por: Carmen Aliaga Monrroy
Las negociaciones no se hacen entre gigantes hegemonías y países aislados de su contexto regional, para estar a la altura de una relación relativamente equitativa (tanto el términos económicos, como políticos y culturales), sea con China o con Asia en general, es imprescindible pensarse como región.
Desde que la construcción del corredor biocéanico se consolida como un proyecto próximo y real; se han suscitado diferentes discusiones al respecto; por una parte se muestra una expectativa favorable a las posibilidades de integración regional que un proyecto de esta envergadura implica para América Latina; y en esta misma línea se apuesta por el lugar estratégico que ocuparía Bolivia en el contexto geopolítico del sistema-mundo. Por otra parte, desde una perspectiva crítica, se cuestionan los costos sociales y ambientales que podría generar un proyecto semejante a cientos de poblaciones que habitan los lugares por donde necesariamente pasará el corredor.
Sin duda, ninguna de estas dos perspectivas puede entenderse fuera de un contexto geopolítico mundial. El momento crítico del hegemón de siempre: Estados Unidos y el crecimiento indudable de la economía china genera necesariamente repercusiones en nuestra región. Alguna vez, el Presidente Evo Morales exhortaba a las empresas multinacionales diciéndoles: “Bolivia necesita socios y no patrones”; en esa época la nacionalización de los hidrocarburos habría esta posibilidad sin saber que esta frase implicaba también negociaciones políticas y económicas con costos, complejidades y estrategias. Hoy, en el escenario del empoderamiento del continente asiático, China se convierte en un ansiado aliado tanto económico – comercial, político y cultural; razón por la cual el vínculo comercial entre el océano pacífico con el atlántico se abre como una enorme oportunidad económica para la región y para Bolivia.
Repensar el modelo de desarrollo
Aunque en perspectiva esta es una oportunidad histórica tanto para Bolivia como para los diferentes países que se van a ver involucrados, principalmente Brasil y Perú; pone en mesa de discusión el modelo de desarrollo al cual apuntamos desde una perspectiva crítica. Las rupturas ideológicas que se han logrado con el Imperialismo norteamericano desde los gobiernos progresistas de la región cuestionan indudablemente un modelo de desarrollo neoliberal, unilateral y devastador de la vida. Sin embargo, la interrogante que sigue es: ¿cuál es la alternativa de desarrollo más allá del neoliberalismo o bajo una lógica de postneoliberalismo?
Es claro que bajo la insignia de la cooperación Sur Sur con el continente asiático y con el respaldo de las promesas de solidaridad en la conferencia de Bandung, la cooperación de China se perfila como una oportunidad de cambiar los parámetros del progreso de la región. El presidente Evo Morales y el gobierno en general respaldan esta lógica elogiando la solidaridad de China en financiar la construcción férrea del corredor en territorio boliviano y además se proyectan otros tipos de acuerdos comerciales que permitirá esta vía. Sin embargo, cabe preguntarse sobre el costo de un proyecto como este corredor, que cruzará transversalmente el territorio boliviano atravesando los departamentos de La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y una parte Norte de Potosí. La inversión de recursos para semejante construcción movilizará seguramente las economías de grandes empresas constructoras (de capital chino – asiático), al mismo tiempo y por la ubicación geográfica, afectará territorios comunitarios e indígenas en diferentes ecosistemas, desde el altiplánico hasta la chiquitanía. Aunque las declaraciones de los funcionarios afirman la viabilidad ambiental del proyecto, en el aire queda la susceptibilidad y las interrogantes acerca del proyecto político al que estamos apostando, cuando además venimos de un proceso intenso de reivindicaciones étnicas, con una ley de protección de la Madre Tierra y una esperanza en la integración geopolítica de nuestros pueblos latinoamericanos, no desde la lógica capitalista devastadora, sino desde una epistemología y una ética transformadora.
Entre la integración regional y las tensiones del sistema mundo tripolar
Ahora bien, hablando específicamente en términos de integración, entiendo que es importante distinguir dos niveles. El primero relacionado con una mirada hacia el “nosotros” latinoamericano y las condiciones de posibilidad de alianzas efectivas que se perfilan en el contexto actual. Claramente, el escenario político no es apropiado, las crisis en los gobiernos progresistas principalmente en Venezuela, Brasil y Argentina; han debilitado las oportunidades políticas de alianzas estratégicas.
Sin embargo, la oportunidad de conectar tres países políticamente diversos como Perú, Bolivia y Brasil; al menos a nivel comercial implica una renegociación interna. Lastimosamente, estas potencialidades económicas no can acompañadas de intercambios políticos estructurales que permitan democratizar los proyectos desde una participación activa de los movimientos sociales. En el escenario político actual, al menos podría generarse una alianza más allá de lo económico entre Bolivia y Brasil, que a pesar de los golpes en su economía, su lugar en los BRICS implica la única participación latinoamericana en un orden mundial tripolar. En este mismo entendido parece ser necesario repensar las formas de integración que buscamos, desde una mirada estatal pero que no serán sostenibles en el tiempo sino se genera un suelo político ligado al potencial de los movimientos sociales de diferentes países que van mostrando similitudes y hermandades en la arena de la lucha política.
Finalmente, está el tema más difícil, relacionado con la integración a nivel continental, es decir la relación de América Latina con el continente asiático, particularmente con China. La inyección de capital asiático en diferentes mercados y rubros de los países de la región es una realidad. Sin embargo, y retomando la frase del Presidente, en la necesidad de socios, es necesario reconocer con mirada fría y realista que ninguna relación comercial en los márgenes del capitalismo, se da por fuera de la lucha de clases; una lucha de clases que en esta época cobra dimensiones intercontinentales. Por lo tanto, para asegurar la presencia asiática en territorio latinoamericano, hace falta que esta relación garantice una tasa de ganancia para los inversores, principalmente para el gigante asiático. Más allá de ilusiones de solidaridad, es necesaria una mirada estratégica que salga de la lógica de la dependencia y el entreguismo. El corredor bioceánico traerá indudables beneficios para el mercado asiático; puede que existan ciertas coincidencias culturales y hasta ideológicas que vislumbren un escenario postcapitalista o al menos postimperialista, en la unión Latinoamérica – Asía; sin embargo es importante pensar ¿a qué costo nos vendemos?
Las negociaciones no se hacen entre gigantes hegemonías y países aislados de su contexto regional, para estar a la altura de una relación relativamente equitativa (tanto el términos económicos, como políticos y culturales), sea con China o con Asia en general, es imprescindible pensarse como región. Está demostrado que este pensarse como región y sus potencialidades, no estará en manos de gobiernos de derecha, que las resistencias de gobiernos progresistas están atravesando por crisis (exceptuando Bolivia) y que es urgente establecer estrategias geopolíticas desde los pueblos para que un proyecto como el corredor bioceánico sea efectivamente una vía de integración y no un recurso de neocolonización, explotación de la vida, de los recursos y de los pueblos de América Latina.
* Antropóloga y activista en el movimiento de mujeres ambientalistas.

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