por: Melania Beatriz Torrico Pericón
En el sentido estricto de la palabra “periodismo” es una labor profesional que se basa en la recolección, síntesis, procesamiento y publicación de datos de carácter actual. Para cumplir con su misión, el periodista o comunicador debe apelar a fuentes que resulten creíbles o aprovecha sus propios saberes.
Deteniéndome en aquel concepto, ¿qué pasa en Bolivia? El “periodismo” se convirtió en cacería de brujas, más aún aquel que se gesta a través de las redes sociales, pues por tener la exclusiva no se ejerce, en varios casos, la labor con sensatez, mucho menos se actúa con la ética periodística aguardada por la ciudadanía, ya que existe una debilidad llamada “fuente”. Las noticias se van fundando rápidamente: ¿Cómo confirman la fuente? ¿Acaso esas noticias brotan de la nada?, el periodista debe demostrar que tienen asidero y ser responsable por lo que publica. Para algunas o algunos colegas puede ser esto una perogullada, pero no se puede validar algún tipo de manejo informativo sea el legado para estudiantes que se encandilan con la noble tarea del periodismo; y con lo visto en los últimos meses en el país, se evidencia una “moral abstracta”, una ética periodística tan flexible que la información es manipulada hasta convertirse en confusión escatológica y la evocada hipérbole esté minando la consciencia de los ávidos de información. Este sensacionalismo tan joven en el país, refiero “joven” porque en Bolivia recientemente estamos enfrentando exhibiciones informativas mediáticas similares a las registradas en otros países donde el periodismo es eso inexcusablemente, eventos mediáticos sin sentido, desprovisto de un trabajo investigativo y que susurra a diario campanas reveladoras que desbordan exageración en torno a la vida íntima de famosos y famosas. Yo, fronteriza y oriunda de una ciudad que limita con el hermano país de Argentina, estoy de cierto modo habituada a ese arquetipo de periodismo a través de la televisión por cable y prácticamente el amarillismo noticioso no es novedad; no obstante, jamás dejó de sorprenderme como en esa nación puede fabricarse de manera incesante y contundente información escoria que asalta las familias como peste, sin aviso.
Hoy, Bolivia vive un contexto adverso en el tema de ética periodística y evidente falta de honestidad en la información. Se ha creado un descrédito en lo que se escucha, lo que se ve y lo que se lee. Por ejemplo, un suceso ominoso es del pseudoperiodista Carlos Valverde, quien desconoce principios éticos y deontológicos a la hora de salir al aire en sus programas Sin Letra Chica o Carlos Valverde en la Red; aún recuerdo la carta enviada por este personaje al Presidente Evo Morales Ayma el 10 de febrero del 2011 y quiero citarle un párrafo que me parece relevante analizar: “Creo que no me equivoco cuando digo que todos los Gobiernos se parecen cuando de la Prensa se trata. En efecto, la crítica que a usted le molesta, Señor Presidente, es la misma crítica que ha molestado y molesta aún a todos los Gobiernos y todos actúan castigando o presionando por la vía de la publicidad Oficial; en una sociedad civilizada, esto se llama Censura y denota un muy bajo nivel de tolerancia y democracia, sobre todo de esto último porque, sin medios libres, sin medios que opinen, sin periodistas que critiquen, no hay democracia real”.
Entonces surge la pregunta: ¿el Señor Carlos Valverde o “loco Valverde” como muchos lo conocen, estuvo opinando, informando todos estos años con alguna restricción? Si él hizo lo que quiso, expresó lo que pensó (entre comillas lo de pensar), destrozó todo concepto del pacto sagrado del periodismo: CONTAR LA VERDAD, al margen de las propias convicciones. Acaso, ¿es sencillo digerir el accionar actual de algunos medios? El señor Carlos Valverde saborea la democracia real, la libertad de expresión en toda su dimensión, y gracias a ese ejercicio desmesurado y devorado por la ambición es que fue galardonado como “ciudadano ilustre”, como “patricio cruceño”, al parecer, la oposición supo utilizar la “reputación” de este señor para confundir y desestabilizar un gran proyecto de Estado. Fuimos testigos del hecho que alguien que vocifera “ser periodista” se apoderó de una información para proceder con elocuente bajeza, una información mentirosa que tenía antecedentes solo provisionales y que hoy fue abonada con elementos fácticos, los cuales develaron que el señor Carlos Valverde MINTIÓ. Y aquí algunas personas sucumbieron en lo que denominan los editores, el famoso “wishful thinking”, que traducido al español es el “pensamiento ilusorio”. Este segmento de la población quiso creer todo aquello que decía y mostraba Valverde, porque les convenía creer; crearon una confusión entre los deseos y la realidad, mera desiderativa, que ofreció un panorama atractivo que distrajo el verdadero sentido de las propuestas del gobierno nacional en el entonces referéndum. En aquel tiempo el “wishful thinking”, “la quimera”, el “pensamiento ilusorio” causó una marca que logró el resultado en el ecosistema mediático del mes de abril.
Después de lo advertido, me planto en la premisa del periodismo: “la información no nos pertenece”, es de la ciudadanía, no podemos manipularla con falacias antojadizas. “Esto roza con lo delictivo” y “debe sancionarse”, o no ¿man de la picture? ¡Talvez nos tienen preparado otro “wishful thinking”!
* Comunicadora social.

Leave a Reply