por: Camilo Gil
Hoy es martes. Hace frío. Me despierto. No puedo dormir y me retuerzo en el calorcito que he logrado generar entre mis sábanas, busco sentirlo en cada centímetro de mi piel; no lo logro, el calor termina extinguiéndose. No lo soporto. Me levanto en las penumbras conocidas de mi habitación. Siento algo diferente, el aire parece tener un peso mayor al normal. Creo que es el frío, hoy está tan abrasador que parece sólido.
Empiezo a caminar hacia la cocina, paso por un pequeño pasillo. No me molesto en encender la luz para no incomodar a mi esposa que debe seguir durmiendo. Además no es necesario, he vivido en esta casa lo suficiente. Ahora que lo pienso luego puedo refugiarme en los brazos de mi mujer, ahí siempre es más caliente.
Llego a la cocina. Prendo la luz y, de repente, me doy cuenta del silencio que domina allí. Una especie de miedo hace que sienta mi respiración más pesada. Intento apurarme. Camino hacia donde están los vasos. Agarro uno y siento la textura fría y dura del vidrio. Me acerco al grifo. Sintiendo el metal en la palma de mi mano, lo abro. El vaso se llena rápidamente.
Me doy la vuelta con dirección a la puerta. Doy dos pasos e intentando dar el tercero tropiezo con mis propios pies.
El vaso vuela.
El tiempo se enlentece.
Veo absolutamente todo con lujo de detalles: el vaso se desprende de mi mano, el agua está enloquecida como un mar en confusión, un par de gotas saltan a diestra y siniestra. Mi cuerpo –sin que yo se lo ordene– intenta incorporarse o atrapar el vaso en el aire. Ni lo uno ni lo otro es logrado con éxito. La luz cálida de la cocina realza el piso de cerámica naranja en el que el vaso está a punto de estrellarse. Se acerca poco a poco, su interior se mese ahora con mayor brío. Primero se choca la base, en un ángulo mínimamente inclinado. Una rajadura nace del golpe y, casi como si no estuviese pasando en absoluto, empieza a expandirse lentamente. El reloj a mi izquierda, sobre una horrible pared verde espinaca que no recuerdo haber notado antes, marca las tres con seis minutos. Finalmente la rajadura está por llegar al borde superior, lo que ocasionaría que el vaso estallara, falta tan poco…
Hoy es martes, ¿eso no era ayer? No, estoy seguro de que hoy es martes. El frío me despertó, me muevo un poco entre mis sábanas y me doy cuenta de que no voy a poder levantarme, debería colarme a mi esposa, entre sus brazos estaré más cómodo. Me arrincono en la cama y caigo: ella no está ahí. Algo está mal. Recuerdo una pelea. ¿Por qué fue? ¿Fue ayer?
Creo que sí o creo que fue hoy. Los martes siempre me parecieron el peor día de la semana. Necesito agua, me levanto y camino hacia la cocina. No sé por qué lo hago tan deprisa, pero hay algo en el aire que hace que me cueste respirar. Siento que algo me mira, me sigue. Pero cada vez que me doy la vuelta no hay nada ahí. Algo extraño está sucediendo, en el fondo lo sé. ¿Dónde está mi esposa?
Llego a la cocina, me sirvo un vaso de agua. Todo a mi tacto parece congelado, ¿por qué hace tanto frío? Según yo estamos en verano, aunque en esta ciudad eso de las temporadas nunca tocó pito. Un ligero zumbido parece llegar a mis oídos desde lejos. No le prestó atención. Me doy la vuelta con dirección a la puerta. Logro acertar dos pasos, pero en el tercero me tropiezo con mis pies y el vaso sale volando. Veo todo con lujo de detalles, el reloj a mi izquierda marca las tres con seis minutos, ¿esto ya ha pasado antes? El vaso se raja, está justo por estallar…
Hoy es martes. No, ahora estoy seguro, hoy no puede ser martes. Eso fue ayer. ¿O fue todo un sueño?, ¿alguna especie de predicción del futuro en la que sabía que me iba a despertar por el frío? Es tan horrible que haga tanto frío, necesito calentarme de alguna forma: froto mis manos, intento achicarme lo máximo posible. Tocar mi piel con mi piel, generar calor. No logro nada, una sed horrible me está asfixiando, pero algo me dice que no vaya a la cocina. ¿Dónde está Nicole? La extraño, ahora más que nunca necesito que me rodee con sus brazos. Recuerdo nuestra pelea; no fue mi culpa. Ella insistía en que teníamos que tener a la niña –ni llegó a las tres semanas, pero Nicole insistía en que era una niña– en que sería un pecado matarla. Pero no, nuestro dinero no era suficiente para mantener a una criatura más. No podíamos darnos ese lujo.
Necesito el vaso de agua. Me levanto y marcho a la cocina, casi trotando. Siento que algo me mira, me sigue, me observa. Como si yo estuviera encerrado, siento que no podría salir del pequeño departamento aunque quisiera. Un zumbido llega desde alguno de los pisos de arriba hasta mis oídos. Me parece totalmente molesto. Es raro que solo lo escuche en la cocina. Me sirvo agua, me doy la vuelta para volver a mi cuarto y al tercer paso el vaso sale disparado. Todo parece pasar en cámara lenta y, aunque no sé por qué, termino mirando el reloj en esa horrible pared verde espinaca. Son las tres con seis minutos, ¿significará algo? El vaso parece rajarse poco a poco, va a estallar justo aho…
Hoy es martes. ¡¿Qué está sucediendo?!, esto no es normal. Siento que me estoy volviendo loco, ayer fue martes o anteayer. Esto ya ha pasado, ¿es todo un sueño?, ¿será todo una pesadilla? Talvez es mi conciencia. Y este frío infernal solo me dice que mi alma es igual de cruel. Un público de miradas me persigue, lo siento en cada centímetro de mí ser. Es como si susurraran: “Asesino”, “infanticida”, “¿cómo pudiste matar a tu hija? “
Un zumbido empieza a escucharse con bastante fuerza, como si viniese hasta mis oídos de un cuarto cercano, casi en el mismo departamento. Una sed repentina me seca desde los labios hasta el fondo de mi garganta, necesito agua. Pero recuerdo ese instante efímero en el que puse un sobre exceso de ruda en la limonada de mi mujer para que no tenga a esa criatura. Sí, creo que las voces tienen razón. Soy una
especie de monstruo, talvez por eso me ha abandonado. Me quedé solo, creo que ya son tres meses en los que no la veo. Nicole, te extraño.
La necesito, al menos sus brazos en los que dormía caliente en noches como estas. Necesito agua. No quiero salir de la cama, siento que sus frías sábanas son como un escudo o una protección ante esas millones de miradas. Pero ya no lo aguanto: me levanto y corro como un desquiciado hasta la cocina, donde enciendo su único foco cálido y me sirvo un vaso de agua. Recuerdo como mi mujer me decía “ya nos las arreglaremos, pero seremos unos buenos padres”
No, si la hubiera dejado nacer todo hubiera sido mil veces más difícil. No podía permitirlo, hubiera sido castigarla. Nicole, tienes que entenderlo. Tienes que creer en mí. Como esa tarde en la que, mientras tú lavabas los platos del almuerzo, yo te dije que me esperaras y te traje un anillo de oro para pedirte que nos casemos. Me tardé más de una hora en ir por el anillo, resulta que mi papá pensó que había que guardarlo y no estaba en casa. Fue todo un problema encontrarlo; pero si no me hubieras escuchado y te hubieras marchado, talvez nunca nos hubiésemos casado.
Me doy la vuelta para volver corriendo al cuarto. Doy dos largas zancadas, casi llego a la puerta, pero queriendo dar una tercera me tropiezo y el vaso sale disparado. El tiempo parece convertirse en una tortura eterna de siglos. Me doy la vuelta y miro el reloj, ese asqueroso verde espinaca me recuerda el jugo que le di a Nicole. Marca las tres con seis minutos… ¿Por qué?
Hoy es martes. ¿¡Qué está pasando!? El vaso a punto de romperse, el maldito frío, las miradas que ahora se sienten como trillones, ese zumbido que ahora está dentro de mi cabeza, como la explosión de una granada cercana. Ese reloj maldito que solo marca las tres con seis minutos, la hora en la que mi esposa se levantó en la noche para abortar. Sí, ya lo tengo todo claro. Estoy encerrado, este es el infierno.
Hace tanto frío, casi puedo ver mi aliento congelado con cada exhalación. Recuerdo que luego de que Nicole me haya dicho que yo era un asesino que no había respetado su decisión, luego de dejarme solo por tres agobiantes meses en los que apenas podía dormir sin sus brazos rodeando mi cuello. Tres meses de tortura, casi tan desesperante como esta –una sed repentina se retuerce en mi garganta, necesito agua– decidí entrar a la cocina y colgarme de una barra de agua que pasaba por el techo para los pisos superiores.
Ahora, supongo, este es mi castigo por matar a la niña. Las voces resuenan en mi cabeza, un poco más fuerte a cada instante. Creciendo conjuntamente con el zumbido. Me levanto y corro a la cocina, me sirvo el vaso de agua, me doy la vuelta y está a punto de estallar, pero sé que nunca lo hará. Porque con ese mismo vaso maté a mi hijita…
Hoy es martes.

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