Dos hechos políticos –ambos en distintos continentes- dan cuenta del carácter no democrático de la actual contraofensiva estadounidense, cuyo objetivo de restablecer su dominio sobre un mundo unipolar cada vez más cuestionado se basa en el uso sistemático de la mentira, la violencia concentrada y la violación de la soberanía nacional.
El primer hecho se produjo en el continente americano. El lunes 3 de abril, en la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA), un certero golpe institucional contra la presidencia de Bolivia en el Consejo Permanente de ese organismo allanó la aprobación de una resolución contra Venezuela, que no persigue otra cosa que no sea la intervención estadounidense.
La maniobra de su secretario general, Luis Almagro, se produjo tres días después de que la Sala Constitucional venezolana echara mano de la figura constitucional de “omisión legislativa” para garantizar competencias legislativas a través de ella misma u otro órgano mientras la Asamblea Nacional no salga de su condición de desacato. La acción intervencionista se registró a pesar de que ese ruido de poderes (Poder Judicial contra Poder Legislativo) fue resuelto después de que el presidente Nicolás Maduro exhortara, tras su reunión con el Consejo Nacional de Defensa, para que las dos sentencias plenamente constitucionales fueran revisadas y dejadas sin efecto.
El segundo hecho se produjo en Siria, donde un aeropuerto militar, situado en las afueras de la ciudad de Homs, fue bombardeado con 59 misiles desde dos buques de guerra situado muy cerca de la frontera con ese país. El pretexto empleado por Trump, quien después diría las razones de la autorización de la acción militar, es que el gobierno sirio utilizó gas sarín contra la población civil de JanSheijum. Un pretexto similar fue empleado hace un par de años para arremeter contra Siria sin que se probara que esa acción, claramente condenable, fuera hecha por el ejército sirio. Es más, todo apuntaba o a una medida de los servicios secretos estadounidenses para desencadenar alguna acción como la producida en la semana o una acción del Estado Islámico (EI).
El “ataque limitado” desde los destructores Ross y Porter ha puesto en duda el centro de decisión real donde se tomó la medida, pues en sus 19 meses de campaña por la presidencia Trump dijo que había que sacar a los Estados Unidos de Oriente Medio y que la agresividad de Hillary Clinton amenazaba con desatar la III Guerra Mundial. Quizá esta sea una demostración de que en EEUU el complejo militar-industrial es el que tiene el gobierno permanente.
Pues bien, ambos hechos también están mostrando que EEUU, con aliados abiertos y encubiertos, está en una posición de franca intolerancia frente a lo que está sucediendo en el mundo y que su tendencia a la intervención en asuntos internos de otros países- de distintas formas y de acuerdo a las particularidades de cada región-, forma parte del “orden natural” de las cosas. Es decir, demuestra con hechos aquella afirmación de un militar de alto rango estadounidense, el general Summers, en sentido de que “es la guerra y no la paz lo que rige las relaciones de Estados Unidos con el mundo”.
Lo que también queda develado es que organizaciones internacionales, como la ONU y la OEA, poco a nada pueden hacer para evitar escaladas de agresión y de vulneración democrática. Esto se explica, para no ser ingenuos, en que ambos organismos –uno mundial y otro americano- forman parte de la arquitectura institucional fundada después de la II Guerra Mundial, que es cuando empieza a tener hegemonía global Estados Unidos.
Finalmente, no podemos dejar de elogiar al gobierno boliviano de Evo Morales, cuya actuación a través de sus embajadores ante la ONU y la OEA ha salido por los fueros de la soberanía y la dignidad.

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