octubre 21, 2020

El hechizo de la interculturalidad


por: Pilar Uriona Crespo-.


Cada periodo, cada coyuntura y cada momento histórico introducen en los diálogos humanos nuevos léxicos. Ellos marcan las veredas por donde transitar para plasmar proyectos de convivencia considerando las exigencias y los parámetros que surgen a raíz del carácter mutable y sorpresivo de los acontecimientos sociales.

Así, encarar la globalización supuso por un lado replantearse en el orden sociológico el lugar que en el debate político debían asumir expresiones como “comunidad”, “multiculturalismo” e “interdependencia”. Años atrás, autores como Will Kymlicka o Zygmunt Bauman se dedicaron a trabajar profundamente estas temáticas, considerando a la vez las contradicciones que trae consigo intentar conciliar la libertad personal y la solidaridad con la necesidad de saberse seguro ante un mundo cada vez más amenazante.

En Bolivia, las cosas han seguido una ruta similar. Desde distintas corrientes académicas y de estudio, de investigación, activismo y ejercicio político institucional, plantear un proyecto descolonizador ha provocado que se instalen palabras que décadas atrás ni figuraban siquiera en los diccionarios. Interculturalidad es una de ellas.

De alguna forma, mencionarla conduce a imaginar un espacio de interacción armónica y horizontal, un diálogo respetuoso. Pero quedarnos con esta breve idea sería inconsistente, pues implicaría constreñir a la interculturalidad a posicionarse meramente como un derrotero utópico. Para que ésta tenga un efecto emancipador, es preciso definir al menos algunas de las condiciones que la hacen posible.

Desde mi perspectiva personal, considero que la interculturalidad es ante todo un instrumento reordenador y recreador de esquemas mentales auto-referenciales, para transformarlos en canales que desemboquen en un mismo río. Inicialmente, si queremos definirnos como “parte de” algo -una cultura, una percepción del mundo, un modo de hacer las cosas particular- necesitamos caracterizarlo, delinear sus perfiles, marcar sus alcances. En este ejercicio de mirarse a uno mismo saldrán las virtudes y los defectos. Aprender otros modos de interacción verbal y material nos insta así a renunciar en primera instancia a toda posición que pretenda exaltar lo bueno que tenemos a tal punto que terminemos auto-convenciéndonos de que somos los representantes de “una tierra sin mal”.

Ese es uno de los terrenos concretos donde comienza a gestarse la práctica intercultural: presentarnos ante los otros descubriendo francamente el propio rostro. Y el terreno mágico, intuitivo y encantador que permitirá hacer palpable la interculturalidad y el diálogo solidario será saber escuchar, mostrar interés y apertura genuina para abrir mente y corazón a lo que desde otras visiones, desde otras percepciones se tiene para compartir sin imponer. Acción difícil por cierto porque no sólo se trata de guardar silencio para acoger lo que los demás transmiten, sino desprender la mente de ese carácter racional que todo lo estudia, desmenuza, invalida y descarta.

. Volverlas eso se hace irrealizables propongo palparlas en lo diario, siendo autoreferencial. Gitanos: interculturalidad inter es relación sostenida lo bueno y lo malo, qué nos conmueve igual y sacude. Seguridad apertura. Interacción, respeto horizontal, sinérgica diálogo no en rae.

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