septiembre 10, 2026

Violencia, la oposición se sacó la mascara

A la oposición se le cayó la máscara. A pesar de la retórica de democracia, respeto a los derechos humanos y al estado de derecho, sus acciones en rechazo a la postulación del binomio Evo Morales y Álvaro García Linera, para las elecciones primarias y generales de 2019, han estado cargadas de violencia física y verbal que pone de evidencia su verdadera naturaleza.

Por eso sería un error pensar que las protestas violentas contra la sede del Tribunal Supremo Electoral (TSE) del jueves 6 de diciembre y luego la posterior quema del Tribunal Departamental Electoral de Santa Cruz y el saqueo de una de las oficinas de ENTEL el 11 de diciembre, son hechos aislados. Pensar de esa forma sería un equívoco táctico con alcances estratégicos. Hay que ver lo que hacen sus similares de Venezuela y Nicaragua para darse cuenta que las oposiciones están cargadas de odio, sed de venganza y sentimiento fascistoide. O sin ir muy lejos, de lo que hicieron en 2008 y 2009 en el país.

Una rápida recopilación de las declaraciones de sus principales referentes en lo que va del año, los pinta de cuerpo entero. Cuando el relator de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) visitó Bolivia, en agosto pasado, Carlos Mesa y Jorge Tuto Quiroga advirtieron que si no se inhabilitaba a Evo Morales se iban a producir escenarios de violencia.

Es más, el historiador que no supo pararse de frente ante el pedido de la Embajada de EE.UU. para que Bolivia concediera inmunidad a los soldados de ese país que cometiesen delitos penales en territorio nacional, no pocas veces dijo que había que evitar la candidatura de Morales desde la calle. En la misma dirección se ubicó el vicepresidente del gonismo en 1993 y actual candidato presidencial por UCS, Víctor Hugo Cárdenas, quien el 6 de diciembre sostuvo que no sería con rosas que se sacaría al actual presidente de Palacio.

La generación de violencia es inherente y consustancial al proyecto derechista cada que gobierna la izquierda o el progresismo. Lo fue en la década de los 60, 70 y parte de los 80 en América Latina a través de usar a las Fuerzas Armadas para detener el ascenso popular. Hoy no renuncian a esa salida, pero la situación internacional los obliga a emplear otro tipo de métodos: desde la violencia mediática, en la que mentir ya es de todos los días, hasta el despliegue de grupos de choque, pasando por agresiones verbales y físicas. Hay que ver nomás lo que circula por las redes sociales o ataques que sufren las autoridades del país, los militantes del MAS o incluso periodistas y analistas de tendencia progresista.

Muchas veces uno se queda sorprendido por la respuesta que uno se da a la simple pregunta ¿de qué serán capaces de hacer los opositores, si el proceso de cambio pierde las elecciones de octubre de 2019? No hay que ser brujos para adivinarlo. La violencia se apoderaría de las calles, tanto institucional como personal, y el racismo recuperaría su carta de ciudadanía con la complicidad, ni duda cabe, de medios de comunicación que hoy hacen oídos sordos a ese tipo de acciones. Hay que ver nomás la pasividad y/o complicidad que el periódico Página Siete tiene con uno de sus fotoperiodistas, quien no deja de proferir insultos a Evo Morales.
Por eso, la oposición, política y mediática, se quitó la mascara.

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