Por Soledad Buendía Herdoíza *-.
La experiencia de la muerte y el duelo es una constante en la historia humana, pero cobra un matiz particular cuando ocurre lejos del hogar. Las migraciones forzadas o voluntarias implican desarraigos que transforman profundamente las formas de vivir las pérdidas. Desde el exilio, la muerte de un ser querido simboliza la desaparición física de quien se ama y también la imposibilidad de acompañar, despedir o participar de los rituales que otorgan sentido a la ausencia. Esta columna reflexiona sobre el duelo en la distancia, comprendido como una vivencia de doble pérdida: la del ser querido y la del territorio emocional que otorga sentido a la despedida.
El duelo, entendido como el proceso psicológico y social que sigue a una pérdida significativa, está mediado por factores culturales, simbólicos y relacionales. Freud planteó que el duelo es una respuesta natural ante la pérdida del objeto amado, pero cuando este proceso se desarrolla desde el exilio el trabajo del duelo se ve obstaculizado por la distancia y la imposibilidad de participar en los rituales fúnebres que, en muchas culturas, facilitan la aceptación de la muerte.
Las exiliadas y los exiliados, migrantes o desplazados viven un duelo fragmentado: a la muerte del ser querido se suma la sensación de impotencia, culpa o soledad por no haber estado presentes. La imposibilidad de tocar el cuerpo, de acompañar el velorio o de compartir el dolor colectivo genera lo que la psicóloga Pauline Boss denomina “pérdida ambigua”: una experiencia de duelo sin cierre, donde la mente no logra integrar completamente la realidad de la pérdida.
En contextos migratorios, la muerte adquiere un carácter transnacional. Los rituales y las despedidas se desplazan al espacio virtual: videollamadas, transmisiones en línea de funerales, altares digitales o conmemoraciones colectivas en redes sociales. Estos nuevos modos de duelo expresan una búsqueda por mantener los vínculos afectivos más allá de la distancia geográfica. Sin embargo, también evidencian la soledad del migrante, quien se enfrenta a la imposibilidad de abrazar, llorar o compartir físicamente el dolor con su comunidad.
El exilio político amplifica esta fractura emocional. Para muchas personas desplazadas por conflictos o persecuciones regresar al país de origen es imposible, incluso en momentos de pérdida. En estos casos la muerte se convierte en una frontera simbólica entre el pasado y el presente, entre la pertenencia y el desarraigo. Como señala Edward Said, el exilio implica estar fuera de un territorio y también vivir en una constante tensión entre la memoria y la imposibilidad del retorno.
El duelo desde el exilio es, por tanto, una experiencia liminal. Se habita entre mundos, entre la presencia y la ausencia, entre lo que fue y lo que ya no puede ser. Aun así, muchas comunidades migrantes resignifican el dolor mediante actos de memoria colectiva. Reuniones simbólicas, altares comunitarios, ofrendas o conmemoraciones virtuales permiten reconstruir la pertenencia y dar continuidad al vínculo afectivo. En el caso de la diáspora latinoamericana, estas expresiones del duelo mantienen vivas las tradiciones y fortalecen la identidad cultural a pesar de la distancia.
La muerte vivida desde el exilio no es solo una pérdida personal, sino una herida cultural y emocional. Quien habita lejos de su tierra enfrenta el duelo con una ausencia doble: la del ser querido y la del lugar que da sentido al ritual. En esa distancia surgen nuevas formas de recordar y reconstruir la presencia a través de la memoria, la palabra y la comunidad. El duelo transnacional, aunque doloroso, revela la capacidad humana de reinventar el vínculo, de transformar la ausencia en memoria y la distancia en acto de amor.
* Escritora

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