Las declaraciones de la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, sobre la cuestión siria, del miércoles 30, son lo bastante claras sobre el nivel de injerencia que ese país tiene en el mundo y que le ha provocado, entre otras cosas, la pérdida de hegemonía en la mayor parte del planeta, particularmente en América Latina.
Clinton, quien todos estos años ha usado frecuentemente un lenguaje mucho más duro que el presidente Obama para referirse a los temas internacionales que le incomodan a Estados Unidos, ha sostenido que la Casa Blanca quiere “ayudar a la oposición a unirse firmemente para resistir” al Gobierno del presidente Bashar al-Assad.
Segundo, con una soltura que raya con el descaro, la demócrata -derrotada por Obama en las primarias de 2008-, no solo que dio una muestra de la inaceptable intervención estadounidense en asuntos internos de otros países, sino que no dejó dudas de que es EEUU el que dirige la oposición siria, que desde marzo de 2011 recibe apoyo militar y financiero para sus acciones terroristas. Es decir, tiró de las orejas al Consejo Nacional Sirio (CNS) por permitir que algunos extremistas se desvíen de los objetivos propuestos.
Para ser más claros, de las palabras de la Clinton se infiere que Estados Unidos conoce al detalle los planes y actos de terrorismo que la oposición siria -respaldada por mercenarios de la guerra que también actuaron contra Libia-, desarrolla todos los días, provocando la muerte de civiles y la destrucción de objetivos no militares.
A título de respaldar la demanda de democracia en los países de esa región, Estados Unidos se ha colocado a la cabeza de una ofensiva política y militar de los países del capitalismo central, que más que proponerse la vigencia plena de las libertades civiles, en realidad forma parte de un proyecto de recolonización para facilitarle al capital transnacional el saqueo de los recursos naturales.
El desarrollo de la estrategia de dominación de amplio espectro, que incluye una intervención imperial contra Irán, enfrenta, hasta ahora, la férrea oposición de China y Rusia dentro del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Tanto chinos como rusos la rechazan por razones geopolíticas.
Finalmente, hay algo evidente: la aceleración de esos planes o la adopción de otros igualmente inaceptables, dentro de una política exterior basada en la injerencia, están en dependencia del resultado de las elecciones en EEUU este 6 de noviembre.

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