por: Alexis Gómez-Rosa
El día se origina en un plato de arroz con lentejas
. y costillitas de chivo.
Para mis compañeros de oficio (obsedidos por el colesterol
. y la vitalidad sexual), el día
no termina de crecer, a pesar de su hinchazón al voleo,
proveniente de las masas de gas, sin riendas de las nubes.
Es miércoles cimarrón dotado de un especial encanto,
. gasolina y merengue,
frente a la carretera que nos conduce al cielo de Sosúa,
y al infierno (no menos celeste),
. de la finca del comodoro Williams.
Agua y cocoteros en azul turquesa recortados por la brisa
que aleja las montañas.
. (Isabel de Torres, como un ojo del tiempo,
en protección de los bañistas, ilustra el viaje que ya gana
las tierras de Río San Juan).
. Agua y cocoteros a lo largo del ojo enardecido.
Casas meditabundas que son nudos en la carretera desatada,
. y en sus frentes, unos hombres huraños,
negociando más allá de las petacas de carbón, la ingravidez
. de su delirio.
Sin caminar nos desplazamos: el humo del veguero,
los percherones; el humo pecho del veguero cabeceando
en su arcádica lentitud,
. el día estalla en su planicie nemorosa.
Las horas se iban almacenando con el mismo tic nervioso
como si fueran a parar a un frasco.
. (Un retrato se forma el paisaje de una verde
ilusión, la luz como el sonido venidero).
El pasado ahora suma unos minutos cuya conquista
. pertenece al futuro, sombra y transcurre.
En esta hora se dan cita un gajo de sol, el temblor
. del colibrí, y la fanfarria de la guayaba y el níspero.
Mi cuerpo se tiende en la sensualidad de lo efímero,
. y se deja preñar por todo aquello que a la cita
dice presente.
Galope sordo, infecundo, por la gradería oriental, galope
. ciego. Yunta de bueyes,
narigones, arrastrando un sol cardenalicio
por los atajos que abrevan en Charco Largo, mitigan
. colores los arrayanes en primer plano:
desdibuja el labrador su fe de hondo cielo.
Este debe ser uno de los rostros de la felicidad, otro,
debe llamarse Bárbara:
. la mujer que me confirma en su llave.
Dentro de unos instantes habrá de crearse el fuego;
y con él la cocción y bendición de los alimentos,
. acercará nuestras voces
en un solo corazón, lavado por el verdor de marzo.
La casa ha recobrado su sentido y por el sueño,
. los cuerpos se anudan por el suelo, se anulan,
en la mordaza de fugas y regresos.
* Tomado de la revista Casa No. 283.

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