agosto 22, 2026

Continentalizar la esperanza

Fue el cantor uruguayo Alfredo Zitarrosa quien popularizó la canción de Armando Tejada Gómez y César Isella, “Triunfo agrario”, cuyo estribillo rezaba: “¡Hay que dar vuelta el viento como la taba, el que no cambia todo no cambia nada!”.

La década dorada –en realidad tres lustros– de las fuerzas nacionalistas, progresistas y de izquierda de nuestra América comienza a vivir sus primeros reveses, sufriendo el pasado martes 30 de agosto una de sus páginas más oscuras: el golpe de estado parlamentario contra la presidenta Dilma Rousseff en Brasil.

Paralelamente, la derecha y el gorilage venezolano, al grito de: “Nos tomamos Caracas: ¡el 1 de septiembre cae Maduro!”, se ha decidido por arrebatarle las calles al chavismo, sacudir a la población civil –hasta el cansancio– en los espacios públicos, golpeando institucionalmente, a través del Parlamento, a la Revolución, al tiempo de combinar formas de lucha violenta de subversión. Ante el evidente fracaso del objetivo la burguesía ha convocado a otras dos grandes concentraciones para los días 7 y 14 de septiembre.

También acá, en Bolivia, sufrimos nuestra propia tragedia con el bestial asesinato del Viceministro Rodolfo Illanes, luego de una seguidilla de poco claros hechos en torno al conflicto Gobierno-Cooperativistas mineros, cuyas dirigencias descabellada y neciamente se esforzaron por arrastrar el diálogo continuamente a punto cero.

Fue el presidente ecuatoriano Rafael Correa el primero en advertir que una “nueva Operación Cóndor” se cierne contra los gobiernos de la región que han decido desafiar a Washington. Fue también él quien hizo notar que este estratagema es de alcance continental y cuenta con el beneplácito de las burguesías autóctonas, ciertamente coordinadas internacionalmente, alcanzando contundentes triunfos en Argentina y Brasil, y otros parciales en Venezuela y Bolivia.

El expansionismo fue uno de los elementos centrales que caracterizó a los padres fundadores de los Estados Unidos, durante los siglos XVIII y XIX. Asimismo, la sujeción de los pueblos vecinos, considerados “sujetos despreciados y despreciables”, fue el complemento perfecto para un pueblo que expresaría todo su odio hacia la otra América, la nuestra.

Sobran las razones para creer que una de las tareas principales de la administración Obama fue la desarticulación, utilizando todos los métodos a su alcance, del proceso integrador latinoamericano; transitoriamente ha logrado cierto éxito.  

Sin embargo, las fuerzas reaccionarias han contado en su favor con los errores políticos y vacilaciones de gobiernos que tampoco se han decidido a chocar de frente no ya contra el neoliberalismo sino contra el orden burgués capitalista, golpeando sus cimientos. El caso de Rousseff es el más patético de todos, pues, a riesgo de restarse base popular –cosa que de hecho sucedió– estableció inmerecidas concesiones al derechismo carioca que terminó por enjuiciarla políticamente, como si la derecha respetara acuerdos y creyera en la democracia.

Los tiempos que se avecinan para el progresismo e izquierdismo en nuestra América no parecen ser nada halagüeños, por el contrario, una derecha envalentonada está decidida a sepultar políticamente a Maduro y Evo. La única salida posible ha de ser la de siempre: concientizar y movilizar permanentemente a los humildes del campo y las ciudades, delegar el poder a los humildes para que sean ellos los que materialicen sus propios sueños, no ceder un ápice a negociación alguna con el gorilage, y responder a la internacional del terror con la continentalización de la esperanza, pero de veritas esta vez.

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