diciembre 5, 2021

El peligro de la estetización de la política y el problema de politizar la estética

por: Esther Eunice Calderón Zárate

“La humanidad, que fue una vez, en Homero, un objeto de contemplación para los dioses olímpicos, se ha vuelto objeto de contemplación para sí misma. Su autoenajenación ha alcanzado un grado tal, que le permite vivir su propia aniquilación como un goce estético de primer orden”. Walter Benjamín.

Aún en el campo del arte es necesario no abandonar las preguntas y es precisamente la filosofía que debe encargarse de esta tarea. Actualmente se tiende a considerar que el arte es un área de plena libertad y tal creencia se extiende en la opinión generalizada sin ningún tipo de cuestionamiento.

¿Qué sucede cuando se da vía libre a la estetización de la política, al “arte por el arte”?, ¿será necesario regular políticamente las expresiones artísticas?, ¿debe aspirar el arte a ser autorreferencial?, ¿puede ser el arte completamente libre y autónomo?, ¿será la belleza la única pauta para juzgar un acontecimiento político-social susceptible de convertirse en arte?, ¿se puede desligar al arte de todo parámetro ético?

A partir de un análisis del problema de la estetización de la política como un peligro para la humanidad, el presente artículo intentará responder a estas preguntas con el fin de plantear un criterio en relación a la posible “libertad” de arte. Es así que hemos dividido la reflexión en dos partes: en la primera, se trabajará la idea del peligro de la estetización de la política cuyo resultado práctico puede observarse en la guerra [por ejemplo, en el fascismo]; en la segunda, se reflexionará sobre el problema de invertir la relación entre estética y política, es decir de politizar la estética [y no de estetizar la política], en suma, de limitar políticamente las expresiones estéticas [un ejemplo de esta segunda posibilidad lo presenta el comunismo].

El peligro de la estetización de la política: ¡el goce de la autodestrucción en la guerra!

En el ámbito del arte, algunas opiniones tienden a defender la expresión de “el arte por el arte”, es decir de un arte completamente libre, autónomo y autorreferencial [encerrado en sí mismo], que existe por sí y para sí. Como afirma Diego Paredes, el problema de esta aspiración es que expulsa de sí cualquier consideración extraestética, cognitiva, histórica, ética o social. Lo importante es que la obra pueda realizarse a toda costa, incluso aunque perezca el mundo. Así, el arte tiene como único criterio el mérito estético [1]. Entonces, cualquier evento político, como la masacre y la guerra, puede convertirse en obra de arte. Como advierte Walter Benjamín, todos los esfuerzos hacia una estetización de la política culminan en la guerra, así como sucedió en la época del fascismo y su apología de la guerra. Por ejemplo, Filippo Tommaso Marinetti (escritor y dramaturgo pro fascista, fundador del movimiento futurista en el arte) decía [2]:

“Desde hace veintisiete años, nosotros, los futuristas, nos hemos expresado contra la calificación de la guerra como antiestética […] De acuerdo con ello reconocemos: […] la guerra es bella porque, gracias a las máscaras antigás, a los megáfonos que causan terror, a los lanzallamas y los pequeños tanques, ella funda el dominio del hombre sobre la máquina sometida. La guerra es bella porque inaugura la metalización soñada del cuerpo humano. La guerra es bella porque enriquece los prados en flor con las orquídeas en llamas de las ametralladoras. La guerra es bella porque unifica en una gran sinfonía el fuego de los fusiles, los cañonazos, los silencios, los perfumes y hedores de la putrefacción. La guerra es bella porque crea nuevas arquitecturas como la de los grandes tanques, la de los aviones en escuadrones geométricos, la de las espirales de humo en las aldeas en llamas, y muchas otras cosas […]. Poetas y artistas del futurismo, recordad estos principios de una estética de la guerra para que vuestros esfuerzos por alcanzar una nueva poesía y una nueva plástica […] sean iluminados por ellos”.

¿Acaso la guerra puede juzgarse solamente por su belleza? ¡Siendo la guerra un acontecimiento político-social, la belleza debiera ser el último criterio para establecer un juicio sobre ella! Probablemente este manifiesto de Marinetti es un síntoma de la psicopatía de quien puede encontrar goce estético a partir del sufrimiento del otro [¡de muchos otros!]. ¿Pero no es acaso la evasión de las preguntas éticas y políticas un rasgo propio del postmodernismo que nos subsume pretendiendo “enseñarnos” que existen muchas “éticas”?, ¿vamos a considerar dichas preguntas o vamos a esperar que miles mueran en tanto se discute si existe una o varias éticas?, ¿cuál es la postura política de los filósofos y los políticos de nuestro tiempo en relación a esta cuestión?

Como Jacques Ranciere señala, arte y política no son dos realidades separadas [3]. A ello añadiremos que arte, ética y filosofía tampoco pueden ser realidades separadas. Probablemente las reflexiones filosóficas en torno a la estética deban considerar abandonar el subjetivismo extremo y retornar al uso de criterios éticos para hablar del arte, caso contrario se estará dejando el camino libre para que la humanidad, o un número reducido de psicópatas asociados, programe “estéticamente”, su autodestrucción.

Ahora bien, si el arte no puede separarse de la política, ¿se podrá limitar políticamente las expresiones artísticas?, ¿la regulación política del arte no será más bien una represión del arte contestatario?, ¿cómo alcanzar un equilibrio entre el desarrollo del arte y el control político del mismo, sin caer en un arte desmedidamente deshumanizado ni en una dictadura política sobre la realización de las obras artísticas?

Nos corresponde reconocer que, más allá de acercarnos a una posible respuesta, en el presente trabajo surgen más interrogantes. En cierto sentido podríamos afirmar que hemos encontrado una veta interesante para ampliar la reflexión filosófica en el ámbito de la estética.

El problema de la politización de la estética: El límite del arte en el comunismo

Benjamín afirma que a la estetización de la política puesta en práctica por el fascismo, el comunismo le responde con la politización del arte [4].

¿Cómo evitar la dictadura de la política sobre el arte? Probablemente la respuesta se encuentre en cómo entendemos a la política.

Si se concibe la política como un ámbito de constante pugna donde se impone arbitrariamente un sólo proyecto (autoritario y dictatorial), que niega cualquier disenso, es posible atrofiar el desarrollo del arte limitándolo a la reproducción de un momento político que posteriormente la historia abandonará o superará; o bien confinarlo a su realización en el campo obscuro de la ilegalidad.

En este caso será muy necesario regresar a las preguntas éticas, esta vez a favor de la recuperación de libertad de expresión en el arte, misma que no es sinónimo de autonomía plena del arte (el arte por el arte).

Ahora bien, si concebimos la política como actividad trasformadora, vívida, en constante tensión y movimiento, como un ámbito de discusión y construcción de lo común; es posible visibilizar el desarrollo del arte como un espacio “libre”. Libre en tanto la obra de arte no se somete a una sola posición o consigna política y en tanto puede ser contestataria, pero jamás libre de las preguntas y consideraciones que la ética pueda plantear.

Como señala Ranciere, considerar el tema del disenso es fundamental, pues así el arte nunca muere sino que permanece en desarrollo [5]:

“(…) la política tiene su estética: en el fondo la política es la constitución de una esfera específica de objetos supuestamente comunes y de sujetos supuestamente capaces de describir esa comunidad, de argumentar sobre ella y de decidir en su nombre. La acción política establece montajes de espacios, secuencias de tiempo, formas de visibilidad, modos de enunciación que constituyen lo real de la comunidad política. La comunidad política es una comunidad disensual. El disenso no es en principio el conflicto entre los intereses o las aspiraciones de diferentes grupos. Es, en sentido estricto, una diferencia en lo sensible, un desacuerdo sobre los datos mismos de la situación, sobre los objetos y sujetos incluidos en la comunidad y sobre los modos de su inclusión (…) La política es la constitución “estética” de un espacio que es común en razón de su misma división”.

El arte no puede ser separado de la realidad histórica, social y política, y tampoco de las preguntas éticas. El arte no tiene sentido abstraído del espacio común de los seres humanos, como señala Ranciere, el arte está atravesado de un extremo a otro por su relación con las particiones de un territorio compartido y, por ende, por la política [6]. El arte está presente donde claramente está presente la política.

Al estar ligado a la política, el arte también está ligado a la sociedad, construye espacios comunes de expresión, conduce a la reflexión y la crítica de lo establecido y permite construir nuevos imaginarios colectivos en torno a distintas obras artísticas. Por ello, el arte no debe perder su función social, así tampoco su sentido ético ni su capacidad de generar disenso político. En este sentido, tal vez quienes creen en “el arte por el arte” y consideran que no se puede emitir juicios ni analizar críticamente una obra artística, caen en la ingenuidad de poner en peligro los escasos valores que aún persisten en la humanidad.

La reflexión filosófica y política sobre el arte debe continuar.

Puntualizaciones para próximas reflexiones

● La belleza y el goce estético no puede ser el único criterio para medir un acontecimiento político-social. En este sentido no es “incorrecto” que quienes aspiran a hacer filosofía comiencen a reconsiderar el uso los criterios éticos en reflexiones como la presentada, que además requiere un compromiso político.

● Arte, política, ética y filosofía no pueden ser realidades separadas. Tal vez, las reflexiones filosóficas en torno a la estética deban considerar abandonar el subjetivismo extremo y retornar al uso de criterios éticos para hablar del arte.

● La política es una actividad trasformadora, por lo tanto genera siempre ámbitos de discusión y construcción de lo común. En tanto se mantenga de esta manera es posible visibilizar el desarrollo del arte como un espacio “libre” del sometimiento político, aunque nunca libre de las preguntas éticas.

● El arte no tiene sentido encerrado en sí mismo y abstraído del espacio común de los seres humanos. El arte está presente donde está presente la política y en los espacios que ésta configura.

● El arte está ligado a la sociedad y por ello nunca debe deshumanizarse ni perder su función social. De ahí que se hace necesario tampoco perder de vista consideraciones extraestéticas, como las preguntas éticas y un “control” político moderado [no autoritario ni dictatorial] del arte, que permita siempre el disenso, pero nunca la estetización “desalmada” de la política.

Bibliografía

● BENJAMIN, Walter.

● La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Trad. Andrés E. Weikert. Editorial Itaca. México D.F., 2003.

● PAREDES, Diego.

● “De la estetización de la política a la política de la estética”. Artículo extraído de la Revista de Estudios Sociales N° 34. Bogotá, 2009.

● RANCIERE, Jacques.

● Sobre políticas estéticas. Trad. Manuel Arranz. Universidad Autónoma de Barcelona. Barcelona, 2005.


* Politóloga y representante de la Comunidad Crítica Creativa.

1 Véase de Diego Paredes, “De la estetización de la política a la política de la estética”, p. 92.

2 Cfr. de Walter Benjamín, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, p. 96- 97.

3 Véase de Diego Paredes, “De la estetización de la política a la política de la estética”, p. 92.

4 Cfr. de Walter Benjamín, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, p. 96- 97.

5 Véase de Jacques Ranciere, Sobre políticas estéticas, pp. 51-52.

6 Véase de Diego Paredes, “De la estetización de la política a la política de la estética”, p. 96.

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