por: Cecilia Ma. Fernández Benavente
El concepto de descolonización nos presenta dificultades conceptuales y epistemológicas al momento de evaluar los avances que se han tenido en esta dimensión del proceso de cambio. El colonialismo abarca múltiples dimensiones y variables, afirma que ha existido una relación asimétrica, de sumisión, explotación y exclusión de larga data. Quijano nos dirá que colonialidad implica la existencia de una estructura que perpetua esa dominación después de desaparecida la relación formal con la colonia.
Al hablar de “descolonización” no nos interesa terminar con el colonialismo, eso ya terminó, el desafío es romper con la colonialidad que perpetua actualmente esa dominación existente en el pasado, la colonialidad es un fenómeno que va desde lo psicológico hasta lo económico pasando por múltiples espacios.
El proceso de descolonización como un complejo proceso político, ideológico, económico, sociológico, cultural entre otros, aunque no es lineal tiene varias etapas, es necesario desestructurar lo establecido, afirmarse a nivel social e individual, recuperar aspectos de nuestro origen y finalmente reconstruir, crear algo nuevo en relación con el “otro”, es decir es necesaria la interculturalidad.
En este proceso de descolonización pretendemos desmontar todo un aparato ideológico impuesto durante siglos, instalado en las mentes y la vida diaria de la mayor parte de la sociedad e instalado también en las instituciones, buscamos desmontar todo un sistema hegemónico que nos hemos dado cuenta que ha impuesto y sigue imponiendo prácticas nocivas para nuestra sociedad, por lo que el desafío planteado es inmenso.
Sin embargo darnos, cuenta de ésta necesidad en las últimas décadas es ya un hito histórico, ya que a pesar de la sumisión, explotación, exclusión y las secuelas psicológicas y sociológicas que estas prácticas nos han dejado, hemos sido capaces de cuestionarlas, confrontarlas y plantearnos el desafío de ser nosotros los gestores de nuestro progreso.
Debemos aclarar que la descolonización no debe entenderse como una nostalgia y una ansiedad por retornar al pasado, o una necesidad de aislamiento para conservar prácticas y valores ancestrales, debemos entender más bien que en este proceso se tienen que recuperar parte de las prácticas y valores propios de nuestros pueblos, entendiendo que al ser el origen de la conformación de nuestra sociedad explican mejor nuestras características actuales aún en este mundo globalizado.
El proceso desde el Estado implica construir nueva institucionalidad, el proceso desde la sociedad y el ser humano implica una revolución de la mente.
La descolonización desde la perspectiva del Estado
Una de las funciones esenciales del Estado boliviano, establecidas en la Constitución es “Constituir una sociedad justa y armoniosa, cimentada en la descolonización, sin discriminación ni explotación, con plena justicia social, para consolidar las identidades plurinacionales”.
Se han implementado y se deben seguir implementando mecanismos políticos, legislativos, económicos, pero sobre todo educativos para seguir rompiendo las practicas coloniales que la gente protagoniza cotidianamente, al asumir esta responsabilidad ya rompimos con ciertas prácticas coloniales, sin embargo visualizar la magnitud del desafío nos permitirá optimizar estos mecanismos para no perdernos en pequeños reajustes que no resuelven el problema de fondo.
Parte de los desafíos que asume el Estado en este proceso es tener la capacidad de formular políticas descolonizadoras desde instituciones donde la colonialidad está arraigada.
La descolonización desde la perspectiva del ser humano
Desde el ser humano ¿qué tanto hemos avanzado en este proceso de descolonización? Las actitudes “pequeñas” y cotidianas como el paternalismo con los pueblos indígenas, sumisión o admiración del extranjero, complejos de inferioridad o superioridad o hechos colectivos de magnitud impresionante como lo ocurrido el 24 de mayo de 2008, donde un grupo de campesinos capturados por seguidores del Comité Interinstitucional en Sucre fueron agredidos física, verbalmente y humillados frente a la Casa de la Libertad, nos muestran los avances y retrocesos que existen en este proceso. Es nuestra obligación no olvidar ni perdonar acciones repugnantes como las de Sucre, porque ignorarlas es aceptar la dominación de la colonia en nuestros tiempos.
La paradoja de estos hechos radica en la dificultad que existe de convencer a los bolivianos de dejar prácticas de las que ellos mismos han sido víctimas, practicas que perpetúan su pobreza y sus condiciones de vida, esta es una lucha cotidiana por romper modelos mentales alienados, socialmente impuestos y heredados por generaciones, implica diariamente desmontar siglos de sometimiento, cuestionar “verdades” reafirmadas y enaltecidas a diario.
Haciendo una autoevaluación ¿Hasta qué niveles de descolonización creemos que hemos llegado como individuos? Y una pregunta aún más compleja ¿Hasta qué punto la colonialidad nos permite ser objetivos en ésta auto evaluación? ¿Cuánto del sometimiento de la colonia expresamos a diario sin ser consciente de aquello? El racismo, la homofobia, el machismo y otras prácticas cotidianas de este tipo muestran lo arraigada que está la colonialidad en nuestros días.
Algo resuena en nuestra mente…
Sin embargo desde el momento en el que se habla de “descolonización” se marca un punto de quiebre en la mente de los bolivianos, a pesar de lo complejo que es este concepto, de las discusiones que genera y los desafíos inmensos que plantea, algo resuena en nuestra mente y gracias a ese resonar es que a diario se van rompiendo practicas coloniales.
La descolonización, parte de la revolución de la conciencia, es un trabajo cotidiano y la educación de los niños es fundamental en este proceso, la constitución define que “La educación es unitaria, pública, universal, democrática, participativa, comunitaria, descolonizadora y de calidad”, la educación descolonizadora rompe desde el origen con las desigualdades y las injusticias, ya que elimina conceptualmente cualquier tipo de discriminación, exclusión y sometimiento. Al rescatar valores como la solidaridad y la complementariedad tenemos la posibilidad de conducirnos y auto gobernarnos de la mejor manera, conocedores de la complejidad de nuestra realidad nos convierte en forjadores de nuestro propio destino.
A pesar de haber asumido como país un desafío inmenso, es el ser humano, somos las bolivianas y los bolivianos quienes debemos cuestionarnos permanentemente si todo el legado colonial aún permanece en nosotros, en nuestra actitud, en nuestro relacionamiento, en nuestras decisiones, en nuestros anhelos, es nuestro deber cuestionarnos a diario si la colonialidad todavía somete nuestros sueños y porqué lo seguimos permitiendo.
* Politóloga – Economista.

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