Hace unos días, leyendo el libro Silenciando el Pasado, del haitiano Michel Trouillot, comprendí que cualquier proceso de descolonización debería estudiar no solo su propia historia desenterrando los silencios y ocultamientos dela historia occidental, sino también las otras experiencias de liberación colonial en el continente y fuera de él. Una revisión obligada debería ser la experiencia de la revolución haitiana, tanto porque ocurrió en este lado del mundo, como por sus profundas implicaciones políticas.
En 1791, siendo todavía la colonia más rica del imperio Francés, Haití fue el epicentro una revolución sin precedentes en la historia de la humanidad. Una alianza entre esclavos negros y mulatos libres, al mando de Toussaint Louverture, hizo propios, a su manera, los principios de libertad proclamados por la revolución francesa y en 1801, luego de una larga y sangrienta guerra, declaró su territorio libre de toda esclavitud y servidumbre, obligando a la República francesa a que aceptara que la esclavitud había sido abolida. Poco tiempo después Francia pierde todas sus colonias en el continente americano y en respuesta, bajo la complicidad silenciosa del mundo entero, impuso a Haití el pago de una vergonzosa indemnización que hasta hace pocos años la Isla seguía pagando.
Esta revolución tiene profundas implicaciones políticas para la los procesos de descolonización como antecedente de las revoluciones de independencia y el fin de la esclavitud en el resto del continente, no obstante fue silenciada y condenada a los márgenes de la Historia y hoy nadie recuerda quienes fueron los jacobinos negros.
Son viarias las razones que explican este silenciamiento, pero las más importantes radican en que esta revolución cuestionó los fundamentos del orden colonial existente, pues éste se sustentaba en la esclavitud como principio económico y en el de raza como sistema ordenador y clasificador al servicio de esa institución.
En segundo lugar, la revolución haitiana fue la única verdaderamente universal en la historia de la humanidad porque declaró la libertad para todos sus residentes sin excepción alguna de raza, nacionalidad, género, clase, credo o religión, a diferencia de la revolución francesa que nunca fue universal, ya que en sus colonias la esclavitud se mantuvo debido a que el orden económico europeo dependía de los bienes producidos por la mano de obra esclava en el nuevo mundo. Entonces, puso en evidencia la gran paradoja de la Ilustración que es la discrepancia entre el discurso de la libertad y la práctica de la esclavitud.
Su universalidad hizo que la constitución de Louverture estuviera años por delante de cualquier otro documento en el mundo en términos de su inclusión racial y en su definición de ciudadanía, aventajó a la metrópoli en alcanzar la meta ilustrada de la libertad humana, echando por tierra toda división racial y puso en entredicho la superioridad de occidente en cuanto al liderazgo de un proyecto político humanista fundado en la libertad universal.
La hegemonía neoliberal hoy en día tiene como trasfondo la expansión universal de los modos de occidente de entender ideas como economía, democracia o libertad. Esta expansión todavía se sostiene, como dice Buck-Morss, sobre la idea de “la historia universal como una sola ruta forjada por las naciones desarrolladas que el resto del mundo esta destinado a seguir” que justifica el “derecho” de occidente a intervenir las naciones “no civilizadas” bajo la excusa de llevar el progreso, la democracia o la libertad.
En este contexto, una crítica a la idea de universalidad de occidente resulta fundamental. Para eso necesitamos levantar los silencios, borramientos y ocultamientos en que el canon occidental sostiene su propia legitimidad y construir una nueva narrativa histórica que cambie la centralidad europea en la historia universal.

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