Bolivia a partir de enero de 2006 ha logrado implementar un proceso de transformación histórica, económica, política y cultural; es decir, llevar adelante un proceso revolucionario, dentro del marco formal de la democracia occidental, con leyes y reglas electorales que son parte de ese juego democrático liberal.
El enorme respaldo ciudadano en todas y cada una de las elecciones realizadas, en todas muy por encima del cincuenta por ciento, inédito no solo en Bolivia sino en todo el continente americano y seguramente muy particular en el resto del mundo, ha logrado que este proceso pueda desarrollarse en el marco de esta forma democrática, al contar con una suficiente mayoría legislativa que ha coadyuvado la labor de gestión y transformación de la arquitectura jurídica del Estado.
La propia nueva constitución, producto de una asamblea constituyente, fue elaborada y aprobada siguiendo las reglas de juego establecidas por la democracia representativa, lo cual, entre otras cosas, limitó muchos aspectos previstos de mayor profundización revolucionaria. En el marco de esa democracia liberal, el texto final de la constitución tuvo que ser negociada y generó muchos de los problemas que hoy tiene que afrontar el estado.
Este proceso ha logrado avanzar en muchos aspectos, en equidad, en otorgar oportunidades a todos los sectores sociales, en inclusión social, en participación igualitaria de género, en lucha contra la corrupción y enfrentando frontalmente a la discriminación de toda índole, al margen de los indiscutibles logros económicos.
Sin embargo, doce años después pueden observarse serios síntomas de que las reglas de juego de la democracia formal, liberal, sobre las cuales avanzó durante este tiempo el proceso, se constituyen en una tranca, e incluso en un factor de retroceso. Este hecho no solo no permite avanzar y profundizar con este proceso de transformación, sino que pone en riesgo la continuidad de muchas de estas medidas y hasta la posibilidad de que tiendan a revertirse.
¿Se ha logrado establecer un proceso revolucionario con las propias reglas de juego de la democracia burguesa, pero al observarse que se ha llegado en muchos aspectos a situaciones límites, hay que plantear la necesidad de replantearse la urgencia de dar un salto cualitativo en las formas de ejercicio democrático, que pase de la representatividad y la participación ciudadana a formas mucho más profundas de una democracia revolucionaria, en el que el voto deje de ser el único factor que marca la vigencia de un modelo democrático y se avance en el sentido verdadero de participación democrática?
No existe una respuesta sencilla, desde luego, mucho menos desde la lógica tradicional del concepto de un ciudadano igual a un voto, con el que el ciudadano se expresa. La propia constitución de 2009 está empezando a mostrar limitaciones propias de un estado liberal, pese a los enormes avances que contiene en su texto. Cualquier propuesta de avance en este sentido seguramente será considerada por los propios defensores de la democracia liberal como antidemocrática.
Un aspecto que pone en duda la eficacia del modelo democrático liberal para avanzar en una verdadera democracia revolucionaria es la limitación a que la ciudadanía elija a sus gobernantes las veces que considere necesario, sin que medie forma alguna que recorte este derecho ciudadano. Esa limitación es, desde todo punto de vista es antidemocrática, y en el avance de un continuo y fortalecido proceso democrático revolucionario, habrá que cuestionarlo y exigir su adecuación en el contexto de un mecanismo que facilite la continuidad y la profundización del proceso de transformación histórica que vive Bolivia.

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