octubre 24, 2020

La Guerra de Cuarta Generación contra Evo

Una estrategia que tiene en los medios de comunicación y las redes sociales sus instrumentos de ejecución, ha buscado desde 2006 construir imaginarios colectivos y sensibilidades sociales contrarios al proceso de cambio y para desgastar el liderazgo del presidente Evo Morales en la perspectiva de su derrocamiento violento o su derrota político-electoral. Aprovechando la injustificada represión a los indígenas el 24 de septiembre, esta Guerra de Cuarta Generación volvió a mostrar la cara.

El 24 de septiembre en la tarde, una violenta intervención policial a la marcha indígena en Yucumo, abrió pasó para que se desatara una variante y al mismo tiempo una nueva fase de La Guerra de Cuarta Generación contra el gobierno del presidente Evo Morales, a quien la derecha nacional e internacional se ha propuesto derrotar, como ocurre con otros procesos similares en América Latina.

Y esta Guerra de Cuarta Generación es la disputa de sentidos a partir de la aprehensión de la realidad objetiva para subjetivamente desestructurarla y luego armar otra realidad, radicalmente diferente, pero que nuestros sentidos la observan y la sienten como verdad.

La construcción mediática de una realidad falseada partió de un hecho real: la represión que cerca de medio millar de policías desarrolló contra los indígenas que desde el 15 de agosto comenzaron una marcha hacia la sede del gobierno nacional en demanda de la consulta previa por la intención de construir una carretera entre Villa Tunari (Cochabamba) y San Ignacio de Moxos (Beni).

La violencia de los uniformados existió. De eso no hay la menor duda. Pero este grueso error político del gobierno fue acompañado de la difusión de noticias que amplificaban el alcance de la represión y, por tanto, provocaban reacciones emocionales bastante violentas contra el primer presidente indígena de Bolivia y América Latina, lo cual coincidía —premeditadamente o no— con la construcción de una matriz de opinión que la derecha nacional e internacional se ha encargado de activar hace varios meses: “Evo, enemigo de los indígenas”.

Los titulares de portada y de las noticias de medios impresos y agencias nacionales e internacionales de información, así como las imágenes de la represión reiteradas permanentemente por las redes de televisión hablaban de la muerte de un bebé y de otros adultos, así como la desaparición de varios indígenas. Unos decían que habían fallecido tres, otros siete y no se dejó de mencionar que la cifra llegaba a nueve. Lo evidente es que no se registraron bajas.

La amplia difusión de estas noticias, jamás comprobadas por los medios ni expuestas bajo la naturaleza de “presuntas” o “trascendidos”, sino más bien presentadas de tal manera que no dejaba espacio para la duda, generó un ambiente de rechazo social a la medida adoptada por el gobierno, incluso en amplios sectores sociales comprometidos con el proceso de cambio.

Este despliegue mediático no fue el mismo cuando un grupo de indígenas retuvo por el espacio de más de una hora al Canciller David Choquehuanca, quien fue obligado a marchar como una suerte de escudo para romper el cerco policial que separaba a los indígenas de las comunidades interculturales que rechazan algunos puntos del pliego de la Central de Pueblos Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB). La mayor parte de los medios tampoco se han esforzado mucho por hacer énfasis en la propuesta de Consulta Previa y la instalación de mesas de trabajo que el gobierno propuso el 13 de septiembre a través del responsable de la Política Exterior del Estado plurinacional.

Una mirada pausada a los orígenes y comportamiento de los medios de comunicación conduce a pensar que unos incurrieron en esos gruesos errores informativos por negligencia, pero que otros lo hicieron en el marco de una política comunicacional sostenida desde que Evo Morales asumió la conducción del país en enero de 2006. Sin embargo, aún los que no “desinformaron” intencionalmente, es evidente que llegaron a formar parte de una nueva etapa de La Guerra de Cuarta Generación que se ha desatado durante casi de 6 años contra el gobierno indígena y el proceso de cambio.

De hecho, en cerca de un año y medio de este segundo mandato del presidente Morales, hay cerca de cinco matrices de opinión que sistemáticamente se han ido construyendo: “Evo enemigo de los indígenas”, “Evo, enemigo de la Madre Tierra”, “Evo, permisible con las actividades del narcotráfico”, “Evo, amigo de los gobiernos terroristas” y “Evo, totalitario y autoritario”.

A estas matrices de opinión, fácilmente rastreables e identificables en los medios de comunicación, así como en las Redes Sociales, se ha sumado en los últimos días, a partir del domingo 24 de septiembre, la fuerte acusación de “Evo, masacrador”, lo cual configura un escenario bastante favorable para la estrategia imperial diseñada para este segundo mandato del líder indígena: la estrategia del desgaste para la derrota político-institucional del proceso de cambio y de Evo Morales, su máximo conductor.

Es más, esta estrategia subversiva materializada a través de la guerra mediática también formó parte de los componentes de la estrategia para el derrocamiento mediante métodos no democráticos que la derecha nacional e internacional activó en el periodo 2006-2009, cuyo máximo pico se dio entre agosto-octubre de 2008, cuando grupos paramilitares tomaban instalaciones estatales y reprimían a autoridades y militantes del proceso de cambio, así como el intento de dividir el país y asesinar a Evo Morales.

Este activo papel del aparato mediático se ha ido fortaleciendo en Bolivia casi de manera similar a la registrada en otros países de América Latina donde la derecha carece de partidos políticos y líderes con arraigo social, por lo que no pocos estudiosos coinciden que en los medios de comunicación forman parte “no oficial” del sistema político.

Por tanto, La Guerra de Cuarta Generación sirve para avanzar hacia varios objetivos: el desgaste sistemáticos de gobiernos y líderes políticos, el desencadenamiento de formas parciales de violencia contra los gobiernos, el derrocamiento de procesos revolucionarios o de cambio por medios no democráticos y la preparación de condiciones objetivas y subjetivas internas para una intervención militar extranjera, entre los más importantes.

Uno de los ejes centrales de este tipo de guerra es “conquistar los corazones y las mentes de la gente”, como bien lo definiera el general Summers, uno de los ideólogos de la denominada Guerra de Baja Intensidad y cuya diferencia con la clásica Doctrina de Seguridad Nacional es que el objetivo no es principalmente la eliminación física del adversario, sino sobre todo la desaparición de la base social que hace posible el surgimiento y el desarrollo de proyectos y liderazgos políticos contrarios a los intereses de Estados Unidos y el capital.

Si uno toma en cuenta lo anteriormente señalado, encontrará bastantes elementos como para identificar que ante el presidente Morales se ha buscado concretar ya sea construcción de condiciones subjetivas para su derrocamiento por medios no democráticos y su desgaste político para una derrota electoral. La mayor parte de los medios de comunicación legitimaron la violencia paramilitar en el primer mandato del gobierno de cambio y ahora deslegitiman el derecho del estado al uso del monopolio de la fuerza. Claro, esto último lo hacen sobre la base de los gruesos errores políticos como el cometido contra la marcha indígena.

En los planes de los sectores de derecha más conservadores del país tampoco se descartó la división del país para alentar la intervención militar extranjera a título de “pacificación” y que ahora es una amenaza para América Latina por el entusiasmo no disimulado de algunos consejeros de Obama para utilizar el “modelo libio” en otras partes del mundo.

Por lo demás, no hay duda que La Guerra de Cuarta Generación está encontrando en los jóvenes, a quienes es más fácil manipular por una serie de condiciones objetivas, a la fuerza social más importante para el despliegue de esta estrategia y que encuentra terreno fértil no tanto por su mayor identificación con las Redes Sociales sino por el abandono político del que son objeto de parte del proceso de cambio.

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