octubre 29, 2020

Temor y seguridad ciudadanas: los vínculos no explorados

por: Pilar Uriona Crespo

Luego de conocer a grandes rasgos los contenidos de las problemáticas encaradas en la Cumbre de Seguridad Ciudadana realizada en Santa Cruz el 16 y 17 de este mes en la que participaron representantes del Estado central, de las gobernaciones, los municipios, las organizaciones sociales y de quienes en los imaginarios democráticos deberían constituirse en garantes de dicha seguridad, las FF.AA. y la Policía, desde algunos medios de comunicación se han resaltado como avance obtenido en la materia el hecho de que la seguridad ciudadana haya pasado a ser un tema susceptible de contemplarse como política de Estado.

Sin embargo, también se ha enfatizado que, al concluirse la Cumbre, fue notoria la falta de definición de acciones concretas que permitan vislumbrar cómo se asume la tarea de dar una respuesta inmediata desde cada nivel institucional para frenar la inseguridad frente al crimen. Desde mi punto de vista, creo necesario señalar que, antes que el cómo se encarará el temor ante la incertidumbre, interesa saber previamente qué implica para una ciudadana o ciudadano sentirse amenazado y vulnerable en el desarrollo de su vida normal.

En los diálogos suscitados en Santa Cruz, se lee entre líneas que la dinámica a emplearse para entrar en el terreno de las definiciones incluye ante todo un trabajo legislativo que contemple la elaboración de una ley en la materia y de otras que traten el control de armas, el consumo de bebidas alcohólicas (a cuyo uso se atribuye el aumento del nivel de homicidios culposos), la reforma penal y la prevención a través de la educación ciudadana.

No obstante ello, y adhiriéndome a las reflexiones de Gabriel Kessler 1 sobre el miedo al crimen, lo que echo de menos en las discusiones de la Cumbre es que haya quedado sin discutirse qué elementos alimentan este sentimiento, pues se han dejado sin explorar asuntos trascendentes que tienen que ver con cuestionar por ejemplo cómo se vivencian desde la sociedad civil los cambios que implican un incremento de la criminalidad en los últimos 15 años, cómo este hecho se percibe en las grandes ciudades y en las pequeñas localidades, cuáles son las nuevas figuras delictivas que aparecen amenazando la seguridad cotidiana y cómo se percibe la pérdida de confianza en las instituciones policiales y judiciales.

Tocar estas interrogantes ayuda a esclarecer que pensar en la seguridad ciudadana como política pública requiere ante todo discernir entre los grados de temor instalados en la sociedad, analizando, como apunta Kessler, si las estrategias de prevención y abordaje del problema desde lo estatal no llevará a forjar una cultura de seguridad diferenciada según la clase social, el sexo, la edad y el ser pertenecer o no a una comunidad (urbana, barrial, local, rural) específica.

Explorar el sentimiento de inseguridad desde la percepción social de este fenómeno es central en la medida que hacerlo puede coadyuvar a establecer los ejes básicos de un plan de trabajo eficaz, que incluya un itinerario trazado en función a cómo se confrontan los sentimientos de inseguridad subjetiva y objetiva. Entender la diferencia y el vínculo entre ambos aspectos contribuirá a no caer en la conformación de una política de seguridad preventiva que termine marcando márgenes territoriales e identificando grupos e individualidades estigmatizadas como peligrosas y, por tanto, reproduciendo la desigualdad en función a un nuevo elemento: el riesgo.

1    Miedo al crimen. Representaciones colectivas, comportamientos individuales y acciones públicas. Bs. As., 2007.

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