septiembre 14, 2026

¿Democracia o Barbarie? América Latina ante la crisis de su tiempo


Por José Percy Paredes Coimbra-.


Hay expresiones que, aunque señaladas en otra época histórica, parecen haber sido escritas para contar nuestro presente. La tradición marxista nos dejó un aviso que hoy regresa a golpear con fuerza la conciencia de nuestros pueblos: La humanidad se encuentra ante un dilema histórico: avanzar hacia una sociedad superior o precipitarse en la barbarie.

América Latina y el Caribe franquean una nueva encrucijada histórica. Nuestros pueblos retornan a mirar el horizonte con incertidumbre. Los ofrecimientos de avance coexisten con la pobreza; las elecciones conviven con la desigualdad; la modernidad tecnológica coexiste con la exclusión; las peroratas sobre libertad conviven con nuevas formas de absolutismo y arbitrariedad.

Nos indicaron que la historia había acabado. Nos dijeron que el mercado solucionaría nuestros problemas. Nos explicaron que la política era inútil. Nos señalaron que no había elección. Nos dijeron que la desigualdad era necesaria. Nos expusieron que teníamos que acostumbrarnos. Pero los pueblos de América Latina tenemos algo que los poderosos nunca han querido percibir: NINGÚN ORDEN DE DOMINACIÓN ES ETERNO.

La historia de nuestro continente ha sido una larga lucha contra la invasión, el colonialismo, el imperialismo, las dictaduras, el racismo, la explotación y la subordinación.

Existimos como hijos e hijas de pueblos que resistieron. De comunidades indígenas que permanecieron al intento de destrucción. De pueblos africanos arrancados de su tierra que reconstruyeron dignidad en este continente.

De campesinos que combatieron por la tierra. De obreros que organizaron sindicatos. De mujeres que desafiaron siglos de patriarcado. De estudiantes que salieron a las calles. De guerrilleros, intelectuales, artistas y dirigentes populares que se negaron a aceptar la injusticia como destino.

Por eso hoy levantamos nuevamente una pregunta histórica: ¿DEMOCRACIA O BARBARIE?

Pero no cualquier democracia. No una democracia reducida a depositar un voto cada cierto número de años. No una democracia donde el pueblo vota, pero donde los grupos de poder deciden. No una democracia donde existe libertad de expresión para quien posee medios de comunicación.
No una democracia donde la riqueza determina quién puede estudiar, curarse, vivir dignamente o participar en política. Hablamos de una democracia profunda, popular, social, económica, cultural, antirracista, anticolonial, feminista, comunitaria, latinoamericanista. Una democracia donde el pueblo no sea espectador de la historia. SINO SU PROTAGONISTA.

En consecuencia, la barbarie del siglo XXI no llega ahora con tanques a las calles. No necesita suspender constituciones. No viste uniforme. A veces llega mediante elecciones. A veces habla en nombre de la libertad. A veces utiliza las instituciones democráticas para destruir lentamente la democracia.

La nueva barbarie convierte al pobre en enemigo. Al indígena en obstáculo. Al migrante en amenaza. Al afrodescendiente en invisible. Al sindicalista en sospechoso. Al campesino en atrasado. Al intelectual en enemigo. A la mujer organizada en peligro. Al joven rebelde en delincuente. Al movimiento social en problema.

La nueva barbarie requiere construir enemigos internos porque es incapaz de resolver las contradicciones reales de la sociedad. Mientras los pueblos son divididos por el odio, las grandes fortunas continúan creciendo.

Mientras los trabajadores discuten entre sí, la riqueza continúa concentrándose. Mientras se fabrican guerras culturales, se ocultan las verdaderas relaciones de poder. EL ODIO SE CONVIERTE EN HERRAMIENTA POLÍTICA PARA PROTEGER LOS PRIVILEGIOS.

Nos indicaron que la lucha de clases era una idea antigua. Pero nunca desapareció. Absolutamente cambiaron sus escenarios. Hoy la lucha de clases está presente en el salario. En la tierra, en la vivienda, en el acceso a la salud, en la educación, en el control de los recursos naturales, en el derecho al territorio, en la distribución de la riqueza, en el acceso a la tecnología, en quién controla los datos, en quién posee los medios de comunicación.

La lucha de clases continúa existiendo porque continúa existiendo la desigualdad estructural. Mientras existan millones de personas obligadas a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir y una minoría capaz de apropiarse de enormes riquezas producidas colectivamente, la contradicción seguirá presente.

El desafío de nuestro tiempo consiste en comprender las nuevas formas de esa contradicción. Porque la clase trabajadora latinoamericana ya no se encuentra solamente en la fábrica. Está también: En la economía informal, en las plataformas digitales, en el campo, en los mercados, en las cooperativas, en las comunidades, en el trabajo doméstico, en la migración, en la precariedad urbana.

La nueva lucha de clases tiene nuevos rostros. Pero conserva una vieja pregunta: ¿QUIÉN PRODUCE LA RIQUEZA Y QUIÉN SE APROPIA DE ELLA?

En consideración a esto, nuestro continente continúa siendo uno de los grandes territorios estratégicos del mundo. Ya que tenemos agua, alimentos, bosques, minerales, litio, gas, petróleo, biodiversidad y energía. Pero por, sobre todo, pueblos.

La historia latinoamericana no puede construirse negando sus raíces indígenas. Los pueblos indígenas no son una fotografía del pasado. No son un símbolo decorativo. No son un elemento folclórico.

Son sujetos políticos del presente. Son portadores de conocimientos. De culturas, de idiomas, de formas comunitarias de organización, de relaciones históricas con la naturaleza.

Por tanto, el proyecto emancipador latinoamericano debe reconocer que no habrá verdadera transformación si reproduce las estructuras coloniales. La América Latina del futuro debe ser: Plurinacional, intercultural y descolonizadora. Porque nuestros pueblos no necesitan ser incorporados a la historia. Son parte fundamental de quienes la han construido.

América Latina también tiene raíces africanas. Millones de hombres y mujeres fueron arrancados violentamente de África y llevados a nuestro continente. Pero incluso en las condiciones más brutales construyeron comunidades.

Resguardaron culturas, crearon música, desarrollaron conocimientos, organizaron resistencias, edificaron libertad. La historia afrodescendiente no es un capítulo marginal. Es parte de la historia de América Latina.

No existe transformación social verdadera sin la emancipación de las mujeres. La historia ha confirmado que las mujeres estuvieron presentes en todas las grandes luchas.

Pero esa emancipación debe ser integral. Una sociedad que libera a una clase, pero mantiene sometida a la mitad de la humanidad no puede llamarse plenamente libre.

Antonio Gramsci comprendió que ninguna transformación profunda puede sobrevivir sin disputar la cultura. El poder no solamente gobierna mediante leyes. También gobierna mediante ideas, mediante medios de comunicación, mediante educación, mediante símbolos, mediante el sentido común.

Hoy la derecha radical ha interpretado esta lección. Ha ocupado redes sociales, ha construido lenguajes simples, ha convertido la rabia social en capital político, ha utilizado el miedo, ha convertido la política en espectáculo.

Ningún país latinoamericano podrá enfrentar por sí solo los desafíos del siglo XXI. La desintegración nos debilita. La división nos vuelve dependientes. La competencia entre pueblos hermanos beneficia a quienes desean negociar con nosotros por separado.
La integración no debe ser solamente una fotografía de presidentes. Debe convertirse en una política concreta. Desde México hasta la Patagonia, desde el Caribe hasta los Andes, desde la Amazonía hasta las costas del Pacífico.

Somos diferentes. Pero compartimos una historia, compartimos heridas, compartimos luchas y compartimos un desafío: CONSTRUIR NUESTRA PROPIA VOZ EN EL MUNDO.

La izquierda latinoamericana debe tener la intrepidez y el esfuerzo de realizar una profunda autocrítica. No podemos enfrentar el futuro utilizando solamente respuestas del pasado.

No podemos hablar de pueblo sin escuchar al pueblo. No podemos hablar de democracia mientras reproducimos burocracias. No podemos hablar de igualdad mientras toleramos privilegios. No podemos hablar de ética mientras protegemos la corrupción.

No podemos hablar de revolución mientras tememos a la crítica. Una nueva izquierda debe recuperar sus principios fundamentales: La honestidad, la solidaridad, la justicia social, la democracia popular, la soberanía, el internacionalismo, la ética pública.

La izquierda no puede convertirse en administradora del sistema que decía querer transformar. Debe recuperar su capacidad de imaginar. Porque una fuerza política que pierde la imaginación pierde también la posibilidad de construir futuro.

Nos encontramos en un momento decisivo. El viejo mundo muestra sus grietas. Pero el nuevo mundo todavía lucha por nacer. En ese espacio incierto crecen el miedo, el odio y la barbarie.

Nuestra responsabilidad histórica es impedir que la desesperanza se convierta en destino. Debemos recuperar la política como herramienta colectiva. La solidaridad como principio. La justicia como horizonte. La integración como estrategia. La democracia profunda como camino. Y la emancipación humana como proyecto.

Porque frente a quienes anuncian que no hay alternativa, respondemos: Los pueblos son la alternativa. Porque frente a quienes quieren dividirnos, respondemos: Nuestra fuerza está en la unidad. Porque frente a quienes convierten la desesperanza en política, respondemos: La esperanza sola no basta, hay que organizarla.

Y porque frente a la barbarie que amenaza con avanzar sobre nuestros pueblos, levantamos una decisión histórica: América latina y el caribe no nacieron para ser territorios de resignación, nacieron también para luchar, pensar y construir su propio destino.

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