junio 12, 2021

La victoria pírrica de los revolucionarios. Un año más del “proceso”

Los revolucionarios nunca pierden. Siempre, aún en la peor de las derrotas, sale a relucir la férrea convicción de que la “lucha debe continuar”. Y así es: el “proceso debe continuar”. No se sabe a ciencia cierta qué es el proceso. La ambigüedad, sin embargo, es útil para estos guerreros pues les permite seguir lucrando con palabras como descolonización o Vivir Bien sin que pasen de constituir eslogans bastante carentes de sentido. Y no es que no lo tengan. Seguro que lo tienen. Pero ahí está el asunto: en partir de estos conceptos para crear, a partir de ellos, objetivos claros y medibles para lograr su consecución. Por supuesto que no se lo hace.

Es mejor, reitero, la deleznable defensa de palabras que la consolidación de hechos. Finalmente, es más fácil hablar que hacer. Y no hablo de hacer un tendido eléctrico para 20 personas, 28 canchas de fútbol de pasto sintético o coliseos inaugurados con sendos discursos. Eso es fácil de hacer. Lo difícil es hacer un país diferente. Por ese motivo, imagino que no es descolonizar reprimir indígenas situados en lo más bajo de la escala social y carentes de posibilidades de defenderse. Imagino que no es Vivir Bien legalizar el contrabando de autos chutos dando gusto a alguno senadores que representan intereses sectarios pero de ninguna manera al pueblo boliviano. Imagino que no es democracia comunitaria el “descubrimiento” de un Sanabria suelto en el Ministerio de Gobierno, dedicándose al narcotráfico con notable esmero. Imagino que no es una ética renovada firmar un documento de ley y al día siguiente volcar la torta, incitando a una mayor confrontación entre bolivianos.

Pero estas cositas son detalles menores frente al “proceso”. Menudencias menores. “¿Pero qué querían: que resolvamos 500 años de errores e injusticias en 5 o 6 años?” repiten los apologetas del modelo. Y añaden, para regocijo de ellos mismos: “estamos avanzando, es obvio que va a haber errores, claro que sí, pero lo central es que se está avanzando”. Parece pues un asunto de tiempo y nada más. Simples problemillas “normales” en el marco de dinámicas tan magníficas como la presente. Como si el Jorobado de Notre Dame se hubiese vuelto lindo y recto en el lapso de 15 a 20 años. No pues. No se puede. Se trata de asuntos estructurales que opacan las miles de obras que se construyen en el país. Obras que para ser realizadas no requieren de un líder democrático al frente. Cualquier dictador hace obras. Pero sólo un líder construye un país diferente. Sólo un verdadero guía genera cambios.

Y me temo que la senda es otra. No creo que se trate de asuntillos casi marginales frente a la grandeza del “proceso”. Insistir con ello es darles gusto a los revolucionarios que ganan siempre. Y es que explicando se gana todo. Cuando prima la fe dotada de verborrea, no hay derrota posible. Todo se puede justificar. Sin embargo, no es así. Este año no es uno más en la agenda gubernamental y del “proceso”. Es un año que marcó diferencias. Y no por las bajadas de popularidad del presidente, que siempre pueden ser coyunturales, sino por algunos rasgos que definen el curso del proceso y que sólo miradas absolutamente acríticas, cínicas o futboleras (de aquellos que firman “comprometido con el cambio”) pueden subvalorar.

Primero, la legalización de chutos. No es un dato menor: implica la ratificación y avance de un capitalismo ilegal/delictivo. Este año se sedimenta esta orientación político-económica.

Segundo, el aprisionamiento del general Sanabria que no por mayor y significativo altera la fluidez del narcotráfico en el país. No, más bien termina como chivo expiatorio de redes más extensas de solidificación de oligarquías narcotraficantes de piel morena, “colaboradas” cada vez más por mafias mexicanas y colombianas. Sanabria no es la excepción. Es sólo la punta del iceberg.

Tercero, la destitución de autoridades autonómicas de oposición en nombre de la “acusación formal” acompañada por la peor ejecución presupuestaria de la historia de la descentralización (hasta octubre no rebasaba el 40%). Y no por deficiencias en la labores autonómicas sino por el sesgo policial que caracteriza la dinámica regional repleta de juicios, intimidación (respecto a la Ley Marcelo Quiroga) y, obviamente, gestión mediocre, en el mejor caso.

Cuarto, copamiento ilegítimo aunque legal del poder judicial. Más allá de las frases altisonantes que ven este evento como la elección del “sombrero y la pollera”, lo cierto es que el voto nulo terminó siendo el vencedor. Cualquier argumento político es comprensible (el 80% votó y ese demuestra la vocación del pueblo boliviano), pero insuficiente. Se perdió. No se puede dar un cambio si el principio está tan empañado.

Quinto, preservando la lógica de guerra y no de compromiso vista ya no contra la oposición regional del oriente sino contra los propios aliados. El conflicto del TIPNIS lo devela: campesinos contra indígenas luchando por lograr la hegemonía. Y nuevamente la historia se repite: los más en número (al mejor estilo rodillo) se imponen a los menos. No importa el color ni la convicción. Importa dar rienda suelta a los aliados que dan más votos. En ese sentido, este año marca el develamiento de una lógica pragmática sobre la lógica ética filosófica sostenida en torno a la plurinacionalidad. La plurinacionalidad ha muerto este año. Y eso no es poco. Con ella, claro está, la proclama ecologista pachamámica. No es poco. No son cositas anecdóticas.

Y, finalmente, no es menor este año como un tiempo de depuración de fieles. Los menos fieles se fueron: Prada y compañía. Se quedó el núcleo duro. Y cada vez el más duro. Incluso uno de los teóricos de esta izquierda “progresista” que acompañó el “proceso” como Luís Tapia habla de este estado como de un “Estado de Derecho como tiranía”. Este aspecto no es menor. Aquellas ONGs que apoyaron, intelectuales que se sumaron y clases medias que se acoplaron, empiezan a recular. Este año, por tanto, es el tiempo que da inicio a la “política como religión”. Depurados los infieles sólo quedan los que van a dar su sangre pero no su crítica. Este año es por tanto, el tiempo de la pérdida de toda posibilidad de debate crítico. Es el tiempo de la radicalización del núcleo duro. No es casual la apertura a la famosa carretera del TIPNIS. El gobierno, lejos de reflexionar y darse cuenta de su enorme error, insiste. Y es que es así. Los guerreros no se detienen. La fe los motiva a seguir. El “proceso” lo exige. Es pues el comienzo de la intolerancia en ascenso.

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