por: Esther Eunice Calderón Zárate
Frecuentemente la temática del aborto es tratada por los analistas de manera muy superficial. El debate se concentra en las consecuencias y no así enuna reflexión profunda sobre las causas de un estilo de vida.
Deficiencias del debate
Hace pocos días nos tocó ver y sentir muy de cerca la profunda tristeza y desolación de una mujer joven que acababa de enterarse que sería mamá soltera. El padre se desentendió completamente de la situación, encontrando todas las posibles excusas y argumentos para demostrar su total inmadurez y deslindarse de la responsabilidad. Tristemente el padre propuso a la mamá deshacerse del niño, añadiendo que su expareja había tomado dicha decisión, que según él, fue la más acertada [nótese aquí que en el muchacho el aborto aparece como un círculo vicioso].
¿Tan carente de valores está nuestra sociedad para que un muchacho joven no consiga adquirir ningún sentimiento de pertenencia y amor hacia su propio hijo?, ¿dónde ha quedado el sentido de prudencia y responsabilidad para que este joven decida continuamente hacer abortar a sus parejas?, ¿hacia dónde nos dirigimos como sociedad?
Muchas jóvenes se ven obligadas a vivir esta y peores situaciones cada día. Pero, ¿cuál era el deseo de ella? Ella deseó y decidió tener al bebé. Independientemente de que el padre se haga cargo o se desentienda. Ella jamás pensó en la posibilidad de perderlo, ella amó al bebé desde el momento mismo que supo de su existencia. ¡Qué amor más grande y puro! Ella apostó por el amor, aunque este modifique sustancialmente el rumbo de su destino. Ella decidió defender el valor más importante de todos: el amor. Y no un amor de discurso, sujeto a cualquier definición. ¡Ella le dijo sí a la vida!
Frecuentemente la temática del aborto es tratada por los analistas de manera muy superficial. El debate se concentra en las consecuencias y no así en una reflexión profunda sobre las causas de un estilo de vida. ¿Existe decadencia moral en nuestra sociedad?, ¿está nuestra juventud mal enfocada al buscar soluciones individualistas a un problema que llama a la responsabilidad?
Ciertamente no tendríamos que pensar en el aborto, en penalizarlo o despenalizarlo, si los padres y los maestros se preocuparan realmente por otorgar una verdadera educación sexual a las nuevas generaciones. ¡Muy poco se habla del tema! ¡Craso error!
¿Cuánto reduciría el número de embarazos no deseados si enseñáramos a las y los jóvenes a pensar bien antes de tener una relación sexual? ¡No sería necesario considerar la cuestión del aborto si, en vez de dejarnos llevar irreflexivamente por las propagandas de preservativos, investigáramos los índices embarazos no deseados y de enfermedades de transmisión sexual que dichos preservativos no pudieron evitar!
Un claro problema es la visible tendencia a fragmentar en extremo el debate mostrando casos aislados con el fin de justificar la legalización. ¿Qué pasa con los embarazos que suceden como producto de una violación?, ¿qué sucede cuando la vida de la madre está en riesgo?, ¿se debe aceptar un embarazo en una familia cuyos recursos no son suficientes para sobrevivir?, ¿qué pasa en los casos en que la madre, el padre o ambos no desean tener el bebé? En fin. Se entremezcla y se desordena el debate tratando cada particularidad, añadiendo infinidad de casos ya hasta de una forma grotesca y malintencionada. Creemos que quien desee realmente colaborar con verdaderas soluciones se esforzará más por alcanzarlas y no tanto por añadir problemas de forma desmesurada.
Sí, es necesario hacer estas preguntas, el problema es entender que no podemos buscar una solución única para una multiplicidad de casos, ¡ello denotaría nuestra irresponsabilidad y nuestra resistencia a pensar y a considerar cada caso en su unicidad! ¿Por qué buscamos deslindarnos tan rápido de un tema cuya complejidad requiere un tratamiento delicado y moroso?
Bien conocen los profesionales de la medicina la importancia de realizar un análisis clínico de cada caso, pues cada paciente es diferente y su historia proviene de un contexto diferente. El tratamiento para cada caso siempre será distinto. Entonces, tal vez, lo éticamente correcto sería conocer en profundidad cada caso y otorgar a cada caso la solución que corresponda después de un análisis serio, responsable y comprometido. ¡No se trata de hablar por hablar! ¡Están en juego vidas de hombres, mujeres y niños! ¿Desde cuándo hemos perdido la preocupación y la sensibilidad por la vida?, ¿cómo fue que llegamos a considerarnos dioses supremos para decidir arbitrariamente cuándo dar o quitar la vida?, ¿quiénes somos para decidir a nombre de quienes no tienen voz?
El meollo del problema
Mucho influye el tiempo que nos ha tocado vivir. El humanismo y la postmodernidad, han creado no solamente una sociedad individualista (es decir, de personas egoístas y aisladas, que solamente piensan para sí mismas), sino también una masa irreflexiva de personas que creen que existen en el mundo por casualidad. No hay propósito alguno, no existe la posibilidad de un destino y, por lo tanto, la vida ha perdido su sentido. Y así se construye un (sin) sentido común.
Un hombre o una mujer que se considera producto de la casualidad y que, por añadidura, cree ser el único parámetro para decidir qué es correcto y qué no, en un mundo de relatividades; podrá tomar cualquier (injustificada) decisión no solamente sobre la vida de un ser humano concebido y en gestación sino también sobre la vida de cualquier otro ser humano dada la situación.
Desde este criterio la vida humana no tiene ningún valor intrínseco. El hombre y la mujer se miran como partículas insignificantes en el enorme universo, por ello, como menciona el filósofo Francis Schaeffer, sus aspiraciones carecen de sentido, todo carece de sentido para ellos. La misma vida humana cae en este universo de sin sentidos.
En relación al individualismo. De manera egoísta algunas mujeres señalan con vehemencia que son las únicas que tienen la potestad de decidir sobre su cuerpo. Es importante que todas las mujeres de forma reflexiva y honesta nos preguntemos: ¿Hasta dónde mi cuerpo es mi cuerpo?, ¿dónde termina mi cuerpo?, ¿puedo hablar solamente en términos de “mi cuerpo” cuando llevo una vida dentro de mí?, ¿acaso esa nueva vida no es ya un cuerpo ajeno al mío sobre el cual no tengo potestad?, ¿no sería lógicamente acertado que una mujer decida sobre su cuerpo antes de concebir un hijo?, ¿por qué la decisión crucial debe darse después?
¿Dónde radica el problema? En posiciones, defendidas a ultranza, que consideran que el ser humano es el parámetro único para medir todas las cosas (humanismo extremo) y que creen que todo está sometido a la relatividad (postmodernismo). Frente a ello puede resultar interesante nuestra reflexión: quien ama la vida, defenderá la vida. Quien tiene poco aprecio por la vida, la considerará de valor relativo y apoyará su extinción.
La industria del aborto
A veces abordamos este tema de forma muy ingenua. Casi podríamos decir que para eso nos han “educado” los actuales medios de difusión, las ONG y las empresas productoras de preservativos y anticonceptivos. Se trata de las grandes organizaciones de la muerte, de la industria del aborto (como por ejemplo, la ONU, el UNFPA), que mueven cifras millonarias para aprobar leyes pro aborto en el mundo. Lo hicieron en Europa y en algunos países de América Latina. ¿Podrán en Bolivia? Consideramos que nuestros pueblos indígenas, quienes valoran altamente la vida, y los movimientos sociales no permitirán que esto suceda.
La industria del aborto promueve un proceso de colonización ideológica y miente, en el marco de su escaso aprecio por la vida. ¡Encubre la verdad bajo argumentos superficiales! ¡Su único interés es aumentar su ganancia! ¿Le interesa acaso la vida de los hombres, mujeres y niños? ¡No! Por eso antes de educar y mostrar el horror de las enfermedades de transmisión sexual, obsequian condones; antes de hablar de una responsabilidad real enseñan el uso de anticonceptivos. Antes de hablar de amor, hablan de muerte.
Fácilmente pueden reunirse las asambleas y los consejos para tomar decisiones. La pregunta es ¿cuál es el fundamento de sus decisiones? ¿En qué se distingue una magna asamblea que decide despenalizar el aborto de un joven irresponsable que ha decidido buscar solamente placer y no asumir ninguna responsabilidad? ¡Ambos han tomado una decisión arbitraria, en favor de sus intereses, convirtiéndola en un instrumento legal! Ahora bien, ¡lo legal no necesariamente es lo justo!, ¡aquello que fue aprobado por mayoría de votos no se convierte inmediatamente en lo correcto! ¡Pensemos!
Si hablamos de “derechos inalienables de los seres humanos”, pero en llegado el momento creemos que podemos decidir sobre una vida que no es nuestra, dichos derechos, como afirma Schaeffer se manipulan, se pervierten y dejan de ser inalienables. ¡Gran problema!
Se habla de vida, igualdad, no discriminación. ¿Dónde queda todo aquel discurso cuando se introduce el tema del aborto? El problema es que si no vamos más allá del ego humano y de la condena del relativismo, todo derecho será susceptible de ser vulnerado. ¿Cuál vendría a ser entonces el fundamento? Invitamos al lector a reflexionar sobre el tema.
¿Tienen algo que decir nuestros pueblos indígenas? ¿Y los moralistas?
Dentro del proceso de descolonización, uno de los horizontes principales del Estado plurinacional, es fundamental preguntarnos qué piensan nuestros pueblos indígenas respecto de la práctica del aborto. No podemos dejar de considerarlos si verdaderamente buscamos combatir el proceso de colonización ideológica.
Cuando graniza en una comunidad indígena se sabe que una mujer ha abortado. ¿Por qué? Los cielos y la tierra se estremecen por la pérdida de una vida. Dicha pérdida no solamente afecta a la comunidad de seres humanos sino también a la comunidad de todos los seres vivos, animales, plantas, ¡al universo entero! ¿Por qué la pérdida de una vida humana afecta al universo entero? El criterio fundacional de la cosmovisión de nuestros pueblos indígenas es la producción y la reproducción de la vida.
De alguna forma este criterio fue planteado, con un matiz de advertencia, por Concepción Ortiz, Diputada indígena por la bancada del MAS, quien señaló la importancia vital de socializar el actual Proyecto de Ley de Reforma al Código del Sistema Penal con las mujeres indígenas del área rural. Quizá hace falta saber qué piensan ellas, para evitar caer en argumentos superficiales, que a nombre de combatir la pobreza, anulan la posibilidad de que sus voces sean escuchadas con la atención que merece el caso.
Frecuentemente se califica de “moralistas” y “religiosos” a quienes se adscriben a favor de la vida. Dicha calificación no es lógica ni argumentativamente coherente. En todo caso, antes de colocar adjetivos debiéramos preguntarnos ¿qué es la moral?, ¿por qué se asocia de manera ingenua la moral con la religión? Quizá la respuesta pueda encontrarse analizando el proceso de colonización ideológica que ha implantado los fundamentos de la modernidad en nuestras sociedades actuales. Es el pensamiento moderno y colonizado que establece la falsa e incorrecta asociación entre moral y religión, siendo ambos campos diferentes.
Dicho pensamiento considera que el Estado no debe emitir criterios morales en relación al tema del aborto. La pregunta es: En un mundo donde no existe la neutralidad, ¿acaso la ley puede ser neutral?
De manera inevitable, todo el tiempo, la ley y el Estado emiten criterios morales, claramente lo vemos cuando se establecen castigos para los asesinos, violadores y ladrones. La ley y el Estado han reconocido que “es malo matar”, “es malo robar”. ¿Qué es entonces la moral? Se trata de normas y costumbres que se establecen para dirigir una comunidad y que se consideran buenas y adecuadas para la misma. ¿Es esto religión?
La ley no puede ser neutral, pues siempre está nutrida de un contexto de normas y costumbres. Entonces, ¡la separación entre Estado/ley y moralidad es artificial, imposible, es propia del pensamiento moderno, mismo que buscamos superar en el horizonte de la descolonización!
Insistentemente, a partir del discurso de posesión del Presidente Evo Morales en 2006, se ha ponderado a nuestros pueblos indígenas como reserva moral de la humanidad. ¿Vamos a desentendernos entonces de la moral de nuestros pueblos? ¡Considerarlos en el debate es nuestro deber!
¡Que viva la vida!
* Politóloga y representante de la Comunidad Crítica Creativa. E-mail:esthercalderon26@gmail.com

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