enero 10, 2022

El lento despertar de la fotografía en la disciplina histórica

por: Solène Bergot 

En un mundo donde la imagen ocupa un lugar cada vez más hegemónico debido a su producción masiva y a su omnipresencia en nuestra vida cotidiana, paradójicamente la fotografía puede ser considerada en muchos aspectos el pariente pobre de las fuentes primarias de las ciencias sociales, y en particular de la historiografía, como si lo escrito fuera lo único válido de nuestra(s) cultura(s). En este sentido, es todavía reducido el interés que suscita la conservación de las fotografías y su integración a los archivos e instituciones que tienen como finalidad salvar, documentar, custodiar y poner a disposición estas fuentes para la consulta y acceso público.

Felizmente, existe actualmente a nivel latinoamericano una revalorización de las colecciones fotográficas, en particular en el sector privado, varios esfuerzos buscan rescatar la memoria y la identidad que cargamos y darlas a conocer a la sociedad. Como una carrera en contra del tiempo, la fotografía nos desafía por su materialidad y sus sucesivas técnicas, desde el daguerrotipo que se da a conocer al mundo en 1839 hasta la fotografía digital de nuestra época, considerado como un objeto frágil condenado a la desaparición al mediano o largo plazo. En constante degradación, sensible a la luz, a los cambios de temperatura y humedad, se convierte en una huella efímera de nuestra vida presente y pasada, sin embargo cargada de emociones y anécdotas que conforman nuestra historia.

En este sentido, la organización de un taller de conservación y documentación de las colecciones fotográficas, acompañado por una charla realizada en la Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia y de una mesa de trabajo, iniciativa llevada a cabo, el pasado mes de octubre, por Cristina Machicado Murillo de la Fundación Flavio Machicado Viscarra (FFMV), con el apoyo del Centro Cultural de España (CCELP), el Espacio Simón I. Patiño y la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional, se constituyó en un primer paso hacia la toma de conciencia sobre la importancia de los archivos fotográficos bolivianos, pero también de la normalización de los procesos y la conformación de una red de profesionales dedicados a su rescate, como elementos que forman parte del patrimonio y de la memoria nacional. El taller, impartido por dos profesionales del Centro Nacional del Patrimonio Fotográfico de la Universidad Diego Portales de Chile (CENFOTO-UDP), reunió quince participantes de distintas instituciones públicas y privadas que manejan o desean conformar un archivo fotográfico, además de dos estudiantes becados. Los integrantes pudieron identificar ciertos factores ligados más precisamente a la fotografía en su arista de conservación y documentación, pero sobre todo se dieron cuenta de que la mayoría de ellos comparte los mismos desafíos y se enfrenta a los mismos problemas, por lo que las experiencias y respuestas también deben ser compartidas, a nivel nacional e internacional. Por último, se pudo evidenciar que algunos acervos son particularmente notables, no sólo por su volumen y belleza estética, sino también por su importancia como fuente para la Historia, en la medida que son fragmentos que dan cuenta de diversos aspectos de la evolución nacional y ayudan a llenar ciertos vacíos documentales.

Parecen particularmente alentadoras algunas iniciativas que permitieron ya asegurar la perennidad física de algunas colecciones, como por ejemplo el proyecto liderado por la Fundación Simón I. Patiño que, en conjunto con la Universidad Técnica de Oruro, permitió en 2012 la conservación de un acervo de 172 fotografías positivas y negativos sobre placas de vidrio, en espera ahora de una segunda etapa que permita su difusión. De la misma forma, la Fundación Flavio Machicado Viscarra ha realizado un destacado trabajo, catalogando y conservando su acervo documental y fotográfico conformado por más de 5.000 fotografías, digitalizando y poniendo en acceso a través de un catalogo en línea, una selección de 120 fotografías con el software libre facilitado por el Consejo Internacional de Archivos (ICA-AtoM), acción que constituye sin duda una experiencia piloto en el ámbito archivístico netamente relacionado con la fotografía. Pero es probablemente el proyecto de rescate de la colección Cordero, recientemente emprendido por el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz gracias a la compra de no menos de 17.000 placas de vidrio, además de los elementos materiales propios de un estudio fotográfico, que suscita mayores expectativas pues se trata de un desafío de envergadura. Por una parte, el volumen y la fragilidad de los materiales requieren de un trabajo de largo aliento y de un alto nivel de capacitación, en particular en cuanto a su conservación; por otra parte, su objetivo final responde a la creación de un Museo de la Fotografía, proyecto innovador si se toma en cuenta el número muy acotado de museos dedicados a la fotografía patrimonial y contemporánea en América Central y en América del Sur.

Pero estos proyectos no son nada si no se cumple con la tercera función de los Archivos, que corresponde a la función de servicio, es decir a la puesta en acceso de los acervos documentales al público gracias a políticas definidas de consulta, uso y reproducción. Este objetivo requiere un esfuerzo de dos lados: por una parte los archivos fotográficos tienen que encontrarse con su público a través de la creación de herramientas de descripción y documentación, a la par con una eficiente estrategia de difusión; por otra parte, los usuarios, y en particular los investigadores de las ciencias sociales, deben proceder a la revalorización de la imagen como fuente válida. En este sentido los historiadores estamos bastante atrasados en lo que concierne al uso de la imagen y su integración al discurso histórico, no como mero soporte ilustrativo, sino como fuente que sustente la argumentación. Si bien en los años 30’ la Escuela de los Annales denunciaba ya esta situación y llamaba a la ampliación del corpus de fuentes, pocos resultados concretos hemos obtenido desde este entonces, al punto que dependemos todavía en gran parte del aparato metodológico elaborado desde la historia del arte y la semiología. No podemos hacer menos que esperar que la puesta en valor de los acervos fotográficos despierte el interés tanto de los estudiantes como de los académicos, permitiendo una reflexión epistemológica más profunda sobre la fotografía, su naturaleza y las dificultades inherentes a su tratamiento histórico.

Se dice comúnmente que “una imagen vale más que mil palabras”: en realidad, una imagen, al igual que un texto escrito o una huella material, no dice nada por sí sola, y hasta puede engañar nuestros ojos si no tomamos en cuenta su contexto de producción y sus eventuales manipulaciones. En este sentido, el tratamiento hermenéutico que se le aplica es lo que permite interpretar correctamente su mensaje e inscribir su contenido en la reconstrucción histórica de una identidad colectiva. Se trata de un desafío de envergadura para nuestra disciplina, pero sin duda un desafío exaltante.



*    Candidata a Doctor en Historia. Encargada de Archivo del Centro Nacional del Patrimonio Fotográfico (CENFOTO-UDP). Profesor de la Escuela de Historia, Universidad Diego Portales.

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