octubre 27, 2020

La dignidad humana

Esta es una historia verdadera, de nuestro tiempo, que se desarrolla mientras escribo esto y mientras usted lo lee. Esta es una historia que tal vez usted no conozca, que no verá en una película de Hollywood. Esta es una historia cierta y usted debe conocerla y, si es posible, debe indignarse y actuar.

Se trata de cinco hombres jóvenes, que tenían entre 33 y 42 años cuando comenzó su calvario. Decidieron actuar a favor de su patria, para detener el terror que la amenazaba, que tantas veces la golpeó. Son cubanos. Se infiltraron en las organizaciones terroristas de Miami. Ese terrorismo que ha causado un casi incalculable daño económico y cerca de tres mil muertos en Cuba. Su misión fue obtener información que permitiera prevenir más actos de terrorismo. No espiaron a funcionarios ni a instituciones estadounidenses; espiaron al más recalcitrante y al más violento anticastrismo miamense. No a cándidos grupos de opositores o disidentes; todo eso sería aceptable en el marco de la política civilizada. Son grupos terroristas que se vanaglorian de, por ejemplo, hacer explotar un vapor francés en el puerto de La Habana y producir 101 muertos; de derribar un avión de pasajeros con 73 civiles a bordo; de producir una epidemia de dengue hemorrágico; de intentar en 638 oportunidades el asesinato de Fidel Castro; de plantar bombas en varios hoteles de La Habana y matar a un joven turista italiano; de un sinfín de actos de piratería y sabotaje y aún un largo, larguísimo etcétera.

En junio de 1998, Cuba entregó al FBI un amplísimo informe sobre el terrorismo que se planificaba desde los Estados Unidos, por parte de esos grupos de Miami. El FBI expresó su sorpresa ante la abundancia de pruebas, pero su respuesta fue la detención de los cinco cubanos infiltrados en las organizaciones terroristas. Permanecieron 33 meses detenidos sin fianza. Permanecieron 17 meses en celdas de confinamiento solitario, a pesar de no tener sentencia y no haber incurrido en acto violento alguno. Al menos cuatro altos militares estadounidenses, certificaron que los acusados no tuvieron nunca acceso a información clasificada. Un ex director de Inteligencia del Pentágono declaró, a pesar de ser testigo de la Fiscalía, que jamás cometieron espionaje contra su país o sus instituciones. Estos testimonios no fueron tomados en cuenta. En diciembre de 2001, el sistema judicial de la nación que acababa de proclamar la guerra sin cuartel contra el terrorismo, luego de los atentados del 11-S, los condenó a penas de prisión desmesuradas… por luchar contra el terrorismo. Uno recibió 15 años; otro, 19; dos más fueron condenados a cadena perpetua más 10 y 18 años de prisión, respectivamente; y, el quinto, recibió él solo la pena de dos cadenas perpetuas más 15 años de prisión. Amnistía Internacional declaró que los cinco cubanos “tuvieron acceso limitado a sus abogados y a la documentación, lo que podría haber menoscabado su derecho a la defensa”. Eso sin contar, que el juicio se produjo en el sur de La Florida, en medio de un ambiente social, político y mediático profundamente hostil hacia ellos. De nada sirvieron los cinco recursos de la Defensa por trasladar el juicio a un lugar neutral.

En los trece años que han transcurrido desde entonces, se ha denegado u obstaculizado la visita de sus madres, esposas e hijos; se los ha separado en cárceles de La Florida, Georgia, Indiana y California, además de seguir sometiéndolos a aislamiento, contra toda norma jurídica estadounidense y mundial.

Hablando de Bolívar, Martí decía: “En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana.” Esos hombres son René González, Antonio Guerrero, Gerardo Hernández, Fernando González y Ramón Labañino. Usted también puede indignarse por la injusticia que se les hace. Usted también puede actuar para conseguir su libertad.

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