septiembre 22, 2021

La milicia de escribanos en julio de 1809

Durante la época colonial, los Escribanos estaban a cargo de los archivos de Cabildo, que custodiaban a riesgo, incluso, de la vida. Un puñado de Escribanos de la ciudad de La Paz escribió una de las páginas más dramáticas de la historia de la archivística boliviana, al sumarse a la revolución independentista del 16 de julio, tomando las armas para la defensa de la noble causa. Muchos ofrendaron la vida en ese empeño, otros lograron huir de la cruel represión ordenada por los comandantes realistas José Manuel de Goyeneche y Mariano Ricafort. Entre todos sobresale la figura de Juan Manuel Cáceres, cuyas hazañas fueron motivo de estudio en el pasado.

Juan Manuel Cáceres

Nació en La Paz el 9 de enero de 1760. Fue educado por los jesuitas, lo que le permitió conocer el latín. Pasó su juventud en Caquiaviri, Pacajes. En 1781 combatió la sublevación de Tupaj Katari y en mérito a ese hecho fue designado Teniente Capitán de la Compañía de Dragones de su provincia. Luego de la rebelión fue encargado de cobrar los “rezagos de tributos del tercio de navidad” correspondientes a 1780. Se le otorgó el cargo de Escribano real desde 1792 en Caquiaviri. En 1799 pagó la fianza para liberar al cacique Nicolás Condori, de Santiago de Machaca, que había sido apresado por el Dr. Joaquín de la Riva, Subdelegado de Pacajes.

En 1809 abrazó la causa patriota. Fue designado Escribano de la Junta Tuitiva con la obligación de llevar su archivo, junto al fedatario José Genaro Chávez de Peñaloza. Tomó la torre de la Catedral para convocar al pueblo, apoyado por Ramón Rodríguez. La Junta revolucionaria le ordenó “organizar y levantar a los indios de San Pedro, Santa Bárbara y San Sebastián”. Controló con destreza el flujo de correspondencia gracias a indios guías y chasquis de Achocalla, quienes le informaron que el Obispo Remigio La Santa y Ortega y el Gobernador Dávila conspiraban “a favor de Carlota del Brasil” y “habían entablado correspondencia entre sí por (correos) extraordinarios, que entraban a esta ciudad de deshoras de la noche sin tocar corneta, encargados de que no parasen ni una hora a fin de que no hablasen con nadie”. Su accionar fue admirable pues el 29 de julio, con la aprobación de Pedro Domingo Murillo, organizó la Compañía de Milicia de Escribanos del que fue su Capitán, apoyado por el teniente Juan Crisóstomo Vargas, el subteniente Cayetano Vega y el cura Agustino José Indalecio Salazar, quien fue capellán, secretario y director político de la guerrilla de Cáceres (1812).

Gracias a su influjo y ascendencia entre las comunidades indígenas —con el apoyo de Eusebio Condorena— logró reunir y adoctrinar a más de 3000 indígenas de las provincias Pacajes y Omasuyos, quienes se pusieron a órdenes del cacique de Laja y Achacachi, Luís Eustaquio Balboa. Salió con Castro y sufriendo la derrota en Chicaloma logró huir y se internó a las montañas. Apresado por el ejército realista, fue liberado por Juan José Castelli, a quien escoltó desde La Plata (Sucre) a La Paz. Acompañó al jefe argentino el 25 de mayo de 1811 y fue testigo de la proclama del revolucionario porteño con la que daba por extinguida la mita minera y la servidumbre indígena, anunciando la devolución de la tierra a los pueblos indígenas. Cáceres fue reconocido en el mundo andino como “ídolo de la clase indígena”, “oráculo de los indios” y “General Restaurador de los Indios del Perú”. Redactó un “Plan de Reivindicaciones” de indios y mitayos, a quienes soliviantó en Oruro y Chuquisaca. Al ser derrotado Castelli en Guaqui, el Escribano salió para movilizar a los indios de Calamarca, Sicasica y Ayoayo contra los españoles “opresores de su patria”. José Manuel de Goyeneche vencedor en Sipesipe, viendo cortadas sus comunicaciones destacó una división de 1200 hombres al mando de Lombera, al que Cáceres y un formidable ejército de indios logró sorprender en altas horas de la noche en Sicasica cayéndoles de improviso y con tal fuerza que alcanzó una victoria de la que sólo salvaron la vida Lombera, su capellán y siete oficiales. En 1814, entró en contacto con la guerrilla de Manuel Ascensio Padilla, luego de lo cual se pierde su rastro.

Juan Manuel Cossío

Originario de Lima (Perú). Revolucionario en 1809. Apodado El Mazamorra, la noche del 16 de julio fue portavoz del pueblo, ocasión en la que buscó al escribano Juan Crisóstomo Vargas, para tratar el asunto de los documentos del crédito público, que luego fueron quemados en vía pública. Fue apresado y posteriormente desterrado hacia Argentina, pero gracias a la revolución de 1810 pudo unirse al ejército de Castelli y retornar a La Paz. En su declaración preventiva hace saber “el entusiasmo popular que hubo con motivo de la quema de los papeles del crédito público que en prenda de las deudas al fisco guardaba la Real Caja, alhajas que representaban santos recuerdos de familia”. Vio nacer la Patria el 6 de agosto de 1825 y llegó a ser Administrador de Correos en 1837.

Juan Crisóstomo Vargas

Nació en La Paz el 27 de enero de 1772. Escribano de número de la ciudad de La Paz, adherente de la revolución, participó activamente en el Cabildo de 4 de octubre de 1809. Formó parte la compañía de milicias de Escribanos como teniente. Goyeneche lo sancionó con la pérdida del oficio por seis meses, pero continuó trabajando con los patriotas. Mariano Ricafort le persiguió tenazmente hasta hacerlo fusilar en la Plaza, el 16 de enero de 1817.

Cayetano Vega

Nació en La Paz el 8 de agosto de 1775. Escribano de Número. Abrazó la causa patriótica en las juntas conspirativas del 16 de julio de 1809, siendo uno de sus secretarios. Junto a J.M. Cáceres y C. Vargas formó la Compañía de Milicia de Escribanos. Aplastada la rebelión, Goyeneche lo hizo apresar pero al obtener la libertad continuó su labor patriótica. Apoyó a la causa rebelde con dinero y vituallas. El 12 de marzo de 1811 donó una inmensa carpa de campaña, muy difícil de conseguir, que entregó al capitán de la Sala de Armas José Benigno Salinas, el que certificó haber “recibido el obsequio que en calidad de Donativo ha puesto en esta Sala el Secretario D. Cayetano Vega, dos Ticudas de Campaña tegidas de lana costosamente grandes capases y de toda comodidad y lucimiento propios para un Ejército, con todos sus aperos corrientes para el servicio y uso de las Tropas Auxiliares dirigidas por la Excelentísima Junta Guvernatiba de Buenos Aires (…) siendo su balor por lo más ínfimo de más de trescientos pesos (….)”. Murió el 28 de agosto de 1824.

  • Director Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

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