por: Sergio Ríos
Sin ayuda alguna, más que de la simple rutina, los ojos de Raafat se abrieron exactamente a las 5:20, hora de la oración. Como un ente automatizado se levantó de la cama y buscó su tapete, salió de su pequeña choza de madera y paja al calor de la árida noche del desierto. El viento soplaba con furia llevando arena y carbón al rostro de Raafat, pero él caminaba como un ente sin alma, buscando, como por el aroma, al oeste. El viento no perturbaba ni por poco su concentración.
Hizo sus oraciones como manda la ley y al terminar ya parecía un cuerpo con alma. Enrolló cuidadosamente la alfombra y la guardó bajo su cama. Se lavó la cara con agua de un recipiente y preparó el desayuno.
Coció legumbres y huevos en la leña, tomó dos panes de un atado de trapos y buscó labne y aceitunas en frascos. Comió solitario el desayuno hasta que el cielo cambió de color a un plomo sombrío que daba la impresión de un desierto cubierto de ceniza, entonces fue a sacar a las cabras del corral. Se ató un recipiente para el agua con una soga de cuero de cabra, ajustó bien sus sandalias y tomó su cayado y se dirigió hacia el este.
Recorrió el camino habitual para llevar sus cabras a faldas de una colina, donde corría un arroyo que dejaba crecer un poco de hierba para los animales. Pero al llegar se encontró con nada. El arroyo estaba seco y el pasto muerto, cubierto de arena. No había nada para sus bestias ahí. Decidió entonces seguir el mismo sentido y llegar al otro lado de la colina. Antes de llegar al punto más alto, el cielo cambió otra vez de color para teñir de rojo todo el firmamento. Ese color no era normal, traía noticias de dolor.
Llegó entonces a la cima y pudo ver a lo lejos humo. Un humo denso y negro, muy diferente al de la leña o al de la hierba, un humo oscuro y sombrío que eclipsaba la tierra y se alzaba insolente hasta el cielo. Tenía que llegar al origen. Caminó hacia esa dirección y llegó cuando el sol ya salía. De un turril emanaba un intenso fuego que parecía inextinguible. El olor era sofocante. En el lugar había dos chozas idénticas a la suya, pero no había nadie, estaban habitadas solamente por el viento y la arena.
Unos metros más allá, una laguna de aguas negras dejaba crecer un poco de pasto. Llevó a sus cabras a que coman y beban. Las amarró ahí y sacó su tapete para orar nuevamente, como dictan las escrituras.
El sol ya había salido y seguía tiñendo de rojo toda la arena. Antes de empezar a orar se quedó viendo al horizonte, buscando algo entre las nubes y la polución, en aquel anaranjado cielo. Empezó entonces, pero lo hizo con angustia en el corazón.
Concentrado, pudo escuchar un ronco zumbido a lo lejos. Cuando levantó la cabeza vio el origen de aquel sonido. Un ave de metal se acercaba a él, volando pretenciosa, trayendo augurio de muerte. La oración fue interrumpida, Raafat se quedó mirando a la máquina que se acercaba, que pasaba por sobre él y que seguía su camino al este, sin percatarse de la presencia del pastor.
Raafat nunca había visto un helicóptero, pero sabía lo que significaba. Había visto en sus sueños lo que iba a ocurrir.
Raafat vivía en Alepo, en el norte de Siria, el año 2011.

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