por: Luis Hernández Navarro
En algunos de los países de nuestra América, la creciente influencia de los Señores del entretenimiento en la definición de las agendas políticas rebasa, con mucho, la afirmación de Manuel Castells, en el sentido de que los medios de comunicación se han erigido en el espacio fundamental de la política.
Durante las elecciones presidenciales de 2012 en México, surgió un amplio movimiento juvenil. Se bautizó a sí mismo como #YoSoy132. Nació de la indignación de los estudiantes universitarios ante la manipulación informativa de los medios de comunicación y la pretensión de Televisa, el principal monopolio televisivo del país, de imponer a Enrique Peña Nieto como Presidente de la República.
El movimiento se convirtió en un festival de carteles, performance y poesía instantánea, en el que se repitió, una y otra vez, una estampa: una joven enmarcaba su rostro en la pantalla de un televisor de cartulina, con un letrero escrito a mano que advertía “Televisa te idiotiza”.
La imagen fue el emblema que simbolizó la declaración de guerra de los jóvenes contra la telecracia que entretiene e informa a más del 70 por ciento de los mexicanos. Como remate, el movimiento rubricó: “Nuestros sueños no caben en tu pantalla”.
El hartazgo de los estudiantes universitarios mexicanos ante la homogeneización informativa no es exclusivo de su país. Está falta de opciones comunicativas está extendida en todo el planeta y de manera muy significativa en América Latina.
Una de las causas que la explican es la creciente monopolización de los medios de comunicación. La concentración de las corporaciones mediáticas es impresionante. Tal como sucedió con la industria petrolera y la automotriz, se está creando un oligopolio global de la cultura y la recreación. Empresas que tenían un campo de acción nacional se han convertido en consorcios transnacionales.
Los grandes consorcios mediáticos han adquirido dimensiones inimaginables hace unos años. Su vocación de negocios es planetaria. Controlan la prensa, la radio, la televisión, el cine, la industria editorial, las compañías discográficas, los videojuegos, espectáculos deportivos, portales de internet y todo aquello que tenga que ver con la informática, la electrónica y la telefonía. Su apetito parece no tener límite. Las empresas grandes devoran a las pequeñas al tiempo que presionan a los gobiernos para que deroguen las leyes antimonopolios que limitan su expansión.
Las noticias de la mayor parte del planeta son transmitidas por un pequeño grupo de agencias. Quienes controlan el entretenimiento son las mismas compañías que divulgan las noticias que miramos en la televisión, escuchamos en la radio o leemos en la mayoría de periódicos.
Esta concentración corporativa permite homogeneizar la información que se transmite y “hacer desaparecer” la que se juzga inconveniente. Que formen parte de esos consorcios empresas dedicadas a la producción de equipo militar y armamento, o que en sus consejos de administración participen representantes, por ejemplo, de la industria petrolera, condiciona fuertemente sus contenidos. De la misma manera, los patrocinadores pueden influir muy significativamente en lo que se comunica. Los principales anunciantes son, básicamente, las doscientas principales empresas del planeta.
Este proceso de monopolización no es ajeno a la estrecha relación que se ha establecido entre las empresas culturales transnacionales con base en Estados Unidos y el gobierno de ese país.
En las altas esferas de la política y la economía estadunidense está claro que quien conduzca la revolución informática será quien dispondrá del poder. Los productos culturales y de entretenimiento son, además, una de las principales fuentes generadoras de divisas de ese país. Películas, programas de televisión, videos, discos compactos y casetes con el sello made in USA pueden encontrarse en todo el mundo. Su presencia, empero, rebasa la esfera exclusivamente mercantil. Con estos productos se ofrece algo más que una mercancía: se vende un estilo de vida. Su divulgación forma parte de una hegemonía semántica.
El músico de rock, Frank Zappa, fallecido en 1993, acostumbraba decir que “la política es el departamento ‘‘Espectáculos’ de la industria”. De resucitar en Venezuela, México o Argentina y ver la relación que se ha trabado entre medios de comunicación electrónicos y Estado, afirmaría que “la política es el nuevo departamento ‘Espectáculos’ de la industria… del entretenimiento”. La mediocracia ha emergido en la escena política regional como un actor privilegiado que juega sus cartas a fondo de cara a las coyunturas electorales en esos países.
En algunos de los países de nuestra América, la creciente influencia de los Señores del entretenimiento en la definición de las agendas políticas rebasa, con mucho, la afirmación de Manuel Castells, en el sentido de que “los medios de comunicación se han erigido en el espacio fundamental de la política, aquel en el que se forman las opiniones y las decisiones de los ciudadanos”. La teleguerra sucia se ha convertido en un fenómeno extendido a la hora de combatir a políticos progresistas, en un factor de la política real que va más allá de la formación de las opiniones ciudadanas.
Los grandes grupos multimedia poseen un poder enorme. La televisión puede llegar a tener una gran influencia en su audiencia. La colusión entre los medios electrónicos y el establecimiento político es cada vez más descarada. No se trata sólo de coincidencias puntuales, sino de rutas pactadas. Los líderes de opinión ejercen simultáneamente como líderes políticos.
En la era de la dictadura del marketing electrónico la divisa es “el que desafía a la empresa no aparece en pantalla”. El pavor de muchos partidos y políticos a los monopolios televisivos y de la radio, su temor a las represalias informáticas, y la colusión entre empresarios de la industria y legisladores, ha acrecentado el capital político de quienes, al punto de permitirle, en ciertas coyunturas, tratar de suplantar al Estado.
El mismo Frank Zappa aseguraba que su programa favorito de la televisión eran “los noticiarios, porque –decía– son lo más divertido”. Probablemente tenía razón, pero desgraciadamente son también los más tristes: en ellos se resume la miseria de nuestra vida política y de las alianzas cupulares entre los dueños de la industria del entretenimiento y los Señores del poder y del dinero.
En Argentina, Brasil, México y Venezuela los grandes consorcios multimedios han adquirido un carácter casi monopólico. Sus magnates han conducido sus empresas de acuerdo con el modelo estadunidense comercial, dependiendo de la publicidad, con patrones de crecimiento muy centralizados y urbanos.
Así, pues, mientras en la región se reducen los espacios públicos informativos, la concentración de los medios en unas cuantas manos se incrementa. Sus dueños, a su vez, se encuentran estrechamente vinculados con el mundo de los grandes negocios nacionales y la economía global.
Entre las primeras bajas de este matrimonio perverso se encuentran los grupos subalternos: la lógica comercial de los agentes privados termina excluyendo a quienes no pueden pagar para ser noticia, salvo cuando los desastres naturales los convierten en víctimas.
Las consecuencias de este doble movimiento de ensanchamiento de los intereses privados y adelgazamiento del interés público sobre la comunicación son claras: preeminencia de un enfoque faccional en la difusión informativa, descontextualización de las notas, silenciamiento o satanización de las luchas de los sectores subalternos, invisibilización del mundo de los pobres y de los pueblos indios.
Pero estos monopolios informativos han comenzado a ser dominados por los dos grandes gigantes emergentes de Silicon Valley, ejemplo del capital digital monopolizado: Google y Facebook. Estas empresas se han convertido también en un modo de vida aún más influyente que la televisión. El analista Evgeny Morozov caracterizó a la primera como una empresa que aspira a convertirse en un nuevo Estado y un nuevo partido político, y a la segunda como la psicopatología del hipercapitalismo.
Los datos se han convertido en una de las más preciadas mercancías. Alrededor suyo han surgido nuevos modelos de negocios y explotación, en los que, los datos que producimos (y que generan los medios de comunicación) sirven, tanto para reforzar los mecanismos de vigilancia y control sobre nosotros como para generar pingües ganancias. Los grandes consorcios mediáticos se han subordinado cada vez más a empresas que concentran esos datos.
En un entorno en el que los medios sirven para hablar –o lucrar– con el poder, se requieren medios para que la sociedad hable entre sí. En una industria en la que la prensa es un negocio de empresarios o instrumento de políticos, se necesitan medios hechos y dirigidos por periodistas profesionales. En países como los nuestros, con escasez informativa de fondo, estamos obligados a forjar medios para divulgar y opinar sobre los problemas sustantivos del momento. Como dijeron los jóvenes de #YoSoy132, nuestros sueños no cabe en su pantalla.

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