En escenarios nacionales y mundiales polarizados, se derrumban las alianzas interclasistas de espectro político amplio que permitieron llegar a gobernar a las fuerzas progresistas y de izquierda. Las alianzas entre sectores de distintas clases sociales han tenido siempre un carácter electoral, transitorio, donde “el compañero de viaje” más fuerte en poder político, económico y social, dejaba en el camino al más débil. Y por todo el siglo XX el que terminaba siendo abandonado y traicionado era el acompañante popular y de izquierda, lo que luego se expresaba en golpes de Estado militares dirigidos a frenar las protestas sociales y políticos de quienes comenzaban a ser un peligro para la estabilidad del sistema.
Con el advenimiento de los gobiernos de izquierda y progresistas en los cuales la principal fuerza política de la alianza estaba en manos de las fuerzas progresistas y populares, la estrategia de romper la alianza siguió estando en manos de los aliados de clase, pero con diferencias en el método. Donde se los permitía o exigía la correlación de fuerzas acudieron a los golpes militares, pero donde el peso social del gobierno era significativo, acudieron a los golpes de estados político-jurídicos, sustentados en el manto ampliado de la corrupción o en sesgadas interpretaciones de la normatividad vigente.
Esto era esperable, pero también lo era el considerar que estos gobiernos antineoliberales tuvieran un plan B para enfrentar las esperadas contraofensivas políticas, jurídicas y mediáticas de las clases desplazadas del poder político del gobierno. Estrategias que no existieron en Argentina donde el mismo Macri se sorprendió de su triunfo, o en Brasil donde con un ajuste fiscal antipopular del gobierno de Dilma, se cortó la confianza social y el lazo emocional del gobierno con sus bases. Algo parecido parece haber sucedido en Nicaragua, donde la iglesia abandona su alianza con los sandinistas y se suma a la oposición, aprovechando medidas que no fueron consultadas con los pensionados, los sectores populares y de la juventud.
El problema central no pasa por el retiro esperado de los aliados de centro del gobierno, ni por el hecho necesario de comprender el cómo se reconfigura el nuevo bloque opositor, sino por las políticas y estrategias para confrontarlas sin perder las confianzas construidas con los sectores explotados y excluidos de la población. Las cuales deben ser debatidas e implementadas con el conjunto de las organizaciones sociales, étnicas y de trabajadores interesadas en sostener y ampliar las conquistas alcanzadas, e implementadas con nuevas formas de participación y control social que les traslade una franja importante del poder de decisión. Y eso hay que hacerlo antes que la crisis estalle para anticipar y construir los nuevos escenarios de la lucha de clases, dirigidos a reconstruir una situación de pertenencia, de doble poder basada en nuevas legitimidades, que tienen mucho de emociones pero también de comprensiones sobre las alternativas en juego.
Los Macri y los Temer son políticamente suicidas, saben que ya son odiados y que no podrán sostenerse por largo tiempo, como seguramente sucedería con un gobierno neoliberal en Bolivia, pero cumplen con firmeza de clase el trabajo sucio que les han encomendado y generan retrocesos históricos. En este sentido nos preocupa conocer encuestas que indican que el apoyo al gobierno de Bolivia para una futura reelección no pasa del 30%. Aceptemos que puedan ser equivocadas o manipuladas, o que se está enviando un mensaje de descontento, pero es necesario interpretar la situación y actuar en consecuencia. Frente a los funcionarios que por mantener prebendas informan que “todo va bien” y estimulan el sentarse a esperar que las cosas mejoren, mientras el desgaste continúa, es hora de recuperar la sintonía con las bases sociales a las que se ha representado todos estos años. Rediscutir con ellos la aplicación de la democracia directa, que se basa en escucharlos para tener en cuenta sus opiniones, sus propuestas, sus demandas, y convertirlas en decisiones de política pública. Retomar y profundizar el proceso constituyente social para construir poderes duales que en conjunto impulsen el programa del nuevo gobierno a conquistar, sobre todo una estrategia de convertirlos en poder popular que desde la calle defienda sus conquistas. Y en lo que resta del mandato rectificar lo que sea necesario y cambiar a quien no tenga el respaldo de las poblaciones a las cuales deben apoyar y garantizas derechos. A reordenar la casa sin esperar que llegue la escoba nueva neoliberal, que siempre barre mal.
* Intelectual colombo-argentino.

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