Para no perderse en el bosque de la compleja realidad. Las acciones de terrorismo son condenables desde el punto de vista político y moral. Pero no todos piensan lo mismo, pues si uno se guía por el papel de los constructores de la post verdad (medios de comunicación y activistas en las redes, todos de derecha), lo que va a concluir que hay un terrorismo malo y otro que es bueno.
La diferencia entre ambos tipos de terrorismo –el bueno y el malo- está en dependencia de cuál es el que se alinea con las políticas hegemónicas de los Estados Unidos y sus aliados. Todo el que vaya a combatir a los gobiernos y procesos progresistas y de izquierda en el mundo será considerado como un combatiente de la libertad, aunque sus métodos y formas de lucha afecten a la sociedad civil, destruyan la soberanía de los Estados y alienten formas de recolonización.
Para ejemplificar lo que se está diciendo solo mirar la reacción de los medios y los políticos ante dos hechos registrados geográficamente en lugares distintos de la tierra: uno en el continente europeo y otro en América Latina.
Barcelona ha sido víctima de un atentado terrorista en la madrugada del jueves 17. Los autores intelectuales y materiales son militantes vinculados al yihadista Estado Islámico (EI), una organización musulmana extremista, de la familia de Al Qaeda, que ha contado en su fase de organización y en varios momentos de su desarrollo con el financiamiento de los Estados Unidos y Arabia Saudita. No es, por tanto, ninguna casualidad que los objetivos del EI hayan sido países como Libia y Irak –invadidos por “fuerzas aliadas” conducidas por EE.UU.-, y Siria, al que no han podido controlar a pesar del alto costo humano y material.
El despliegue informativo sobre el atentado en Barcelona, donde se contabiliza a víctimas de cerca de 18 países según la inteligencia española, ha contado con la cobertura mundial para condenar el hecho. No podía ser de otra manera. El terrorismo debe ser condenado y lo han demostrado millones de españoles al marchar espontáneamente, aunque las movilizaciones también han sido aprovechadas por la extrema derecha antiinmigrante.
La misma suerte no cuenta la Revolución Bolivariana. Los medios concentrados transnacionales o mantienen un silencio cómplice con las acciones de terrorismo que lleva adelante el sector más extremista de la oposición o, hay que decirlo, incluso forma parte de las propias acciones terroristas que se han registrado contra objetivos institucionales, económicos y políticos. Ahí están, por citar algunos, el secuestro del helicóptero por un opositor, quien disparó desde el aire a las sedes del Ministerio del Interior y del Tribunal Supremo de Justicia, pero que fue presentado como el protagonista de una gran hazaña contra la “dictadura” de Maduro. También está la filmación cómplice de la quema de 50 toneladas de alimentos y el lanzamiento de morteros caseros contra motorizados de la Guardia Nacional Bolivariana. De estos hechos nadie se habría enterado en el mundo no solo por ser acciones legítimas (terrorismo bueno) contra un gobierno que no tiene respaldo ciudadano a pesar que más de 8 millones le dieron su respaldo en las elecciones de asambleístas del 30 de julio pasado.
Y por eso la pregunta es válida ¿hay terrorismo bueno y terrorismo malo? Todo parece indicar que para algunos si. Y no sorprende. Es evidente que las acciones de disputa tienen un carácter de clase y explican la naturaleza del proyecto que no siempre se le muestra o se le explica lo suficiente a la población. En el siglo XXI los medios se han convertido en la punta de lanza de la ofensiva imperial y derechista contra los pueblos al construir medias verdades o post verdades como condición fundamental para invadir militarmente naciones, perseguir causas nobles y legitimar el asesinato de líderes y combatientes que se resisten a ser parte de las fichas del sistema.
En ambos hechos –lo sucedido en Barcelona y Venezuela-, se apelan a los sentimientos para organizar la solidaridad acrítica de la gente. En España y la mayor parte del mundo se inducen a provocar sospechas sobre los musulmanes en general, lo que ya es también un acto de terrorismo, y se mantiene silencio cómplice con las causas de los atentados. Una de ellas tiene que ver con el pueblo europeo que está pagando con su vida y su dolor el involucramiento de sus gobiernos en campañas militares fuera de sus territorios que no tienen ninguna justificación, más aún cuando en realidad se trata de intereses geopolíticos de Estados Unidos y de las corporaciones en busca de controlar recursos naturales estratégicos. Las bombas no son contra los que extienden la política intervencionista estadounidense en el Medio Oriente, sino la gente inocente. El segundo, para seguir subrayando, es que el gran creador de los yihadistas Al Qaeda, Estado Islámico y otros grupos tiene relación directa con la ultraderecha estadounidense y con los servicios secretos de ese país como ya ha quedado demostrado. Estados Unidos los organizó en su lucha contra el bloque socialista del Este en el siglo XX y ahora, desaparecido el fantasma del comunismo, no saben como controlar las fuerzas destructivas que desataron en su hechizo. Ese es el “terrorismo malo” al que se debe combatir.
En cambio, frente a Venezuela pasa lo contrario. Se tergiversa la realidad política y constitucional de ese país para organizar la ovación y para legitimar la violación de la soberanía nacional y el principio de autodeterminación de los pueblos. Las acciones terroristas contra objetivos económicos y en los que ha muerto mucha gente son presentadas a la opinión pública internacional como “acciones nobles de gente buena y democrática”. Lo que apoyan el “terrorismo bueno” en Venezuela pretenden resolver desde fuera y con métodos no democráticos y violentos lo que políticamente no pueden hacer adentro. Ese es el “terrorismo bueno” que hay que apoyar.

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