Por Julio A. Muriente Pérez *-.
El pasado 19 de septiembre se cumplieron 34 años del sismo que estremeció parte de México, provocando la muerte a miles de personas y destrucción por doquier.
El pasado 20 de septiembre se cumplieron dos años del paso del huracán María sobre Puerto Rico. Miles de personas fallecieron y la infraestructura del país colapsó.
Sismos y huracanes son fenómenos naturales que ocurren con frecuencia en países de la región. Ocurren desde mucho antes de que este continente fuera poblado por seres humanos y muchísimo antes de que se iniciara la conquista europea, hace poco más de medio milenio, y se fueran forjando las sociedades propiamente americanas que conocemos hoy.
Se les denomina desastres naturales. Se le echa la culpa a la naturaleza si se desploman casas o edificios, si se inundan zonas residenciales o comerciales, si se cae el tendido eléctrico, si una región se queda incomunicada, o si fallece un numero indeterminado de personas.
Lo cierto es que los desastres naturales no existen, en cuanto desastres.
Que lo sí ocurren son desastres sociales con la naturaleza. Las zonas inundables se inundaban desde hace miles de años. Los deslizamientos de tierra de una zona montañosa se han dado desde siempre. Las zonas sísmicas lo son desde hace millones de años. Por consiguiente, corresponde a los seres humanos organizarse en sociedad, en armonía y respeto a la naturaleza y sus diversas manifestaciones.
La desigualdad social y económica que conduce a la existencia desigual de casas, caminos, sistemas de energía, salud y alimentación, en todo caso, se exacerba al ocurrir un sismo o tras el paso de un huracán. El fenómeno natural lo que hace es desnudar la dura realidad de la desigualdad, de la ausencia de planificación, de la negligencia gubernamental, de la falta de recursos y de la precariedad en que vie buena parte de la población.
Si hacemos un acercamiento detenido a lo que sucedió en México en 1985 o a lo que aconteció en Puerto Rico en 2017, podremos corroborar lo que decimos. Asimismo, si analizamos la real naturaleza de los denominados desastres naturales que se dan con frecuencia en muchos de nuestros países.
Decenas o centenares de personas mueren al deslizarse la parte escarpada de una montaña donde habían construido sus modestas residencias. Todos sabían que era muy peligroso construir allí. Pero la pobreza no les dejo otra opción. ¿Desastre natural?
Altos edificios habitacionales se construyen en zonas sísmicas, sin tomar medidas preventivas. Tiembla. Caen los edificios. Cientos fallecen o son heridos. ¿Desastre natural?
Una costa saturada de hoteles, viviendas y comercios, en zona sísmica. Tiembla, se produce un maremoto que arrasa con todo. ¿Desastre natural?
Miles de casas y otras edificaciones construidas como quien dice, pegadas con saliva. Miles de postes de baja calidad sostienen kilómetros de líneas eléctricas y de comunicación. Puentes y carreteras mal construidos. Pasa el huracán y se lleva todo. ¿Desastre natural?
Décadas y siglos de lanzar a la atmósfera gases contaminantes, desde millones de vehículos de motor o chimeneas industriales. Calentamiento global. Deterioro progresivo del planeta. ¿Desastre natural?
Quienes aspiramos al desarrollo de sociedades superiores, en las que prevalezcan la justicia, la igualdad, la satisfacción de necesidades básicas y la felicidad individual y colectiva, debemos hacerlo pensando siempre en una relación armoniosa con la naturaleza; teniendo siempre presente que los seres humanos somos primero naturaleza y luego seres sociales. Y que en cuanto seres sociales tenemos una responsabilidad indelegable de convivir de manera respetuosa y ordenada con el resto del entorno natural.
Entender que la naturaleza continuará manifestándose como desde siempre. Siempre amiga solidaria; pero implacable si alguien le hace daño.
* Catedrático Universidad de Puerto Rico y dirigente del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico.

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