septiembre 11, 2026

Los ecos y retratos en Pérez Alcalá: la guerra de la influencia

por: Tamara Videa

Un hombre de cabello alborotado, frondosa barba y pecho descubierto, nos corresponde la mirada con ojos desafiantes desde el extremo de un tablero de ajedrez, la máxima muestra de la inteligencia del ataque. Él, no nos deja de mirar… ¿Nos está retando a jugar? En el otro extremo encontramos a los otros jugadores, dos grisáceos monos bien humanizados: uno con estándar de coronel y el otro con dos cinturones de balas de metralleta. No hay duda, hay un desafío pero al mismo tiempo, una cordial pero provocadora invitación al juego estratégico de la guerra. “El instinto y la razón” (1983) nos revela que por más que sea bien planeada una batalla tienegran parte de ser un instinto animal, bestial, mejor dicho, de ser humano.

Pero seguimos siendo observados groseramente por aquél hombre de expresión dura… No, no nos está retando a jugar, nos está invitando a interpretar y tratar de comprender. El autorretrato de Pérez Alcalá nos está incitando a observar los ecos, de lo que llamaríamos, su batalla personal. Nunca basta recalcar que Ricardo Pérez Alcalá es un importante pintor boliviano que nace en Potosí en 1939 y muere en La Paz el 2013. Idas y venidas entre Bolivia, Perú, Ecuador, Venezuela y México hacen de él una especie de cosmopolita. No se estaba quieto, ni como persona ni como pintor y tomó como una de sus principales habilidades una técnica muy rebelde, una no quieta: la acuarela. Pero esa falta de quietud pictórica no se enfatizó solamente en la técnica, sino también, en la influencia. Idas y venidas de rostros, técnicas y pinturas de maestros de otros maestros: Rembrandt, Velásquez, Picasso, Wyeth, Turner, Gaudí, Goya, Da Vinci… estos tres últimos no sólo haciendo eco en el imaginario del pintor boliviano, sino además, una estruendosa batalla de imágenes y colores.

Un viejo, demacrado y algo escuálido, “Gaudí” (2004), está encerrado en su dormitorio bien iluminado trabajando muy concentradamente en la maqueta de la “Sagrada Familia” (al menos así parece). El Gaudí de Pérez Alcalá se nos revela como una especie de viejo sabio que en la soledad de su trabajo artístico nos muestra a la vez, la intimidad de su taller-dormitorio. La luz que pasa por los llamativos vitrales modernistas deja ver la singularidad de un nuevo lenguaje arquitectónico: una habitación de arcos cuyo mueble, la cama, adopta una particular forma, específicamente la almohada, la de un caracol. El caracol es un animal que reaparece en otras pinturas del autor, símbolo del perpetuo retorno. Algo que a pesar del cambio, una supuesta desaparición, vuelve aparecer. En este caso, volviendo emerger con otra forma, otro color y no solamente en lo pictórico, sino en lo arquitectónico. Así, podemos decir que Antoni Gaudí, ciertamente, hace eco en algunas obras importantísimas de Pérez Alcalá, las mismas que están regadas por la ciudad de La Paz como: “Iglesia de Corazón de María” (Miraflores, 1960) o “Piscina Olímpica” (Alto Obrajes, 1976). Un lenguaje arquitectónico que enaltece lo modernista, pero lo orgánico en este caso se lo presiente en las osadas curvas, como de un cuerpo activo, que cobran vida por la luz que dejan entrary la energía que internamente ésta da.

Francisco de Goya se manifiesta en esta batalla de ecos y retratos pero en su etapa de Pinturas Negras. Un “Goya” (2003) amorfo, aturdido quizá por la sordera y la guerra, con su conocido sombrero de velas (de una enorme vela en esta ocasión), es retrato por Pérez Alcalá mientras éste parece retratarse a su vez. Dicho Goya aprovecha la poca luz para pintar un lienzo mientras su entorno oscuro devela ciertos rostros lúgubres. Parece estar vigilado por presencias macabras que se las logra vislumbrar por el juego claroscuro de esta acuarela en tabla. Y es que el claroscuro —muestra firme de la influencia de pintores barrocos como Velásquez—, del artista boliviano, suele tener en sus obras, aunque no siempre, la misma esencia de este homenaje al pintor español: lo misterioso, lo oculto, lo abandonado o incluso, lo tétrico. Aspecto que de alguna manera resaltaría el realismo mágico del que parcialmente se lo califica (como lo hace Wiethüchter), pues este juego de luces y sombras muchas veces llegan a conformar criaturas extrañas. Espacios muy ligados a lo Indoamericano, que en palabras de Pérez Alcalá, están: “inmersos en el sortilegio, el hechizo y la magia cotidianos”.

Las criaturillas-espectros del pintor boliviano juegan en y con el claroscuro, se esconden pero al mismo tiempo, aparecen y reaparecen en algunas de sus pinturas. Justamente, descubrimos los espectros de “La última cena” (2006), un gran tríptico que notoriamente es un eco-homenaje al mural “La última cena” (1497) del renacentista Leonardo da Vinci. En la cena de Pérez Alcalá, la última, ya no presenciamos a un Cristo armonioso y dispuesto al destino al que se debe. No es el Cristo rodeado de apóstoles y seguidores alborotados por lo que se dijo: la traición de uno de ellos. No, ya no estamos frente a la lectura de Da Vinci de esta controversial escena bíblica. Ya no vemos al Cristo vivo, sino al ya muerto… ¿o resucitado? Una intrigante figura oscura sostiene la cabeza, algo grande, de la representación más conocida del Hijo del Creador. ¿Un Jesucristo decapitado?, su cuerpo ya fue ofrecido al sacrificio, representado por el vaso a medio beber de vino, el pan y pescados saltarines sobre la mesa del banquete, del último. Los apóstoles y seguidores, en esta cena ya no son los mismos… son, efectivamente, espectros. Personajes sin rostros ni formas definidos, hay algo perturbador en sus estructuras, en los colores y tonos de este cuadro. Realmente, parece que nos situamos en el después de la muerte del Santo Hijo. La guerra está gritando en esta escena: máscaras de gases, cascos, armas… hubo y seguirá habiendo violentas muertes. Cristo en este mundo pictórico, de colores inquietantes, no triunfó.

Leonardo da Vinci fue un gran referente para nuestro pintor boliviano. Es así que hizo, más de una vez, su presencia, como también, su retrato es parte de su arte. Asimismo, observamos la acuarela“Leonardo” (2004), obra que toma pícaramente la imagen de un Leonardo manejando una máquina que él mismo hubiera querido hacer realidad en lo físico, una bicicleta. La escena es inquietante pues podríamos incluso pensar que este Da Vinci, por los cerros puntiagudos envueltos en neblina, está paseando en el altiplano boliviano. Ricardo Pérez Alcalá revive a Da Vinci como él lo imaginó, así pues hace una escultura en piedra, un detalle para su casa en Irpavi (2005). Por lo que queda muy expuesta la gran admiración, e incluso gratitud, de este maestro por otro maestro.

Las influencias podrían ser una especie de batalla para un artista, o incluso un escritor. Llegan a causar una especie de angustia… no repetir, no copiar, no plagiar. Pero la influencia es elemental para la creación y es ahí, justamente, como nacen maestros. Una propia lectura, técnica, habilidad, talento, trabajo, entre otras cosas, hacen que la influencia sea un elemento más y no el todo. Por ello, los artistas que llegaron a ser referentes importantes, maestros, lograron vencer la batalla de influencias para crear su propio estilo e imaginario. Y efectivamente, Ricardo Pérez Alcalá venció para convertirse ahora, en el maestro de otros (posibles maestros). Fuerte influencia, e incluso enseñanza directa, en la destacada pintora Mónica Rina Mamani, la joven artista Rosmery Mamani Ventura, referente del arte boliviano contemporáneo, entre otros muchos más.

Esta batalla de ecos y retratos no es bélica en toda la extensión de la palabra, y el artista boliviano la luchó bien, pues de alguna manera venció, no sólo recibió influencia, sino que él logró configurar su propio arte.No por nada se lo considera a Ricardo Pérez Alcalá uno de los más importantes acuarelistas de Latinoamérica del siglo XX. No por nada se lo llama maestro.

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