diciembre 4, 2020

De la maternidad y otras obligaciones naturales

por: Valeria Silva Guzmán

La recreación de la especie humana es concebida como un acto de entera naturalidad y algunas veces como el acto de conservadurismo más exacerbado que existe. Es triste que la especie del animal más racional que existe, justamente la especie humana, no haya logrado entender que la reproducción es una decisión, que no es un acto natural inminente y que tampoco es un renuncia irrevocable al mundo de la “gente libre”. Las leyes de la naturaleza no son leyes matemáticas. Por ejemplo, las abejas obreras, las más preciosas de la colmena, son infértiles.

Una colmena simplemente no podría existir sin las abejas obreras y eso es irreductible. Las obreras tienen la lengua más larga para poder obtener más néctar. Su visión está más desarrollada que la del resto de la colmena para realizar mejor la recolección y la localización. Su cestilla para transportar el polen y el propóleo es más grande que la del resto. La comunicación entre las abejas obreras es mediante la danza de la abeja la cual se da cuando es ubicado un lugar estratégico de trabajo. Las obreras entonces, segregan cera, construyen el panal, recogen néctar, polen y agua, transforman el néctar en miel, limpian la colmena y, como si fuera poco, defienden la colmena cuando hay necesidad. ¿No es, a caso, natural la abeja obrera?, ¿podría una colmena existir sin las abejas obreras?, ¿las obreras necesitan reproducirse para cumplir sus funciones “sociales”?

Un ejemplo indiscutiblemente natural quizás ayude a la desnaturalizada humanidad a entender que la procreación no es una incondicional en la vida y que las funciones sociales no requieren que todas las mujeres asuman la maternidad como algo “natural”.

Tener la lengua más larga, la visión más desarrollada y el buche más amplio son cualidades son sólo de las abejas obreras, son además características mujeres que han decidido retar a los conceptos sociales acerca de la naturalidad. Danzar con tus compañeras al comunicar, transformar el néctar en miel y aún transformar la hiel en miel son cosas que por decisión una mujer irreverente con la feminidad clásica tiene la capacidad de hacer… sin procrear.

La obligatoriedad de la maternidad ha hecho históricamente que ésta sea vivida como un suplicio disfrazado de sublimidad absoluta e incuestionable. Ser madre es muy diferente a ser padre precisamente por el constructo social de que “en la madre el pesar se depura” y de que ella “abnegada soporta las cruces”. Esta idea que falsamente se denomina como natural es la que le ha dejado al padre el lugar más cómodo y flojo en lo que se refiere a la galaxia emocional; y es esta idea además uno de los productos mejor elaborados del modo de producción capitalista que hace del hombre el proveedor e invisibiliza absolutamente el trabajo extra de la mujer, trabajo que realiza no sólo dentro de la casa si no dentro de las almas de las y los miembros de la familia.

Pero además esta histórica obligatoriedad ha hecho que hoy en día existan mujeres que a nombre de liberarse de la típica maternidad vivan una impuesta y desvinculada maternidad. En este sentido, este régimen “natural” obligatorio sostenido por los grandes poderes masculinos como el capital, la iglesia y el Estado ha creado las condiciones perfectas para que hombres y mujeres sean presas del modelo de recreación. Vivir la maternidad satisfactoriamente no debería significar hacerlo al margen de las responsabilidades, ni materiales ni emocionales y vivir la experiencia de ser padre o madre tampoco debería significar una falsedad permanente de satisfacción y pseudo bendición. El hecho de vivir la procreación debería empezar a permitir abiertamente a los sujetos involucrados la liberación de la moral pequeñoburguesa que obliga a mantener sonrisas falsas e insta a reproducir el modelo de familia de publicidad de supermercado.

Más importante que lo anterior es, en todo caso, empezar a asumir que la maternidad es una decisión de vida y, por lo tanto, es un acto político y no como se nos ha hecho creer pues no es el curso natural de la vida. Aceptar que la maternidad es una decisión hará consecuentemente que si ésta se vive sea vivida de una forma legítima ante una misma, sin soportar abnegadamente las cruces que “por buena le carga el dolor”, como dice el himno a la madre. Ser una abeja obrera de lengua larga, de visión desarrollada, de buche amplio y que no tiene crías es una opción de vida legítima, valiente y que requiere de mucho coraje, dadas las condiciones impuestas en este mundo capitalista.


*    Es investigadora
     Twitter: @qaleqinaya

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