octubre 30, 2020

El coste de incendiar mezquitas. Furia ardiente

por: Jonathan Cook/ CounterPunch/ Rebelión

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Grupos judíos de extrema derecha responsables de una serie de ataques incendiarios contra mezquitas de Cisjordania durante el último año se lanzaron la semana pasada por un camino peligroso al volcar por primera vez su atención en lugares sagrados dentro de Israel. Incendiaron una mezquita a lo que días después siguió un ataque a tumbas musulmanas y cristianas.

En cada oportunidad los colonos dejaron su tarjeta de visita, -las palabras “El precio a pagar”, indicando un acto de venganza– garabateadas en el lugar del crimen.

Ninguno de los recientes ataques a los palestinos han dado lugar a juicios. La llamada “división judía” de la policía secreta Shin Bet, que está a cargo de solucionar crímenes semejantes, es conocida por su actitud más que indiferente al realizar investigaciones. Como numerosas instituciones estatales, incluido el ejército, sus filas están repletas de colonos.

Paradójicamente, un reciente informe de Shin Bet advirtió de que las redes terroristas judías no solo florecen en los viveros de los asentamientos de Cisjordania sino se hacen más atrevidas gracias a esta impunidad.

Por lo tanto, la profanación la semana pasada de una mezquita en la aldea beduina de Tuba Zangariya, en el norte de Israel, no debería haber sido una sorpresa. Fue seguida durante el fin de semana por el saqueo de dos cementerios en Jaffa, cerca de Tel Aviv.

El objetivo del movimiento de los colonos es destruir cualquier esperanza de una solución de dos Estados, que se ve como una limitación del derecho del pueblo judío a toda la tierra prometida por Dios. Incitados por un número creciente de rabinos, los partidarios de la línea dura en ese campo son demasiado cortos de miras para comprender que los dirigentes israelíes, incluido el primer ministro Benjamin Netanyahu, ya han invalidado el proceso de paz.

No fue ninguna coincidencia que el incendio de la mezquita de Tuba tuviera lugar después de la solicitud de Mahamud Abbas a las Naciones Unidas, el mes pasado, de que reconozca al Estado palestino como miembro pleno. El presidente de la Autoridad Palestina reforzó los intereses en juego y lo mismo hicieron los colonos, al incluir esta vez a la minoría palestina árabe de Israel, un quinto de la población, en su “precio a pagar”.

La nueva estrategia de los extremistas judíos es aparentemente avivar el odio y la violencia a ambos lados de la Línea Verde. Como ha señalado Jafar Farah, director del Mossawa Center, un grupo de propugnación árabe israelí, la intención es agotar todo apoyo residual entre judíos israelíes a favor de un Estado palestino persuadiéndolos de que se encuentran en una lucha apocalíptica por la supervivencia.

El objetivo se eligió cuidadosamente. Tuba es una de las pocas comunidades árabes fervientemente “leales” en Israel. Aunque muchos beduinos fueron expulsados durante la guerra de 1948 que creó Israel, las tribus de Tuba y Zangariya tenían un área cercana a comunidades judías establecida como recompensa por haber combatido junto a las fuerzas armadas de Israel.

Privados de empleo y enfrentados a la misma discriminación que sufre el resto de la minoría árabe, muchos jóvenes todavía sirven, como sus abuelos, en el ejército israelí. Después del ataque a la mezquita, un dirigente de la comunidad alardeó frente a un periodista israelí: “Estamos entre los fundadores del Estado de Israel”.

Pero a medida que se divulgaban las noticias de la profanación de la mezquita, jóvenes enfurecidos quemaron edificios del gobierno, dispararon al aire sus rifles recibidos del ejército y chocaron con la policía. Por un momento pareció que el sueño de los colonos de prender fuego a Galilea se podría realizar.

El sábado pasado, después de un ataque a las tumbas de Jaffa, en represalia se lanzó un cóctel Molotov a una sinagoga cercana, inflamando aún más las tensiones.

Netanyahu estuvo entre los que denunciaron el incendio de la mezquita, pero la lógica de su actitud ante el proceso de paz está de acuerdo con la de los colonos militantes. Él y su ministro de exteriores, Avigdor Lieberman, han creado un clima en el cual la narrativa de una épica batalla judía por la supervivencia suena plausible a muchos israelíes de a pie.

Como los colonos, Netanyahu se opone a la emergencia de un Estado palestino viable; también implica que la ira del mundo contra Israel está alimentada por el antisemitismo; y también quiere reabrir “el expediente 1948”, una apreciación histórica en la cual se reconsideraría el estatus de ciudadanos de los integrantes de la minoría árabe.

Y como los colonos, Netanyahu enfoca la paz con un puño de hierro que exige, en el mejor de los casos, la capitulación palestina y sugiere, en el peor, un futuro en el cual podría ser necesaria una segunda ola de limpieza étnica para “terminar la tarea” de 1948.

Las celebraciones en los territorios ocupados por la acción de Abbas en la ONU –un acto solitario de desafío del líder palestino– se agriarán rápidamente a medida que quede claro que EE.UU. e Israel no están de humor para hacer concesiones. La pregunta es: ¿Qué pasará ahora? A pesar de los mejores esfuerzos de Netanyahu y de los colonos de la línea dura por conformar la respuesta, puede que ésta no sea de su gusto.

Sin esperanzas de reconocimiento de su Estado, los palestinos tendrán que crear una estrategia nueva para enfrentar la realidad de un sistema de apartheid en el cual los colonos judíos se convierten en sus vecinos permanentes. Atrapados en un solo Estado gobernado por sus ocupantes, es probable que los palestinos se sirvan de la experiencia de sus primos dentro de Israel.

La comunidad árabe de Israel ha enfrentado la marginación y la subordinación dentro de un Estado judío durante décadas. Han reaccionado con una campaña elocuente por la igualdad que se ha enfrentado a la mayoría judía y que llevó a una ola de legislación antiárabe.

Las dos comunidades palestinas, que enfrentan un futuro más duro bajo el régimen israelí, tienen todos los incentivos posibles para desarrollar una plataforma unida y luchar juntas –y más poderosamente– contra un régimen central de privilegio judío.

Su reacción podría ser la violencia retributiva, que es ciertamente lo que preferirían los colonos. Pero una estrategia a largo plazo más efectiva y probable es un movimiento por los derechos civiles muy parecido al que luchó contra las leyes Jim Crow en EE.UU. y contra el apartheid en Sudáfrica. Un simple grito unificador, expresado ante un mundo exasperado por la conducta autodestructiva de Israel, sería “una persona, un voto”.

Netanyahu y los colonos esperan someter a los palestinos estableciendo un Gran Israel. Pero como muestra el incendio de mezquitas, es posible que en última instancia logren lo contrario. Al recordar a los palestinos al otro lado de la Línea Verde su destino común, es posible que Israel desate una fuerza demasiado poderosa para poder controlarla. El precio a pagar –esta vez exigido por los palestinos– será ciertamente alto para los supremacistas judíos.

Jonathan Cook obtuvo el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Sus últimos libros son Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East (Pluto Press) y Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair (Zed Books).

Su sitio web es: www.jkcook.net.

Fuente: http://www.counterpunch.org/2011/10/12/the-price-of-torching-mosques/

rCR

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