diciembre 4, 2020

El Eje de la Esperanza, de Pekín a Beirut, pasando por Moscú, Teherán y Damasco

por: André Chamy

La estrategia estadounidense, concebida por Zbigniew Brzezinski, de apoyar el oscurantismo islamista para luchar simultáneamente contra los políticos musulmanes progresistas y contra Rusia ha dado lugar a la aparición de una alianza que lucha por contrarrestarla. China, Rusia, Irán, Siria y el Hezbollah están obligados a unirse en un bloque para lograr sobrevivir. André Chamy observa que la trampa islamista se ha vuelto, como un boomerang, contra los mismos que trataron de usarla.
Islam contra islam…

Irán, Siria y el Líbano, países que –gracias al Hezbollah y sus aliados– los occidentales ven como una fuente del Mal porque apoyan lo que Occidente ha dado en llamar “el terrorismo”, siguen y seguirán dando que hablar. Después de ser objeto cada uno de ellos de un tratamiento individual, en función de las tendencias políticas de la región, ha aparecido un eje que comienza en Rusia y China para terminar ante las puertas de Tel Aviv.

Ese eje tiene sus orígenes en la política que ha venido aplicando Occidente en esa región del mundo. Estados Unidos, seguido por los principales países occidentales, ha decretado de qué manera deben preservarse sus propios intereses económicos, cueste lo que cueste. Esa política parcializada ha sido, durante años, fuente de tensiones, de conflictos armados y de combates callejeros que constantemente alimentan los noticieros de televisión.

Esa política, aplicada durante largos años, se ha concretado con el respaldo de actores locales. Pero todo se aceleró con la caída del muro de Berlín, calificada de acontecimiento histórico –como en efecto lo fue– pero que marcó la consagración de una estrategia agresiva y de desprecio hacia el Medio Oriente.

Al desaparecer la Unión Soviética, la única posibilidad de salvación que parecía quedar para los países del Medio Oriente era someterse a la voluntad de Occidente –principalmente a la de Estados Unidos.

Pero, en vez de explotar esa posición de árbitro –ya de por sí privilegiada– Estados Unidos y otros países occidentales optaron por una estrategia tendiente a aplastar y someter definitivamente lo que decidieron llamar el“Medio Oriente ampliado” a través de intervenciones directas en Irak y Afganistán, pero también en Líbano, en Yemen y en la región del Magreb, con la intención declarada de intervenir en Siria e Irán.

Desde los años 1970 y como resultado del choque petrolero, cuando tuvo la amarga experiencia de descubrir lo que representaba una necesidad vital para su economía y para el confort de sus ciudadanos, Estados Unidos concluye que tiene que controlar las fuentes de materias primas –fundamentalmente las de petróleo– y las rutas por donde circulan esos recursos.

Aunque existen divergencias entre los expertos en cuanto a la evaluación de las reservas de gas y de hidrocarburos, todos están de acuerdo en que esos tesoros han de agotarse. Muchos piensan además que no es justo que esos recursos estén en manos de gente a la que ven simplemente como avariciosos beduinos a quienes nada importa el uso que se haga de esa riqueza mientras que ellos mismos tengan garantizados sus propias ganancias y los placeres que estas les aseguran.

Cuando el “choque de civilizaciones” de Samuel Huntington vino a reemplazar la guerra fría, el islamismo se convirtió para Estados Unidos en el nuevo enemigo justificador, en una especie de “aliado” contra Europa. Pragmáticos y oportunistas, los estadounidenses vieron en el movimiento islámico una “ola de fondo” y optaron por utilizar la carta musulmana para hacerse del control del oro negro. Mucho antes de la implosión del comunismo, ya habían presentido el interés que presentaba para ellos el peligroso aliado que es el islamismo.

A partir de los años 1970, Estados Unidos respaldará a los extremistas islamistas, desde la Hermandad Musulmana en Siria hasta los islamistas bosniacos y albaneses pasando por los talibanes afganos y la Jamaa Islamyah egipcia. Se ha hablado incluso de sus vínculos con el FIS (Frente Islámico de Salvación, transformado en el violento GIA o Grupo Islámico Armado) en Argelia. También amamantó a los wahabitas que encabezan la proestadounidense monarquía de Arabia Saudita, la cual financia casi todas las redes islamistas a través del mundo. En pocas palabras, Estados Unidos jugó al aprendiz de brujo y los movimientos fundamentalistas que creía manipular parecen haberse vuelto en ocasiones en contra del “gran Satán” para tratar de alcanzar sus propios objetivos.

En cambio, Estados Unidos abandonó o trató de neutralizar a los países musulmanes que parecían capaces de alcanzar cierto poder político y una relativa autonomía. Recordemos al presidente Carter abandonando al Shah cuando Irán estaba haciéndose dueño de su petróleo. Agreguemos a esto la voluntad estadounidense de aplastar toda muestra de independencia, incluso de orden intelectual, en países árabes laicos como Siria, Egipto e Irak.

Estados Unidos jugó con el islamismo en detrimento de los movimientos laicos que podían representar una alternativa al islam político radical, y este último se convirtió entonces en el valor que siempre parecía subsistir para servir de refugio a los pueblos de la región luego de cada fracaso.

Pero no debemos confundir este “islamismo” con la realidad de la República Islámica de Irán, cuya trayectoria es totalmente atípica. Muchos autores de interesantes trabajos sobre los movimientos islamistas cometen, por cierto, el error de meter a la República “Islámica” de Irán en el mismo saco que los islamistas, cuando en realidad no tienen nada en común aparte de referirse al islam y la sharia. La diferencia fundamental está en sus visiones del islam político, que son totalmente divergentes.

Todo los separa fundamentalmente y si, efectivamente, los estadounidenses no hicieron gran cosa por salvar al chah, su actitud de aquella época se justificaba –según los propios estadounidenses– por razones estratégicas ya que Irán no debía en ningún caso –también según ellos– convertirse en una gran potencia regional. Lo cual explicaría que, algún tiempo después de la caída del shah, Estados Unidos haya dado inicio a la guerra de Sadam Husein contra su vecino iraní, conflicto que permitió arruinar simultáneamente a los dos únicos países que podían haber ejercido una influencia determinante en la región del Golfo.

Sin embargo, después de su guerra con Irak, la evolución de Irán permite a la República Islámica convertirse en verdadera potencia regional, despertando los temores de varias monarquías del Golfo, que hasta ahora prefirieron dejar su propia seguridad en manos de Occidente, más exactamente en manos de Estados Unidos. En pago, esas monarquías confiaban sus “recursos” a las economías occidentales y financiaban las actividades y movimientos designados por los servicios secretos de Washington.

Esas mismas monarquías tenían que mantenerse al margen de lo que sucedía en ciertas regiones, esencialmente en Palestina, aunque decían respaldar las aspiraciones del pueblo palestino. Serán ellas los primeros países árabes en mantener contactos directos o secretos con el Estado de Israel, lo cual conducirá posteriormente al movimiento de resistencia palestino a acercarse a los iraníes.

Estos últimos se ven hoy como los únicos dispuestos a defender los lugares sagrados del islam con los hombres de Al-Qods, rama de los Guardianes de la Revolución, y aportando su respaldo al Hamas. La magia estadounidense se volvió en contra del mago.

Para Estados Unidos, el mundo árabe musulmán debe seguir siendo un mundo rico en petróleo, al que se puede explotar sin límites, pero intelectualmente pobre y mantenido en una situación de total dependencia tecnológica; un mercado de 1 000 millones de consumidores incapaces de alcanzar algún tipo de autonomía política, militar y económica. Según Estados Unidos, el yugo coránico favorece la indigencia intelectual.

Las reglas del juego

Un eje Teherán-Beirut, que pasa por Bagdad y Damasco, ha venido surgiendo poco a poco en detrimento de la estrategia de Washington en la región. Era indispensable que, al cabo de los años, ese eje se dotara de aliados e interlocutores, sobre todo a causa de las sanciones decretadas contra Irán y Siria.

Históricamente, por demás, nunca llegó a suspenderse la comunicación entre Damasco y Moscú, a pesar de la desaparición de la Unión Soviética y de la tumultuosa etapa que vivió la Federación Rusa. Pero la llegada del presidente Vladimir Putin, con intenciones de devolver a Rusia su papel en la escena internacional y de preservar sus intereses geoestratégicos, no fue del agrado de Estados Unidos.

Por su parte, Irán tenía que desarrollar sus relaciones con Rusia, convertida en su aliado objetivo en el marco de las negociaciones con los occidentales sobre la cuestión de su programa nuclear. China también fortaleció sus relaciones con Teherán, sobre todo como resultado del embargo impuesto a la economía iraní.

En esa situación, Rusia y China se convirtieron –y no podía ser de otra manera– en bases, si no estratégicas al menos de retaguardia, de este “Eje de la Esperanza”. Es evidente, que cada uno de sus miembros se beneficia con ello, pero los rusos y los chinos no ven con desagrado el hecho de tener interlocutores que ponen en dificultades a sus adversarios estratégicos mientras que Moscú y Pekín aprovechan simultáneamente el petróleo y el gas iraní y las posiciones estratégicas que les ofrece la situación geográfica de Siria en relación con los puestos avanzados de Estados Unidos.

En su libro El gran tablero mundial. la supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, publicado en 1997, Zbignew Brzezinski, ex consejero de seguridad nacional del presidente estadounidense James Carter y muy escuchado en Estados Unidos en tiempos de Clinton, revelaba con cínica franqueza las razones profundas de la estrategia islámica de su país. Según Brzezinski, la presa principal que Estados Unidos espera obtener es Eurasia, vasto conjunto que se extiende desde el oeste de Europa hasta China a través del Asia central:

«Desde el punto de vista americano [estadounidense], Rusia parece destinada a ser el problema…»

Estados Unidos manifiesta, por consiguiente, cada vez más interés por el desarrollo de los recursos de la región y trata de impedir que Rusia alcance la supremacía.

«La política americana apunta por otro lado simultáneamente al debilitamiento de Rusia y la ausencia de autonomía militar de Europa. De ahí la ampliación de la OTAN a los países de Europa central y oriental, para perennizar la presencia americana mientras que la fórmula de defensa europea capaz de contrarrestar la hegemonía americana en el Viejo Continente pasaría por “un eje antihegemónico París-Berlín-Moscú”.»

En realidad, a través de las opciones que escogieron, los estadounidenses parecen haberse equivocado en todas las regiones que debían servirles de base para la conquista de las fuentes de petróleo y gas, lo cual les ha traído duros fracasos políticos.

Los occidentales, por su parte, prácticamente abandonaron toda estrategia y han dejado su propia política exterior en manos de Estados Unidos. Si bien tratan de salvar las apariencias haciendo algunos aspavientos, en realidad saben perfectamente que las decisiones no las toman ellos. Así lo demuestra el reciente ejemplo del presidente francés Francois Hollande y su ministro de Relaciones Exteriores haciendo constantes declaraciones de guerra contra Siria antes de tener que hacer mutis bruscamente al ver que Lavrov y Kerry negociaban sin hacerles el menor caso.

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