noviembre 26, 2021

Medina y Haití: la Nación por sobre el gran negocio

por: Matías Bosch

La pobreza de los haitianos y haitianas es una actividad rentable y lucrativa para toda una estructura nominalmente de “cooperación internacional” a la cual las catástrofes sociales y naturales le sirven como nicho de mercado para establecer, ampliar y engordar su burocracia.

“Lo que precipitó sobre nuestro país la gran masa de inmigrantes haitianos fue la realización parcial del postulado financiero que sirvió de base económica a la ocupación del territorio de la República Dominicana por las fuerzas navales norteamericanas. Ese postulado, no publicado, pero sí perfectamente conocido, fue: “tierras baratas en Santo Domingo, mano de obra barata en Haití”.

Estas palabras aparecen en el informe rendido por el Dr. Francisco Henríquez y Carvajal en 1931, en ese tiempo Ministro Plenipotenciario de República Dominicana en Haití. De ese documento a la fecha, se puede concluir que la inmigración haitiana (como las migraciones de todos los pobres del mundo) funciona como un gran negocio, en varios sentidos.

Como ha dicho recientemente el ex representante del Secretario General de la OEA en Haití, Ricardo Seitenfus, la pobreza de los haitianos y haitianas es una actividad rentable y lucrativa para toda una estructura nominalmente de “cooperación internacional” a la cual las catástrofes sociales y naturales le sirven como nicho de mercado para establecer, ampliar y engordar su burocracia.

En tal sentido, es un absurdo pensar que esa “cooperación” quisiera fusionar a Haití con un Estado menos empobrecido, pues perderían un mercado cautivo y sin fecha de agotamiento a la vista. Tan absurdo como llamar “invasión” u “ocupación” a lo que en rigor es un proceso de inmigración masiva de pobres y muy pobres, que a lo sumo reemplazan la fuerza de trabajo pobre que en RD migra del campo a la ciudad o abandona las funciones más infrahumanas de la construcción.

La inmigración haitiana ha sido también un gran negocio para los Estados Unidos a partir de 1915, y luego para Rafael Leonidas Trujillo y su clan devenido en clase dominante-gobernante, el más grande importador de fuerza de trabajo haitiana, que tuvo la astucia de utilizar el discurso falsamente nacionalista y la represión sin límites para mantener a miles de trabajadores subyugados en condiciones de semi-esclavitud. Con igual hipocresía se comportó Joaquín Balaguer, quien sacaba de la manga el pánico a la “fusión” habiendo él sido ministro, Presidente e intelectual orgánico de la tiranía y beneficiario de las intervenciones que se aprovecharon hasta la saciedad de traficar y someter mano de obra extranjera. Tanto la invasión de Estados Unidos, como Trujillo, Balaguer y quienes han monopolizado las relaciones binacionales durante años, no han hecho más que pregonar “defensa nacional” y practicar desorden fronterizo, caos migratorio y comercial, y ausencia casi absoluta de genuino interés nacional en sus gestiones. El desorden ha sido un atentado sistemático a las funciones esenciales del Estado y, por cierto, el caldo de cultivo del gran negocio.

El gran negocio ha sido, por último, de carácter político: tanto Trujillo como Balaguer, y actores partidistas y mediáticos vigentes aún, han sabido siempre -como lo supieron los expertos en propaganda de los regímenes autoritarios del siglo XX- que el terror a un “enemigo” externo e “invasor” es la excusa perfecta y el distractor idóneo para que las mayorías explotadas y oprimidas nunca se pregunten por las verdaderas causas de sus condiciones de vida, y se pierdan en el ir y venir de espejismos que diluyen cualquier posibilidad de movilización democratizadora en la sociedad. Trujillo saqueador por excelencia de la riqueza nacional y beneficiario del más formidable aparato de propaganda para distracción de las masas, importador de trabajadores desde Haití, en 1939 azuzaba: “Jóvenes dominicanos, en esa gente no se puede confiar, cuiden su país y con más ahínco después de mi desaparición del escenario político nacional. (…) No dejen que les invadan sus casas ni sus haciendas, ni su patria y mucho menos que se las arrebaten con argucias o con fuerzas”.

Todo lo demás, hasta hoy, no es sino la prolongación de tan rentable actividad: mantener a una mano de obra que no supera el 9% de la total del país pero que se somete a cualquier condición laboral; mantener a un pueblo distraído de lo que deberían ser sus verdaderas preocupaciones en el debate; y cosechar votos sobre la base del odio y el miedo sembrados en décadas de monopolio de la información, la propaganda y el terrorismo de Estado. No dejemos fuera el negocio que todo esto significa también para la oligarquía haitiana, en su propia vertiente y particulares objetivos.

El negocio ha sido tan lucrativo y tan rentable, que han logrado crear una crisis artificial que llegó al año de duración, entre boicot del comercio de pollos y huevos, sentencia constitucional, conflictos internacionales, generación de matrices de información, presión frente a la ley, el plan y el reglamento de regularización y naturalización. Todo esto estuvo a punto de enfrascar al gobierno nacional en una lucha improductiva y de hacer fracasar lo que fue una promesa de campaña y lo que sí sería el verdadero y productivo negocio para las dos naciones: el establecimiento de un acuerdo comercial que ayude a desarrollar las fuerzas productivas y el bienestar en un mercado de casi 20 millones de habitantes.

El gobierno del presidente Danilo Medina merece reconocimiento y respaldo generoso. Después del gobierno de Juan Bosch, durante cincuenta años, ningún gobierno ha tenido que atravesar tantas turbulencias creadas de un lado y de otro de la frontera respecto a la relación con Haití, con los inmigrantes y sus descendientes. Y el gobierno lo ha logrado con mesura, enfrentando un gran negocio transnacional, económico y político, rodeado de campañas de terror y heredando un desorden acumulado del cual nadie parece tener cuentas que rendir.

La cumbre del miércoles pasado en Punta Cana lo pone de manifiesto: Frente a un gran y lucrativo negocio, de nefastas consecuencias humanas y estratégicas, el gobierno de Danilo Medina ha puesto la sensatez, la dignidad, el interés nacional y los valores éticos, ante millones de dominicanos y haitianos. Nunca se hizo tanto, en tan árido y conflictivo tema, en tan poco tiempo.

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