diciembre 2, 2020

Entrevista a Homero Carvalho Oliva. “Mi destino ha sido el de mis palabras…”

Homero Carvalho participará del Encuentro de Escritores Iberomaericanso en Simón Patiño de Cochabamba, junto a José Ovejero de España, Mario Bellatín de México y Jorge Benavides de Perú.

“Debe ser por el movima que lleva dentro”, me digo. Lo cierto es que Homero Carvalho es un tipo difícil de olvidar. Excelente conversador. Preciso narrador. Entrañable poeta. El beniano de grandes bigotes y prolífica imaginación, es una referencia ineludible a la hora de recorrer las rutas de la literatura boliviana de estos tiempos. Su querida (y celebrada) Monseñor Rivero fue el escenario de una conversación que pudo ?y quizás debió? prolongarse hasta el día de hoy.

Oscar Gutiérrez (OE).- ¿Cómo ha sido (y es) llevar el nombre del mítico poeta griego?

Homero Carvalho Oliva (HC).- Definitivamente una carga, tanto social como literaria. Homero es un nombre feo y de niño, mis compañeros de juego en mi pueblo, Santa Ana del Yacuma, me lo hacían saber, burlándose de mí, recordemos que los niños son crueles. Además nadie en el pueblo se llamaba así, no existía ninguna referencia familiar. Esa angustia me impulsó a preguntarle a mi padre porqué me había bautizado con ese nombre y él se excusó diciéndome que cuando aprendiera a leer y a escribir me lo explicaría. Y así fue, un día me trajo una versión infantil de La Ilíada y me aclaró que me llamaba Homero por el autor de esa obra, a partir de entonces me sentí orgulloso de mi nombre.

OE.- Portar el nombre de Homero, indudablemente, te señaló un rumbo, una ruta, un destino… ¿Sos lo que tu padre soñó para sí mismo?

HC.- Quiero creer que mi padre, que era escritor e historiador, me predestinó, y a veces lo peor que nos puede suceder es que se cumplan los deseos, porque éstos siempre tienen un precio que hay que pagar y no sabremos, mientras vivamos, si Dios o el Diablo fueron quienes cumplieron los deseos. Mi padre me soñó un destino: mi padre es el camino y yo soy el caminante.

OE.- ¿Cuál fue la influencia tangible de tu padre en tu relación con el mundo de las palabras?

HC.- Mi padre fue la biblioteca, era un hombre culto e ilustrado como el hombre de un cuento de RayBradbury que estaba lleno de historias. Por sus consejos leí a los clásicos universales: Aristóteles, Sócrates y Platón en la filosofía y Homero, Dante, Shakespeare y Cervantes en la literatura. Soy de la generación que creció leyendo al Boom latinoamericano que reinventó la literatura en lengua castellana, y recuerdo que, cada vez que lo visitaba en Trinidad (mi madre estaba separada de él) tenía los últimos libros de García Márquez, Vargas Llosa, Carpentier, Rulfo, Borges, Cortázar, Amado, Onetti y los de poetas como Neruda, Vallejo y Huidobro.

Antonio, mi padre, también me enseñó a leer a los nuestros, a escritores y poetas como Juan B. Coimbra, Nataniel Aguirre, Augusto Céspedes, Franz Tamayo, Jaime Sáenz, Yolanda Bedregal, Raúl Otero Reiche, Adela Zamudio, Horacio Rivero Egüez y otros.

OE.- Para equilibrar la balanza…, cuál fue la influencia de tu madre?

HC.- Si mi padre fue la escritura, los libros y los atlas, mi madre fue la naturaleza, el viento y las estrellas. Mi padre fue la sabiduría del agua de las civilizaciones de Moxos, y mi madre es la sabiduría de la tierra amazónica. De ambos aprendí a leer y a escribir, de uno a leer los libros y de la otra a leer el lenguaje de la naturaleza, como se debe aprender más allá de la escuela si quieres ser algo en la vida.

OE.- ¿Qué detonó en vos, de manera definitiva, tu vocación de decir y contar?

HC.- Muchos años después, frente a mi primer libro publicado, hube de recordar aquella tarde remota cuando mi padre me llevó a su biblioteca y me entregó un libro de cuentos de Gabriel García Márquez. Santa Ana era un pueblo pequeño y yo había ido de visita, al leer una de las historias descubrí que las cosas que este autor contaba eran las mismas que yo veía en mi pueblo, y eso detonó al escritor que me habitaba como otra de mis múltiples personalidades y que, con el tiempo, se impuso sobre las demás.

OE.- ¿Sos un poeta que se escondía detrás del narrador, o sos un narrador que se volvió, paulatinamente, poeta?

HC.- Como afirma José Enrique Rodó: “Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes”. Soy, pues, ambas cosas, narrador y poeta, y una encierra a la otra como en el ying y el yang, o como la complementariedad de los opuestos. Ahora siento que la narrativa es mi hogar, es mi esposa, y al final de la jornada voy a regresar a ella; la poesía, en cambio, es como mi amante, no sé cómo ni cuándo llega a mí, pero sé que cuando lo hace me arrebata y me hace sentir infielmente feliz.

OE.- ¿Qué diferencias esenciales encontrás entre ambas posibilidades literarias?

HC.- Con los años y la experiencia adquirida puedo afirmar que en la narrativa uno crea sus propios personajes, los define de acuerdo a las necesidades de la historia inventada; en cambio, la poesía nos hace su personaje en el poema, en el poema habla el poeta desde su interioridad. En la narrativa somos dioses, en la poesía el poema es Dios.

OE.- A la fecha has obtenido importantes reconocimientos en tres géneros: cuento, novela y poesía. Eso no es nada “normal”. ¿Cuál es la “maquinaria secreta” que hace posible esta proeza creativa?

HC.- Siento que soy un hombre de mucha suerte, el azar (que es otro de los nombres de Dios) ha querido que me vaya muy bien en la literatura y que haya ganado premios en los tres géneros. Premios a nivel nacional e internacional. Creo que esa suerte mía es algo que pertenece al realismo mágico. La literatura también me ha permitido viajar por todo el mundo conociendo gente linda, narradores, poetas y otra gente mejor o peor… y me ha dado la oportunidad de leer mis cuentos y mis poemas en ciudades y pueblos que nunca imaginé. Siento que la divinidad me ha dado la palabra como una limosna por la locura que poseo, porque quiero creer que la locura no me posee sino que yo la poseo y eso me hace consciente de ella de tal manera que ahora puedo seducirla, aunque la irresponsable ?como toda amante que se precie de tal?, a veces hace lo que le da la gana.

OE.- Vos sos un creador que atraviesa algunas décadas de nuestra más reciente historia (política, social y literaria, por supuesto). ¿Cómo ha sido vivir en estos “tiempos tan extraños”?

HC.- Soy un escritor de dos siglos. En el siglo XX, impulsado por la búsqueda del hombre nuevo y el ideal de justicia social, escribí narrativa y, en el XXI, poesía. Empecé escribiendo cuentos con un alto contenido social y político ubicados primero en el territorio amazónico y luego en los territorios urbanos. Sin embargo, también escribí cuentos de carácter más oníricos, más lúdicos, como Historias de ángeles y arcángeles y luego me fui acercando a mi propia intimidad. Siempre fui un hombre de izquierda, a veces me extravié pero siempre volví al camino y ahora en viejo sigo siendo lo que en joven fui: alguien que se subvierte cuando siente una injusticia, y eso se puede comprobar en mi literatura, porque mi arma es la palabra. Ya en este siglo la poesía me encontró en un sueño y cuando desperté el poema todavía estaba allí. Respecto a mi interioridad, creo que el mundo intenta conectarse con mis mundos interiores y lo logra a través de la palabra. Al nominar al mundo desde tu interior lo estás haciendo tuyo, pero el mundo también te hace suyo, el verso es la comunión y el poema es la revelación de esa correspondencia. Aspiro a que, después de leer mi poema, el lector olvide que alguien lo escribió y recuerde solamente el poema. En esta tradición mi poesía posee dos vertientes: por una lado la urbana y por otro la indigenista, que intenta rescatar del olvido los mitos y las leyendas de los pueblos amazónicos de Bolivia, especialmente los que habitan el departamento del Beni.

La palabra me ha salvado de la muerte propia, mostrándome el camino de la escritura, y a la palabra le debo el haber conocido el mundo. Mi destino ha sido el de mis palabras. Con los años he aprendido a reconocer que la voz interior que me acompaña desde mi niñez, cuando la creía un amigo imaginario, lo hará para siempre, y ella me ha enseñado a verbalizar el sustantivo esencia para “esencializar” la palabra.

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