septiembre 11, 2026

Recuerdos de la Batalla del Campo de la Alianza, de Sara Neuhaus de Ledgard

La Batalla del Campo de la Alianza en la visión oficial de dos diarios de campaña

La batalla del Campo de la Alianza, librada por el Ejército Aliado de Bolivia y Perú contra el Ejército de Chile, fue descrita en el campo de guerra por los cronistas oficiales de campaña José Vicente Ochoa y Manuel V. Alba [1].

José Vicente Ochoa relata de forma lacónica los hechos: “se ha divisado a todo el Ejército chileno, que formado su línea de combate avanza resueltamente en nuestra dirección. Decididamente estamos en los momentos de una gran batalla. Poco después de las 10 de la mañana principia el enemigo a soltar sus bombas y a descargar toda su artillería (…) Son las 7 de la noche. Estamos en dispersión y retirada a Bolivia. ¡La suerte de las armas nos ha sido adversa! A pesar del heroico comportamiento de nuestros jefes y soldados, que en algunos momentos hiciera retroceder las enormes masas del enemigo, hemos tenido que ceder ante la superioridad del número y los cañones. Nuestro costado izquierdo ha resistido el empuje principal y ha quedado totalmente desecho. Han sido heridos de gravedad el general Camacho, en la ingle, el general Pérez en la frente y los distinguidos jefes Ravelo, Murguía, Melchor Gonzáles y Adolfo Palacios. A nosotros no nos queda más que emprender viaje a nuestra desgraciada patria. Fin del Diario” [2].

Alba es más descriptivo y detallista: “26. Eran las seis de la mañana hora en que el oficial N. Delgadillo, nos dijo: el telégrafo anuncia el ‘enemigo al frente’. Encontramos una gran pacotilla de mujeres entre las que iban dos jovencitas de 14 a 15 años; a la rubia le dije que no fuera adelante, por que corría peligro: me contestó que iba al lado de su padre y correría la misma suerte que él. Eran las nueve y cuarto y se escucha una general detonación y cayeron las bombas. Empezó pues el combate de ambas artillerías, encarnizado y terrible. Nuestros batallones se arrojaron denodados sobre el primer escalón que fue completamente deshecho, nuestros cuerpos chocaron con este segundo escalón que fue así mismo envuelto. Creíamos que la victoria había empezado y que sería coronada por ese lado. Aparecieron nuevas reservas tan frescas y numerosas, que hicieron retroceder a nuestros bravos envolviéndolos en todas direcciones y obligándolos a una retirada. El Escuadrón Libres del Sud allí cumplió con su deber combatiendo pecho a pecho y disputando el terreno palmo a palmo. Los supremos esfuerzos quedaban ahogados por los numerosos regimientos enemigos. Aún nos quedaba la última esperanza: la reserva de los Colorados, hicieron su empuje sobre el enemigo que quedó arrollado, descompuesto por todas partes y en completa derrota fue esta la última vez que la victoria se nos presentó; fuerzas de caballería chilena vinieron a protegerlos, volvieron al combate a rodearnos por completo. El Colorados estaba envuelto por todas partes, acometidos por el frente y por los flancos; se batían como unos leones, se abrían camino por entre los enemigos. La derrota estaba declarada, por todas partes el enemigo avanzaba y avanzaba. Así terminó la jornada de hoy para siempre memorable”.

Alba continúa su Diario relatando la huida de las familias de Tacna, protegiendo a su familia y llevando sus bienes más preciados, “unos en animales, otros en hombros”. Concluye su Diario el 10 de junio, cuando llega a su solar nativo [3].

Una visión femenina singular de la batalla

En medio de estos testimonios surge la presencia de Sara Neuhaus, dama tacneña que fue testigo de los hechos del 26 de mayo de 1879, cuando vio los preparativos, escuchó el fragor del combate y observó la retirada de tropas que huían atravesando la ciudad. Por su condición de mujer, se trata de un testimonio único, singular y de inapreciable valor para la Historia.

Nada escapa a sus recuerdos: “Tacna, antes de la guerra, era una bella, pacífica y culta ciudad del Perú. Se radicaron en ella numerosos caballeros extranjeros, buenas firmas comerciales, que establecieron el intercambio con Bolivia, Cuzco y Puno”. Describe la llegada de las tropas de Bolivia a Tacna, a principios de abril de 1879: “era la primera vez que veíamos nosotros tantos soldados juntos y, cómo la oficialidad de ambos ejércitos, tanto del peruano como del boliviano, estaba compuesta en su mayor parte por la mejor gente de la sociedad de ambos países. A la cabeza de las tropas bolivianas venía el batallón Murillo, seleccionado también entre lo más distinguido de la sociedad boliviana. Estos batallones estaban formados por los Colorados que comandaba el coronel Camacho y cuya actuación en la batalla del Campo de la Alianza fue hermosa, pereciendo en ella la mayor parte de la tropa y la oficialidad (…) La entrada de las tropas bolivianas causó enorme alboroto, echándose parte de la población a la calle y llenándose los balcones y los techos de numerosas personas que querían ver desfilar al ejército”. Le llama la atención la condición social de la tropa: “el grueso de las tropas bolivianas estaba formada en su mayor número por indígenas que fueron arrancados de sus chozas; analfabetos, ingenuos y pacíficos, que iban a la guerra sin saber lo que ella significaba; sin concepto de patria, de hogar ni de deber”.

Su sensibilidad de mujer aborda la vida cotidiana en Tacna, la situación de presos chilenos que llegaron en el Rimac, el arribo de tropas peruanas desde Tarapacá en estado lamentable, sirviendo las casas de gente rica como hospitales improvisados, atendidos por mujeres como enfermeras.

Refleja detalles del 26 de mayo, como la actitud de los enfermos que acudieron al campo de batalla y el desenlace fatal: “¡qué día tan horroroso!… ¡Qué enorme angustia oprimió nuestros pechos cuando recibimos la triste nueva: ‘hemos perdido’! La desorganización fue completa y este desastre en el que el heroísmo de nuestros soldados nada pudo contra la superioridad numérica, de armento y táctica del invasor, abrió las puertas del Perú a las tropas chilenas”.

Por su relato se conoce el triste final del general Juan José Pérez, al que viéndolo herido auxiliaron sus padres, Karl Theodor Neuhaus y la dama ariqueña doña Felicitas de Fernández Cornejo y Rivero, en su agonía, y refiere que “los chilenos se encargaron de su entierro, rindiéndole los honores correspondientes a su alta jerarquía militar”.

Anota las incidencias de la toma de la ciudad de Tacna por el ejército del general Manuel Baquedano “Durante la ocupación de Tacna, las familias peruanas sufrían escasez y grandes dificultades. En muchos sitios habían repartidos heridos bolivianos y peruanos. En mi casa asilábamos a dos jóvenes bolivianos y mi hermana hospedaba a dos heridos peruanos y a una familia de Arica”, señala. Distinta era la situación de los soldados chilenos heridos que estaban alojados en algunas casas que abandonaron las familias peruanas: “desde luego, se tomaron las mejores instalando a sus heridos en los más hermosos salones de Tacna”.

Su testimonio enfoca su atención al rol de las mujeres combatientes de ambos bandos: “al ingresar en Tacna el ejército invasor nos llamó profundamente la atención ver entre los hombres una mujer que venía con botas, kepi y sable. Era una célebre cantinera que había asistido a todas las batallas libradas contra nuestro ejército. ¡Qué diferencia entre esta mujer y las ‘rabonas’ que iban detrás del ejército peruano, unas pobres cholas, valientes y resignadas, que soportaban todas las fatigas de las marchas, prestando los servicios que les era posible dentro de su condición y combatiendo a veces al lado de los hombres, con los fusiles que arrancaban de las manos crispadas de los muertos!”.

Su relato continúa, siguiendo el curso de los acontecimientos: “una vez consumada la gloriosa hecatombe de Arica, las familias de los que allí combatieron no sabían nada de sus deudos. La desesperación de las madres, de las esposas, de las hijas y las hermanas había llegado al colmo”. Sus padres socorrieron y evacuaron a los prisioneros. Usando sus influencias su padre logró el favor del gerente del Ferrocarril y de un general chileno, logrando evacuar a Lima a numerosos contingentes de heridos y peruanos que se hallaban en la clandestinidad.

Describe los funerales del coronel Francisco Bolognesi y el capitán de Navío Juan Guillermo More, abatidos por el fuego enemigo en la batalla de Arica, el 7 de junio de 1880: “cuyo acompañamiento era muy triste y casi solitario; pero mis padres consiguieron unas pocas flores para echarlas sobre los ataúdes. Ellos y unas hermanas de caridad los acompañaron hasta el transporte ‘Lima’, en el que fueron trasladados a la Capital. Mis padres habían cumplido su deber con los vivos y con los muertos”.

Meses después, su familia se trasladó a Chile. Aun en esa circunstancia su padre “hizo saber a todas las familias que tenían prisioneros en Chile, para llevarles lo que quisiera. Esta oferta fue aceptada con muestras del más vivo agradecimiento y papá con mis hermanas hizo el viaje hasta San Bernardo para ver a los prisioneros, darles noticias de sus familias y entregarles un gran cajón que contenía las encomiendas que le habían dado”.

Sara Neuhaus nació el 22 de diciembre de 1856, contrajo matrimonio con Walter B. Ledgard el 18 de noviembre de 1876. Fue poetisa, integrante de la bohemia tacneña y defensora de la peruanidad; presidió el Comité Patriótico de Señoras, organizado para atender a familias que debían sufragar en el plebiscito. El poeta Rubén Darío le dedica su oda titulada “A Sara Neuhaus de Ledgard”: “Por lo buena y hermosa/ coronaste tu frente de azahares/ Debes ser tan dichosa/ como la tierna esposa/ del divino cantar de los cantares/ Sé feliz! Que tu dicha no termine/ y vivas de manera/ que ese rayo siempre ilumine/ una eterna y florida primavera” [5].

Falleció en Lima, el 2 de julio de 1940, después de haber publicado sus recuerdos, siendo esta la única visión de aquel episodio de la guerra escrita por una mujer.


  • Luis Oporto Ordóñez:  Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

Fotos:  De la página 14 a la 15 de izquierda a derecha.

01     Archivo del historiador tacneño Luis Cavaganaro – Sara Neuhaus de Ledgard.

  1. Gral. Juan José Pérez.
  2. Centro de Estudios Históricos Militares del Perú.
  3. Foto La Tercera de Chile.
  4. El repase, óleo de Ramón Muñiz, que representa a un soldado chileno a punto de ultimar a un herido peruano que es auxiliado por una rabona.

1       Designado el primero por orden del general Hilarión Daza y el segundo por orden del general Narciso Campero. Únicamente Bolivia tomó esa previsión, no así el Perú ni Chile.

2       José Vicente Ochoa: Diario de la campaña del Ejército boliviano en la guerra del Pacífico. Sucre, Tipografía y Librería Económica, 1899.

3       Manuel V. Alba: Diario de campaña de la 5ª División (Guerra del Pacífico). Sucre, Tipografía de La Libertad, 1882.

4       Diccionario de la ocupación chilena en Tacna, s. d.

5       Rubén Darío, Poemas de Adolescencia. Madrid, Talleres tipográficos de G. Hernández y Galo Sáez, 1923.

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