir el impacto que el bloqueo legislativo y de hecho tuvieron en la gestión, con lo cual haber partido de falsas premisas conducirá a conclusiones erróneas que poco o nada aportarán a tener un estado de situación que haga posible la recuperación del campo nacional-popular en una perspectiva emancipadora.
Otra forma de encarar ese balance será el atribuir a la oposición, principalmente a Evo Morales, de todos los males. Es verdad que el expresidente es uno de los mayores responsables de lo que ha ocurrido por su obsesión de volver a ser jefe de Estado, pero ciertamente no es el único. Y también es irrebatible el hecho de que no hay plan, medida y modelo económico que funcione en medio de un bloqueo que terminó asfixiando al Gobierno.
Un enfoque así, en el que se pierde de vista al enemigo principal, corre el riesgo de dejar fuera del análisis a una estrategia que se operó para terminar de liquidar lo que se había propuesto ya con el golpe de Estado de 2019: el Proceso de Cambio y el Estado Plurinacional. Esa estrategia es la norteamericana que a partir de conocer las debilidades de los actores políticos involucrados en el Proceso de Cambio estimuló la implosión social y política.
Otro punto de partida mucho más productivo por las lecciones que pueda dar será la de hacer un balance de los 20 años de gobierno, de los distintos períodos que atravesó y de las limitaciones que enfrentó desde un principio, como es la falta de estructura política en la cual procesar diferencias, la creencia de que con la conquista del gobierno se había tomado el cielo por asalto y el fomento de un liderazgo carismático que con su sola presencia anulaba cualquier discrepancia interna. Eso implica hacer una balance mucho más largo y de las causas que al tiempo de marcar la fortaleza anunciaban sus propias contradicciones y debilidades.
La elección de uno u otro punto de partida dependerá del nivel de conciencia de los actores, de los objetivos e intereses que tengan. Los que apuesten a continuar con la política chica, optarán por el primero. Los que pretendan aportar a un proceso de reconstitución por encima de sus intereses particulares y personales, apostarán por el segundo.
En ambos casos, no se debe ser ingenuo, también tratará de meterse en enemigo de clase y el imperialismo.

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