por: Carlos Ernesto Santa Cruz
192 años de existencia parecen suficientes como para demostrar que somos viables como pueblo y como Estado, y también suficiente tiempo como para consolidarnos como una comunidad social y políticamente organizada. En otras palabras, nuestra mera existencia es una prueba de que tenemos un futuro por delante. Los años seguirán pasando y los bolivianos enfrentaremos nuevos retos como un conjunto de naciones que se aceptan e integran en un proyecto que es más grande que la suma de sus partes.
Por supuesto, ninguna meta será alcanzada gratuitamente, pero si somos sabios y aprendemos de nuestra historia nos ahorraremos muchos sacrificios, tal vez innecesarios. Cada etapa de nuestra vida como país nos ha enseñado algo, y es claro que aunque no siempre sabemos o estamos de acuerdo en cuanto a cuál es nuestro horizonte, ya tenemos suficiente camino recorrido como para saber cuál es nuestro norte y nuestro sur.
Cada levantamiento, cada rebelión, y también cada muerte son un hito que nos guía hacia la eliminación de las desigualdades, de las injusticias y de la opresión. Aprendimos que no hay desarrollo sin soberanía, aprendimos que no hay igualdad sin participación política, aprendimos también que no hay libertad sin autonomía económica.
Nos dimos cuenta que a pesar de la discriminación, aquellos ninguneados por la historia y el Estado colonial resultaron ser los más bolivianos de los bolivianos, los que pusieron el pecho a las balas por derechos que hoy todos gozan y por una independencia que nunca se entrega sola y pacíficamente.
También sabemos que los mejores resultados que pueden alcanzar nuestros pueblos en cuanto a desarrollo son sólo posibles si somos dueños indiscutibles de nuestros recursos naturales. Ahora sabemos que no podemos aspirar a un futuro si no honramos nuestro pasado y aceptamos nuestros errores y nuestros aciertos. Finalmente, también aprendimos a confiar en nosotros mismos y en nuestros hermanos latinoamericanos y a desconfiar de la sospechosa generosidad de las grandes potencias.
2017, nos sorprende con un mundo que parece no saber hacia dónde ir. Con nuestros aliados en plena batalla y con los pueblos oprimidos del mundo en diferentes momentos de autodeterminación. En ese contexto, en el cual ni siquiera las grandes potencias están seguras de cuál es su lugar en el mundo, los bolivianos al menos podemos estar orgullosos de habernos fijado un destino plurinacional y descolonizador como objetivo constitucional, en el cual todos nuestros ciudadanos y ciudadanas han puesto su consenso y aceptación.
Nuestra tierra muchas veces tuvo que comerse a sus hijos convirtiéndose en la tumba de un Tupac Katari, de una Bartolina Sisa, de un Andrés Ibañez, de un Zarate Willka, y hasta de hombres y mujeres que al derramar su sangre junto con la nuestra ya son bolivianos, como el Che. Por eso, celebremos este aniversario patrio como se celebraron todas nuestras revoluciones y levantamientos. Sabiendo que la derrota del enemigo no es el fin de la guerra y que ser dueños de nuestro destino es un derecho que debemos conquistar todos los días, so pena de perderlo.

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