junio 16, 2021

Dimensión holística de la ética

Sócrates fue condenado a muerte por herejía, como Jesús. Le acusaron de enseñar nuevos dioses a los jóvenes. Tal iluminación no le abrió los ojos delante del cielo sino de la Tierra. Comprendió que no se podía deducir del Olimpo una ética para los humanos. Los dioses del Olimpo podían explicar el origen de las cosas pero no dictar normas de conducta.

La mitología, repleta de ejemplos nada edificantes, obligó a los griegos a buscar en la razón los principios normativos de nuestra buena convivencia social. La promiscuidad reinante en el Olimpo, objeto de creencia, no podía traducirse en actitudes; de ese modo la razón conquistó autonomía ante la religión. En busca de valores capaces de normatizar la convivencia humana, Sócrates se fijó en nuestra caja de Pandora: la razón.

Si la moral no procede de los dioses, entonces somos nosotros, seres racionales, quienes debemos crearla. En Antígona, pieza teatral de Sófocles, en nombre de las razones de Estado, Creonte prohibió a Antígona enterrar a su hermano Polinice. Ella se negó a obedecer «leyes no escritas inmutables, que no datan de hoy ni de ayer, que nadie sabe cuándo aparecieron”. Fue la afirmación de la conciencia sobre la ley, de la ciudadanía sobre el Estado.

Para Sócrates la ética exige normas constantes e inmutables. No puede fundarse en la dependencia de la diversidad de opiniones. Platón aporta luces enseñándonos a discernir entre realidad e ilusión. En La República recordó que para Trasímaco la ética de una sociedad refleja los intereses de quien detenta el poder en ella. Concepto retomado por Marx y aplicado a la ideología.

¿Qué es el poder? Es el derecho concedido a un individuo o conquistado por un partido o por una clase social de imponer su voluntad a los demás.

Aristóteles nos sacó del solipsismo al asociar felicidad y política. Más tarde Santo Tomás de Aquino, inspirado en Aristóteles, nos dio las primicias de una ética política priorizando el bien común y valorando la soberanía popular y la conciencia individual como reducto inexpugnable.

Maquiavelo, por el contrario, destituyó a la política de toda ética, reduciéndola a un mero juego de poder, en donde los fines justifican los medios.

Para Kant la grandeza del ser humano no reside en la técnica, en subyugar la naturaleza, sino en la ética, en la capacidad de autodeterminarse a partir de la propia libertad. Hay en nosotros un sentido innato del deber y no dejamos de hacer algo porque sea pecado sino por ser injusto. Y nuestra ética individual debe complementarse por la ética social, ya que no somos un rebaño de individuos sino una sociedad que exige, para la buena convivencia, normas y leyes, y sobre todo la cooperación de unos con otros.

Hegel y Marx enfatizaron que nuestra libertad es siempre condicionada, relacional, pues consiste en una construcción de comuniones, con la naturaleza y con nuestros semejantes. Sin embargo la injusticia convierte a algunos en desemejantes.

En el campo de la ética judeocristiana, Marx resaltó la irreductible dignidad de cada ser humano y por tanto el derecho a la igualdad de oportunidades. En otras palabras, somos tanto más libres cuanto más construimos instituciones que promuevan la felicidad de todos.

La filosofía moderna hace una distinción aparentemente avanzada y que de hecho abrió un nuevo campo de tensión al afirmar que, respetada la ley, cada uno es dueño de su nariz. La privacidad como reino de la libertad total. El problema de dicho enunciado es que desplaza la ética de la responsabilidad social (cada uno debe preocuparse de todos) hacia los derechos individuales (cada cual que se ocupe de sí mismo).

Esta distinción amenaza a la ética con ceder al subjetivismo egocéntrico. Tengo derechos, prescritos en una Declaración Universal, pero ¿y los deberes? ¿Qué obligaciones tengo con la sociedad en que vivo? ¿Qué tengo que ver con el hambriento, el excluido y con el medio ambiente?

De ahí la importancia del concepto de ciudadanía. Los individuos son diferentes y en una sociedad desigual son tratados según su importancia en la escala social. El ciudadano, pobre o rico, es un ser dotado de derechos inviolables y está sujeto a la ley como todos los demás.

El capitalismo asocia la libertad al dinero, o sea al consumo. La persona se siente libre en cuanto satisface sus deseos de consumo y, mediante la técnica y la ciencia, domina la naturaleza. La visión analítica no se pregunta por el significado de ese consumismo ni por el sentido de ese dominio.

Ahora la humanidad despierta a los efectos nefastos de su modo de someter la naturaleza: el calentamiento global hace sonar la alarma de un nuevo diluvio que no está amenazado por al agua sino por el fuego, sin posibilidad de una nueva arca de Noé.

La reciente conciencia ecológica nos amplía la noción de ethos. La casa es todo el Universo. Recuerden: no hablamos de Pluriverso sino de Universo. Hay una relación íntima entre todos los seres, visibles e invisibles, del macro al micro, desde las partículas elementales hasta los volcanes. Todo nos habla de respeto y toda la naturaleza posee su racionalidad inmanente.

Según Teilhard de Chardin, el principio de la ética es el respeto a todo lo creado para que despierte sus potencialidades. Así, tiene sentido hablar ahora de la dimensión holística de la ética.

El punto de partida de la ética fue señalado por Sócrates: la polis, la ciudad. La vida es siempre un proceso personal y social. Sin embargo, la óptica neoliberal dice que cada uno debe contentarse con su pequeño mundo.

Pero queda aún la pregunta de Walter Benjamín: ¿Qué les diremos a los millones de víctimas de nuestro egoísmo?

[Frei Betto es escritor, autor de «Sinfonía universal. La cosmovisión de Teilhard de Chardin”, entre otros libros. http://www.freibetto.org – twitter:@freibetto.

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Traducción de J.L.Burguet].

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