agosto 17, 2026

Virtuosidad y fortuna

Estos liderazgos carismáticos bastante fuertes no lograron romper con la institucionalidad informal de la política en sus respectivos países, viéndose obligados, en muchas ocasiones, a pactar con partidos de derecha o continuar fomentando prácticas que justamente dieron al traste con las clases políticas que los precedieron. En esto, aún no está claro si estos liderazgos tuvieron la voluntad política para cambiar dicha situación o si simplemente instrumentalizaron tales reglas de juego para su beneficio pero sólo en el corto plazo.

Normalmente, no se puede tener ambas. Muchas veces un carácter obstinado y decidido debe enfrentarse a circunstancias adversas. O, por el contrario, a veces la suerte dispone de un sinfín de posibilidades para personas que carecen de visión o los más elementales atributos para reclamar liderazgo. “Yo soy yo y mis circunstancias”, alguna vez alguien dijo, y en Bolivia, hoy, podemos apreciar los no tan sutiles cambios que atraviesa nuestro espacio político, que no se parece en nada al de 2014.

Transformaciones topográficas

El MAS es sólo un ejemplo. En su momento fue un partido de vanguardia para toda la izquierda boliviana, irrumpiendo con inusitada fuerza en la historia de nuestro país, y con una camada de dirigentes que habían sobrevivido a lo peor del neoliberalismo durante las últimas décadas del siglo pasado, y, además, en un contexto en el que el poder constituido se tambaleaba herido de muerte por los innumerables errores de su ya agotada y desprestigiada clase política. El fuerte liderazgo de Morales, una personalidad que no se repite muchas veces en la historia, tenía el camino allanado por un fenómeno que estaba afectando a los gobiernos de derecha a lo largo de toda la región. Había una “marea rosada”, como la llamaron muchos analistas, expandiéndose a lo largo de Latinoamérica, tumbando gobiernos neoliberales y reemplazándolos por gobiernos posicionados en algún lugar de la izquierda del espectro político.

Esa “marea rosada” cubrió los territorios de Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay. Aunque cada gobierno se diferenciaba del siguiente en más de un aspecto, los puntos de convergencia entre todos éstos se encontraban en una mayor presencia del Estado en el manejo de la economía, redistribución de la riqueza en favor de los sectores más necesitados, mayores niveles de soberanía política frente a los EE.UU., empoderamiento de las clases populares sobre el Estado y el apoyo a la creación de una identidad Latinoamericana en desmedro de una identidad Panamericana. De éstos gobiernos hoy sólo quedan Bolivia, Nicaragua y Venezuela. El resto se ha alejado total o parcialmente de los ejes de coincidencia política que acabamos de mencionar, con mayores o menores niveles de legitimidad en tal transición.

Liderazgos y circunstancias

Tratemos ahora de simplificar nuestra comprensión de la política a solamente dos factores: virtud y fortuna. Es decir, capacidad y suerte. O también, liderazgo y circunstancias. Aunque no las únicas, se trata de dos herramientas conceptuales que nos legara Maquiavelo para tratar de entender las complicadas configuraciones del poder en los Estados.

Una primera consideración: Tratar de entender la circunstancias que favorecieron a los gobiernos de izquierda o progresistas durante la primera década y media de éste siglo puede lanzar resultados demasiado disímiles entre país y país, pero también acá existen ciertos patrones: Altos precios de las materias primas en el mercado mundial; deslegitimación de las clases políticas subordinadas hacia los EE.UU. en toda la región que derivó en muchos casos en crisis de Estado y transiciones políticas dramáticas; deslegitimación del liderazgo de los propios EE.UU. en el mundo entero luego de su arremetida militar contra el Medio Oriente; emergencia de nuevas potencias económicas y geopolíticas que aún hoy rivalizan con la supremacía económica de los EE.UU., como China y Rusia; y la emergencia de nuevas formas de expresión política que partían de la reivindicación de identidades regionales, étnicas y sexuales y cuya expresión se daba a través de movimientos sociales con alta capacidad de movilización. Ciertamente la fortuna estaba del lado de organizaciones sociales y partidarias que se encontraban fuera del espacio ocupado por los partidos que hoy llamamos de derecha, que en su totalidad estaban subordinados a las líneas establecidas por Washington y la Casa Blanca.

Una segunda consideración: Existe un aspecto más en el que todos estos gobiernos coincidieron durante clímax de la ola progresista latinoamericana: liderazgos fuertes, carismáticos y omnipresentes. Aunque todos contaban con estructuras partidarias detrás de sí, dichas estructuras descansaban sobre la relación de lealtad de sus miembros hacia éstos líderes. Esto permitió que fuesen calificados por analistas usualmente cercanos a posturas liberales como “populismos carismáticos” o “populismos caudillistas”. La gravitación de estos liderazgos en el proceso de toma de decisiones debilitaba en muchas ocasiones la ya frágil institucionalidad de sus Estados, siendo vistos, así, como elementos detrimentales para la democracia o el Estado de Derecho.

Finalmente, aunque se trataba de liderazgos carismáticos bastante fuertes, ninguno de ellos logró romper con la institucionalidad informal de la política en sus respectivos países, viéndose obligados, en muchas ocasiones, a pactar con partidos de derecha o continuar fomentando prácticas que justamente dieron al traste con las clases políticas que los precedieron. En esto, aún no está claro si estos liderazgos tuvieron la voluntad política para cambiar dicha situación o si simplemente instrumentalizaron tales reglas de juego para su beneficio pero sólo en el corto plazo.

La marea conservadora

Todos los factores que citamos entre las circunstancias, particularmente aquellos relacionados con el precio de las materias primas en el mercado mundial y aquellos relacionados con lo que algunos llaman “la política de la identidad” sufrieron transformaciones en apenas 15 años. Los precios de las materias primas bajaron, con importantes repercusiones para la política fiscal y económica en general de los gobiernos de izquierda. De la misma forma, los EE.UU., conscientes de su pérdida de influencia en Latinoamérica, explotaron todos los errores tácticos y estratégicos de los gobiernos de izquierda para aprovechar los resquicios que dejaban instituciones formales e informales para afectar a dichos gobiernos. Así, conflictos regionales se convertían en potenciales guerras civiles, la competencia inter-partidaria en golpes de Estado legislativos, y hechos de corrupción en mega escándalos que con el tiempo desgastaron y eliminaron a muchos gobiernos progresistas.

Por supuesto, las contradicciones internas en cada uno de éstos procesos de izquierda latinoamericanos jugaron un papel determinante para la transición que se presencia actualmente. Entre ellos, uno de lo más destructivos fue la incapacidad de los gobiernos progresistas para cambiar las reglas de la política y el escenario político. No se transformaron instituciones informales como los padrinazgos, el clientelismo, el patrimonialismo, la distribución de empleos en el sector público sin un mínimo de racionalidad, el uso de los recursos públicos para fines privados, y un largo etc. Adicionalmente, pero no menos relevante, se encuentra también el cambio de mentalidad colectiva que indujo la urbanización de toda Latinoamérica y el surgimiento de clases medias endebles pero empoderadas adquisitivamente. Transformación en su mentalidad con impacto político de trascendental. El horizonte de sus aspiraciones pasó de las reivindicaciones populares a expectativas de consumo cada vez más cercanas a la de los países desarrollados.

En pocas palabras, mientras los gobiernos de izquierda se mantenían en un horizonte discursivo y una práctica política propia de finales de los 90s e inicios del siglo XXI, el mundo siguió cambiando a su alrededor, sin percatarse que la topografía política de la región y del planeta se movía como lo hacen las placas tectónicas de la Tierra: sigilosas pero implacables, transformando paisajes y ecosistemas. Los gobiernos de izquierda, de repente, tenían un paisaje para el cual no estaban adaptados.

Fortuna

Todos estos cambios, geopolíticos, ideológicos, sociológicos y demás, han cambiado las circunstancias. La fortuna está del lado de las tendencias conservadoras y los movimientos de reacción sin que necesariamente eso quiera decir que la virtud acompaña a éstos actores. Sus representantes en Brasil y Argentina son una renovación del pensamiento neoliberal de antaño y en el caso del gigante verde, de élites políticas ultra conservadoras y corruptas que no sólo ponen en jaque sus propias estructuras gubernativas sino a la democracia liberal como tal. No obstante, no se requiere ser gigante para alcanzar la cúspide de éstos Estados, cuando la marea levanta ahora a cualquiera que no esté relacionado con los gobiernos que fenecieron o están a punto de fenecer.

Nada de esto significa que la izquierda como movimiento político éste derrotada definitivamente, pero debe adaptarse a cada una de éstas circunstancias, creando nuevos discursos, nuevas propuestas e interpretando el mundo de forma tal que su praxis política se mantenga acorde a los retos del siglo XXI. Por supuesto, todo esto es más fácil de decir que de hacer, pero lo que demuestran estos tiempos es justamente que nada dura para siempre y que las circunstancias cambiarán todos los días, aunque no lo podamos apreciar. Líderes con alta capacidad de movilización y trayectoria, verdaderos portadores de virtud política, hoy están relegados o en peligro de desaparecer políticamente, como Correa y Lula, pero justamente ésta capacidad tiene el potencial de levantarse sobre las circunstancias cuando lo que se tiene al frente son enemigos que logran nadar sólo porque la marea se los permite.


*    Politólogo.

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