El país entero ha seguido estos últimos días el curso de los hechos en Corte Internacional de Justicia de La Haya. Si hay algo que define a un boliviano desde el primer día que inicia su educación primaria, y quizá antes, eso es el recuerdo colectivo del mar. No fue sólo un gobierno el que se preparó para éste momento, sino un pueblo entero durante más de 135 años.
Cuando llego la hora de los hornos, Bolivia tenía algo muy concreto, muy claro, para decir. Los alegatos presentados por la defensa boliviana se fundamentaron sobre documentos que fueron acumulados por generaciones muchas veces interrumpidas y divorciadas entre ellas, pero siempre de acuerdo en que lo que sucedió en 1879 fue un despojo cuya injusticia debía ser reparada.
El equipo
La comitiva boliviana estuvo organizada en dos equipos: el quipo nacional, conformado por el ministro de Justicia, Héctor Arce; el ministro de Relaciones Exteriores, Fernando Huanacuni; el procurador general del Estado, Pablo Menacho; el embajador de Bolivia ante la ONU, Sacha Llorenti; y el agente de la demanda marítima, Eduardo Rodríguez Veltzé.
Acompañaron a éste primer equipo los expresidentes Carlos Mesa y Guido Vildozo; los excancilleres Gustavo Fernández y Javier Murillo de la Rocha; el gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas; el alcalde de Cochabamba, José María Leyes; el senador opositor Oscar Ortiz; la secretaria ejecutiva de las Bartolinas, Segundina Flores; y el secretario ejecutivo de la Central Obrera Boliviana (COB), Juan Carlos Huarachi.
El equipo internacional fue conformado por los abogados Antonio Remiro Brotons, español; Mathias Forteau, francés; Monique Chemillier Gendreu, francesa; Payam Akhavan, iraní; Vaughan Lowe, inglés; y Amy Sander, también inglesa.
A la cabeza de todos, el presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Evo Morales Ayma.
Las razones
El juicio inició el lunes por la mañana. Las palabras de apertura fueron dadas por el agente Rodríguez Veltzé. Al otro lado del mundo, en la ciudad de La Paz, el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera también se dirigía no ante una corte sino ante una multitud que atiborraba la plaza Murillo frente al Palacio de Gobierno desde la madrugada. Ni un solo periódico dedicaría su primera plana a otra noticia que no fuera ésta, ni tampoco lo haría al día siguiente, ni el siguiente después de ese. Antes de que comenzara la presentación de los alegatos de la parte boliviana a cargo del equipo internacional, el presidente Morales se dirigió a su país desde la corte, asegurándole no sólo la justicia de su causa, sino también la solidez de sus argumentos. Las horas siguientes probarían que estaba en lo cierto. Bolivia pide una sola cosa: negociar de buena fe. Chile insiste en sólo una: el Tratado de 1904, que condenó a Bolivia al enclaustramiento, no se toca.
Los abogados de Bolivia presentaron, durante dos jornadas, pruebas históricas de que la región de Antofagasta pertenecía originalmente al territorio de lo que luego sería la República de Bolivia, y que siguió perteneciendo a éste país durante más de medio siglo. Demostraron con rigurosidad que fueron intereses económicos los que llevaron al Estado chileno a invadir esa región en busca de guano y salitre y que el empeño de Bolivia por recuperar una salida soberana hacia el Océano Pacífico fue reconocido, en numerosas ocasiones, por la propia diplomacia chilena. Tratados, notas diplomáticas y declaraciones de Jefes de Estado de ambos países fueron señaladas con documentos en mano con el propósito de demostrar ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya que Chile sí se comprometió a negociar con Bolivia una solución a su enclaustramiento desde finales del siglo XIX hasta inicios del siglo XXI.
Las certezas
Más bien las premisas desde las que partió el equipo boliviano eran, por lo tanto, muy claras: Bolivia no exige que la Corte determine una reparación histórica, sino solamente negociar de forma honesta y positiva; la palabra de los Estados tiene peso, y declaraciones de presidentes, embajadores, cancilleres y legisladores deben tener consecuencia; ningún país debe sufrir enclaustramiento, no sólo por los costos económicos que aquello implica, sino por el trauma psicológico que marca a generaciones enteras; y que negociar una salida al mar para Bolivia no tiene nada que ver con el Tratado de 1904, que delimita territorios pero no cierra otras posibilidades.
Los pueblos
La reacción de las autoridades chilenas dentro y fuera de La Haya inmediatamente procedió a descalificar la causa como un todo, alegando la inviolabilidad del Tratado de 1904 o simplemente su derecho soberano sobre su actual territorio. No obstante, se hizo notable una fractura interna entre el gobierno chileno y su pueblo, y también dentro del propio Estado de aquel país. El Jorge Pizarro y el excandidato presidencial Alejandro Guillier abrieron la posibilidad de canjear territorio, mientras colectivos y organizaciones de la sociedad civil chilena, como los mapuches, reclamaban mar para Bolivia.
Cuando finalizó el segundo día de los alegatos y se ingresó a un descanso el miércoles los ánimos de los bolivianos estaban exaltados. La defensa fue percibida con encanto y una sensación de reivindicación que muy pocos se atrevieron a cuestionar dentro del país. Lo más cercano a voces disidentes fueron líderes de opinión opuestos al gobierno de Morales que centraron sus críticas contra el presidente pero no contra su causa, que reconocieron, aunque sea en un párrafo de sus escritos, como también suya. El jueves comenzaron los desfiles en memoria del litoral boliviano, sus héroes y la voluntad de regresar. Con muy poca ingenuidad, sabiendo que incluso una victoria en el juicio no significaba un retorno al Pacífico, el pueblo boliviano se sumó como muy pocas veces lo hace, a una causa que no puede ser calificada de otra forma que no sea total. Se sabe que éste es un tiempo plagado de atrocidades, con muros, bloqueos y masacres sucediendo todos los días, pero de lo que se trata no es de solucionar un problema que lleva más de un siglo pendiente, sino de demostrar que un concepto tan viejo como justicia aún tiene valor para el mundo.
* Politólogo.

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