agosto 17, 2026

Las mujeres y las personas

“En un mundo donde el lenguaje y el nombrar las cosas son poder, el silencio es opresión y violencia”. Adriane Rich
Que los tiempos van cambiando y el lenguaje también, no es pura retórica. Le debemos a los feminismos la detección del sexismo en el lenguaje y el cambio de actitud de algunos intelectuales y periodistas varones, quienes de pronto sin forzar las reglas de la gramática, ni cambiar de sexo se incluyen en la identidad de un nosotras, y diluyendo las fronteras de género, exclaman “nosotros y nosotras las ciudadanas opinamos que… ”. Fruto tal vez de una tolerancia aprendida y valores de igualdad incorporados a instancias de una larga lucha de militantes feministas contumaz y porfiado, estos comportamientos se hacen ahora cómplices de la crítica a un lenguaje sexista y androcéntrico, reconociendo que cambiar el lenguaje y nombrar la realidad de otra forma, es también empezar a cambiarla.

En la lucha por despojar a la lengua del sexismo, lo que reafirmamos las mujeres en Bolivia y el mundo es que “lo que no se nombra no existe”. Y lo que constatamos, en muchos textos académicos y de lectura es que el genérico masculino utilizado como paradigma de lo humano, nos condena a las mujeres a la invisibilidad, a la no existencia y por tanto, a no ser pensadas. Al encumbrar lo masculino como sexualmente neutro y pretender abarcar a los dos sexos, el lenguaje sexista usurpa la representación simbólica de lo femenino e impide a las mujeres constituirse en sujetos nombrables y reconocibles, desvelando con ello la impostura de su universalidad.

Lo masculino y el lenguaje

María Teresa Meana Suarez nos hace notar que, cuando lo masculino se arroga la representación de toda la especie humana, no es necesario que haya un varón en el horizonte de referencia, con que haya un macho de cualquier especie es suficiente para instalar en la expresión lingüística lo masculino: “Cansados llegaron los tres al pueblo, eran dos mujeres y un caballo”.

Desde su sesgo sexista y androcéntrico, lo perverso de esta forma del lenguaje, es su ambigüedad, el sentido de provisionalidad que encuentran en él, las mujeres. A veces estamos y otras no. Unas veces incluye solo a los varones, otras contiene tanto a mujeres como varones, en ocasiones a sexos desconocidos o incluso solo a las mujeres. Así, que cada vez que se nombra en masculino, aparece la duda de estar representadas. A propósito, Simone de Beauvoir decía:” hay dos clases de seres, las mujeres y las personas”.

Tomemos expresiones de un salto semántico que marca nuestra ausencia del discurso púbico y mediático. “Todo el pueblo salió a las calles, quedándose en sus casas solo las mujeres y los niños”. Nos preguntamos: ¿quién salió, sólo los hombres y las niñas? “Todos, de niños, soñamos con ser futbolistas y las mujeres con ser madres”. “A la manifestación acudieron muchos funcionarios y también muchas mujeres”. Lo que tenemos aquí, es que las generalizaciones de tono masculino dejan un espacio vacío que nos expulsa a las mujeres de la representación de lo universal, para marcarlas sexualmente como “lo otro”, como lo distinto aquello alejado de la norma. Cuando en los textos se lee que “los hombres son los protagonistas de la historia”, se ratifica que dado que la historia, en Bolivia y el orbe, consigna solo el nombre de varones, ellos eran todos,

Exclusiones lingüísticas y étnicas

El lenguaje no solo está marcado por sesgos androcéntricos, la exclusión es también clasista y etnocéntrica.

El androcentrismo entendido como “sobredosis de representación” masculina queda aún más explícito cuando en las aulas llamamos “alumnos” aun reconociendo que todas son mujeres. Pero el sexismo lingüístico va mucho más allá de esos pocos ejemplos. Se lo percibe cuando queremos nombrar a las mujeres en ocupaciones y profesiones fuera de sus casas, y no tenemos palabras: piloteando aviones, dirigiendo países, ejerciendo la medicina, diseñando puentes, o en los ejecutivos de gobiernos democráticos. Allí es cuando, las feministas y feministos se dan a la tarea de retar las convenciones lingüísticas y recrear las palabras, buscando reflejar la realidad y plasmar en nuevas signos gramaticales sociedades menos patriarcales y más plurales donde lo doméstico ya no ordena ni hegemoniza las representaciones sociales. Y aunque, “conserja”, “fiscala”, “generala”, “gerenta”, rompan el masculino viril que engalana fálicamente estos cargos, el triunfo de estos usos da cuenta de que no estamos ante una lengua muerta, sino ante la posibilidad de crear un lugar para las mujeres en el orden del pensamiento.

En cualquier caso, no faltan, cada vez que este debate se decanta por desmontar los prejuicios y falsos mitos de neutralidad del lenguaje, “voces autorizadas” de varones que salen a la palestra a blindar el lenguaje y limpiarlo (como valientes kamikazes) del “doble palabrerío mediocre”, del “desastre lingüístico”, o del “destrozo gramatical” que trae la supuesta redundancia de “los” y “las”, de “todas” y “todos”. Como si la diferencia sexual no estuviera dada y el lenguaje la tuviera arbitrariamente, que duplicar. Lo que debe hacer la lengua es simplemente nombrarla puesto que existe.

Si el malestar de estos valientes guardianes del orden natural de las cosas y las palabras, proviene de la dificultad de guardar la estética o garantizar la economía de las palabras, no es tan grave, siempre hay formas de aventurar estrategias lingüísticas para retratar la realidad con creatividad, precisión, estilo y sin exclusiones. Solo necesitamos recordar lo que alguna vez dijo Heidegger (en masculino) “no somos nosotros quienes hablamos a través del lenguaje sino el lenguaje el que habla a través de nosotros”, como para decirnos que cambiarlo es empezar a cambiarnos.


*    La autora es socióloga. Docente de la UMSS

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