diciembre 4, 2021

La doble moral de la oposición

Las declaraciones del senador Arturo Murillo y la diputada Susana Campos, de Unidad Nacional y el Partido Demócrata Cristiano, respectivamente, son un perfecto ejemplo de la doble moral con la que operan la mayor parte de los políticos de oposición en estos días, y tal vez, desde siempre. Ante el “canje de rehenes” que se dio hace poco entre el gobierno y la cooperativista Fencomin, estos asambleístas no dudaron en criticar el hecho y calificarlo como una señal de debilidad y pérdida de autoridad del Estado ante la sociedad civil.

Unos años antes, ante una situación similar y muy conocida, cuando indígenas que protestaban contra la carretera del TIPNIS secuestraron al canciller David Choquehuanca y el Estado se vio obligado a recurrir a su legítimo monopolio del uso de la fuerza, sectores enteros de la sociedad civil y la oposición se levantaron en indignación contra el gobierno por lo que consideraban una actitud innegable de autoritarismo.

Si fue un error político y hasta moral la actuación de aquellos días es algo que la historia debe juzgar. Lo indignante es, sin embargo, que se midan con parámetros diferentes la actuación del mismo gobierno, con el interés de deslegitimarlo. Es, por supuesto, algo que se debe esperar de cualquier político, pero no deja de ser cuando menos curiosos.

Criticaron la intervención del TIPNIS con argumentos muy convincentes y no hay duda de que se han cometido errores, pero no decían nada ante los 60 muertos de octubre de 2003. ¿Algunas vidas valen más que otras? Puede que los impulsos racistas y clasistas de muchos no hayan cambiado y sólo se encuentren disimulados ante los avances de los últimos años.

No nos dejemos engañar, las convicciones democráticas de muchos opositores son más que endebles e interesadas. Se trata de las mismas personas que condenan el autoritarismo de algunos gobiernos pero se hacen los de la vista larga con el totalitarismo de otros. Existen en Bolivia demócratas comprometidos, y eso es cierto, pero también existen muchos que defienden, en el fondo, sus intereses de clase.

Bolivia merece representantes más consecuentes, menos oportunistas. La cultura política de este país tiene rasgos definitivamente admirables, como su rebeldía y su patriotismo, pero también otros muy condenables, como el oportunismo heredado de Olañeta.

Las diferencias y contraposiciones que puedan existir entre el gobierno y el pueblo boliviano se resolverán de diferentes formas, Las tendencias maximalistas de las clases populares de Bolivia son una ventaja en algunos momentos y contraproducentes en otros. Lo que no debe dudarse es que no estamos ante el mismo Estado en crisis de principios de este milenio. Que el gobierno esté dispuesto a ceder en esta ocasión puede ser algo bueno, aunque muchas veces la racionalidad debe imponerse por encima de las consignas, sin perder de vista los valores revolucionarios que se quieren mantener en este proceso.

Por lo que abogamos por una verdadera cultura del diálogo, dentro de los márgenes de un proceso de izquierda, la negociación entre los miembros del pacto de unidad es un deber.

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