Por José Percy Paredes Coimbra-.
América latina atraviesa de nuevo un período de ofensiva política, ideológica y cultural contra las fuerzas progresistas, populares y de izquierda. Métodos políticos que hace pocos años parecían estables enfrentan hoy campañas de descrédito, judicialización, descomposición interna, agresiones mediáticas y una creciente disputa por el sentido común de nuestras sociedades.
Ante este escenario surge una consulta ineludible: ¿Es casual que, en distintos países y en momentos relativamente cercanos, los movimientos progresistas sufran mecanismos semejantes de decadencia y deslegitimación?
La respuesta exige evitar tanto la inocencia como las explicaciones simplistas. No todo lo que ocurre en américa latina puede atribuirse automáticamente a una maquinación externa. Los gobiernos progresistas han cometido errores, han sufrido burocratización, contradicciones internas, corrupción en algunos casos, pérdida de contacto con sus bases sociales y problemas para remozar sus liderazgos.
Pero reconocer esas debilidades no significa no tomar en cuenta una realidad histórica: América latina continúa siendo un territorio importante en la disputa global por recursos, mercados, posiciones geopolíticas y modelos de desarrollo.
Por ello, la persecución y desestabilización de proyectos progresistas no puede analizarse únicamente desde la política interna de cada país. Existe una dimensión regional y existe una dimensión global.
El siglo XXI ha devuelto a américa latina una escala estratégica extraordinaria. El continente posee: Grandiosas reservas de agua dulce, minerales estratégicos, litio y otros recursos críticos para la transición energética, biodiversidad, alimentos, petróleo y gas, territorios amazónicos, rutas marítimas estratégicas. mercados emergentes y una población de cientos de millones de habitantes.
En un mundo marcado por la competencia entre grandes potencias, estos recursos adquieren una importancia geopolítica progresiva. Por ello, ningún análisis serio puede pensar que las grandes potencias son neutrales frente a los procesos políticos latinoamericanos.
Los estados defienden beneficios. Las corporaciones defienden intereses. Los bloques geopolíticos defienden intereses y américa latina se encuentra en medio de una nueva disputa internacional.
En este contexto, cualquier proyecto político que plantee: Mayor soberanía económica, control estatal sobre recursos estratégicos. integración regional, fortalecimiento de empresas públicas, diversificación de alianzas internacionales, cooperación con potencias rivales de estados unidos y fortalecimiento de mecanismos latinoamericanos autónomos puede entrar inevitablemente en tensión con determinados intereses geopolíticos. No se trata de suponer conspiraciones universales. Se trata de vislumbrar cómo funciona el poder internacional. Los estados no actúan por simpatía ideológica. actúan, fundamentalmente, en función de intereses.
En esta línea, uno de los fenómenos más discutidos en la política latinoamericana contemporánea es el llamado lawfare. El concepto hace referencia a la utilización de dispositivos judiciales como instrumentos de confrontación política.
No significa que toda investigación judicial contra un dirigente sea una persecución. La corrupción debe investigarse, los delitos deben ser castigados, la ley debe aplicarse.
Pero existe una discrepancia entre justicia independiente y utilización política selectiva del sistema judicial. Cuando determinados procesos se convierten en espectáculos mediáticos, cuando las filtraciones se utilizan para castigar antes de un juicio, cuando dirigentes son destruidos políticamente mediante acusaciones sin sentencia, cuando la justicia interviene con enorme velocidad contra unos y extrema lentitud contra otros.
Entonces surge una pregunta legítima: ¿Estamos frente a la aplicación imparcial de la ley o frente a la politización de la justicia? El problema del lawfare no es simplemente jurídico. Es político. Porque una condena mediática puede destruir una carrera política incluso antes de que exista una sentencia.
En esta perspectiva tenemos que asegurar que toda ofensiva política necesita construir un enemigo. En américa latina, las fuerzas progresistas suelen ser mostradas mediante categorías simples.
Todo progresista es: Comunista, dictador, corrupto, enemigo de la libertad, enemigo de la propiedad, terrorista o populista. La repetición constante de estas categorías tiene una función. Eliminar las tonalidades, eliminar el debate, eliminar la complejidad.
Si todo contrincante político es mostrado como enemigo absoluto, entonces ya no es necesario discutir sus propuestas. Basta con destruirlo. La política deja de ser confrontación democrática de proyectos. Se convierte en guerra permanente y en esa guerra, las redes sociales se convierten en uno de los principales campos de batalla.
Y en esta línea, el error del progresismo fue abandonar el sentido común. Durante años, importantes sectores progresistas concentraron su acción en la gestión institucional.
Gobernar, administrar, construir carreteras, crear programas sociales, mejorar indicadores, todo ello puede ser fundamental. Pero gobernar no significa necesariamente construir hegemonía.
Un gobierno puede reducir la pobreza y, al mismo tiempo, perder la batalla cultural. Puede construir hospitales y perder el relato sobre la salud pública. Puede ampliar derechos y permitir que otros definan qué significa libertad. Puede mejorar salarios y dejar que la derecha convierta el individualismo en sentido común.
Este es uno de los principales problemas. La izquierda creyó, en muchos casos, que la gestión produciría automáticamente conciencia política. Pero esto no es necesariamente así.
Por el otro lado la derecha entendió las redes sociales como una de las grandes transformaciones políticas de nuestro tiempo en la digitalización del debate público. Y las nuevas derechas han comprendido rápidamente el potencial de: Tiktok; youtube; x; instagram; facebook; podcasts; canales independientes; memes; influencers.
Y en este punto nos preguntamos al igual que Lenin ¿qué hacer? Y esta debe ser la pregunta central. Si américa latina enfrenta una agresión política y cultural, la respuesta no puede limitarse a denunciar.
La denuncia es necesaria. Pero no es suficiente. Para esto se necesita estrategia. Y para empezar se tiene que construir una red latinoamericana de pensamiento articulando a los intelectuales, a los dirigentes sociales; a investigadores; a comunicadores; a periodistas; a líderes indígenas; a líderes afrodescendientes y a organizaciones juveniles.
Debemos recuperar la formación política, porque la política sin formación se vuelve vulnerable a la manipulación. Las organizaciones populares necesitan recuperar espacios de estudio. Necesitamos recuperar a Marx, a Mariátegui, a Gramsci, a Fanon, a Fidel, a Allende, a grandes pensadores indígenas, pensadoras feministas, intelectuales afrodescendientes.
La izquierda no puede depender exclusivamente de medios adversos para comunicar sus ideas. Es necesario construir: Plataformas digitales, canales de Youtube, podcasts, revistas, páginas web, recuperar radios comunitarias, productoras audiovisuales.
Debemos trabajar en construcción de la integración cultural latinoamericana. Y que esta integración no puede depender únicamente de gobiernos. Porque los gobiernos cambian y los pueblos permanecen.
En consecuencia, necesitamos construir: Universidades latinoamericanas, redes de investigación, festivales culturales, medios regionales, editoriales, plataformas digitales, encuentros de juventudes.
La gran tarea que nos toca es construir hegemonía y de esta manera lograr la gran lección gramsciana. Por que no basta con conquistar el gobierno. Hay que construir hegemonía. No basta con ocupar el estado. Hay que transformar la cultura. No basta con aprobar leyes. Hay que transformar el sentido común. No basta con ganar elecciones. Hay que construir conciencia histórica. La verdadera batalla se encuentra en la disputa por responder una pregunta:
La persecución del progresismo latinoamericano no puede explicarse únicamente por factores externos. Sería un error negar las responsabilidades propias. Pero también sería ingenuo pensar que américa latina se encuentra aislada de las grandes disputas globales.
Nuestro continente está en disputa. Sus recursos están en disputa. Sus gobiernos están en disputa. Su futuro está en disputa. Y, sobre todo: está en disputa la conciencia de sus pueblos.
La izquierda latinoamericana debe comprender que la batalla del siglo XXI no se librará únicamente en los parlamentos. También se libra en una pantalla de teléfono. En una conversación familiar. En una canción. En una película. En una escuela. En una comunidad. En una universidad. En la memoria histórica.
Porque el futuro de américa latina no se defenderá solamente denunciando la ofensiva. Se defenderá construyendo una nueva hegemonía popular. Y esa hegemonía deberá nacer de la memoria de nuestros pueblos, de la justicia social, de la diversidad cultural, de la soberanía continental y de la convicción de que otro futuro sigue siendo posible.
Porque la batalla no es solamente por el poder. La batalla es por las ideas. La batalla es por la memoria. La batalla es por el sentido común. La batalla es por el futuro. Y en esa batalla, américa latina no puede permitirse dejar de pensar.

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