por: Pablo Antonio Quiroga Pareja
Al plantearnos el problema de identificar quienes ejercen el poder político en una sociedad reconocemos implícitamente la existencia de una élite política. Es decir, aceptamos la idea de que dentro de dicha sociedad existe un grupo limitado de personas que tienen la capacidad de influir directamente sobre los asuntos públicos. Este postulado tan simple, de que toda sociedad está dividida entre aquellos que mandan y aquellos que obedecen, es el punto de partida de la teoría de élites. Advierto, sin embargo, que su uso está lejos de ser sencillo.
En primer lugar, antes de comenzar, debemos aclarar lo que no es una élite política. Élite política no es lo mismo que clase política, cuyo significado es más amplio e involucra a todos aquellos que influyen en los asuntos públicos y políticos de una sociedad. Una clase política incluye a todos los individuos que ocupan cargos de poder en una sociedad, más allá de si son afines políticamente o no, o si están organizados de forma interna.
Estudiar a las élites políticas no es lo mismo que estudiar las estructuras de poder en una sociedad. Estas son el conjunto de elementos que determinan las relaciones jerárquicas y la forma en la que se distribuye el poder dentro de una sociedad.
Las élites políticas son un conjunto de personas más restringido. Se trata de individuos que están relacionados entre sí mediante diferentes tipos de vínculos, pero donde todos comparten dos características particulares:
• Están organizados
• Influyen directamente en la toma de decisiones dentro de una sociedad.
Estas élites manejan el poder político, es lo único que las define. Pero ¿Se trata de una sola élite o de varias? ¿Cuál es la base sobre la cual construyen su poder? ¿Es el dinero, el carisma o la capacidad técnica? ¿Desde dónde ejercen este poder? ¿Lo hacen desde las estructuras formales de lo que conceptualmente conocemos como Estado o lo hacen desde la sociedad civil y sus organizaciones? ¿Qué las diferencia del resto de la sociedad? ¿Cómo las identificamos? Las respuestas varían según los autores, tiempos y lugares.
Antes de comenzar a desarrollar esta primera parte de mi marco teórico, vale la pena hacer una puntualización: la teoría de élites, en un principio al menos, fue diseñada para contradecir el postulado marxista de la lucha de clases. Como se verá a continuación, el objetivo era demostrar que la historia de la humanidad no era una lucha entre poseedores y desposeídos como afirmaba la izquierda revolucionaria a finales del siglo XIX, sino una lucha entre minorías por gozar de los privilegios del poder que no modificaba nunca el hecho de que toda sociedad está y estará siempre gobernada por unos pocos.
Mosca y la clase política
El primero en plantear esta visión pesimista de la historia fue Gaetano Mosca. En su famoso libro La clase política (1896) es explícito al respecto, al afirmar que, en todas las sociedades, comenzando desde aquellas mediocremente desarrolladas y que apenas han arribado a lo primordial de la civilización, terminando por las más numerosas y más cultas, existen dos clases de personas, una de los gobernantes y la otra de los gobernados.
Por supuesto, decir que en toda sociedad hay unos que mandan y otros que obedecen no es ningún mérito. El aporte de Mosca reside en algunas observaciones más concretas respecto a los que mandan. En primer lugar, esta dominación tiende a hacerse hereditaria, a pesar de los mecanismos de elección de autoridades ya propios de la democracia de esos tiempos. Mosca observa que en el parlamento inglés muchos de los miembros eran hijos, nietos o familiares de segundo orden de viejos representantes. Situación que no ha cambiado hasta el día de hoy.
En segundo lugar, añade, esta dominación que ejercen siempre ha tenido un correlato moral, es decir, un mecanismo de legitimación llamado fórmula política. Así, a lo largo de la historia, esta clase política ha sustentado su poder en las armas, en el dinero o en la religión, pero siempre ha acompañado esta dominación de facto con una dominación de jure; encarnando las creencias y valores más representativos de la sociedad donde se desenvolvieron.
Finalmente, y esto es central entre los primeros elitistas, esta dominación de unos pocos sobre las mayorías es posible debido a un solo hecho: la organización. Así, las minorías pueden organizarse mejor que las mayorías por ser, justamente minorías. La fuerza de esta minoría es irresistible frente a cada individuo de la mayoría, el cual se encuentra aislado ante la totalidad de la minoría organizada, sostiene Mosca.
Pareto y la circulación de las élites
Estas minorías viven periodos de estabilidad y renovación, nos enseña Mosca. Pero fue Wilfredo Pareto quien profundizó la reflexión sobre esta dinámica, y también quien utilizó por primera vez el concepto de élite en su obra Tratado de Sociología General (1916). Para Pareto las élites se forman en cualquier nivel de organizaciones humanas, tanto en la sociedad civil como también en el Estado. Existen, entonces, dos tipos de élites: élites gobernantes y élites no gobernantes. Ambas en contante lucha por tomar el poder.
Las élites se comportan de acuerdo a los residuos (por residuos podemos entender instintos) dominantes que tienen sus miembros. Existen dos tipos de residuos: I y II. Así, y siguiendo de alguna forma a Maquiavelo, hay élites gobernantes ricas en residuos tipo I, llamadas también zorros, que gobiernan a través del engaño, la persuasión y están inclinadas a pactar y hacer negociaciones. Las élites con residuos tipo II o leones, por otra parte, gobiernan a través de la fuerza y la coacción.
La dominación de las élites descansa en la combinación de estos dos tipos de residuos. Sus estrategias de dominación comprenderán, de esta forma, desde la eliminación o represión de las élites opositoras, hasta la cooptación de sus miembros más sobresalientes. Cuando ambas estrategias fallas y la élite gobernante pierde vigorosidad, esta es sustituida por las élites ricas en residuos tipo II que se mueven dentro de la masa. A esta dinámica donde unas élites caen mientras otras se levantan y toman el poder, Pareto llamó: la ley de circulación de las élites, y es su aporte más representativo.
Michels y la ley de hierro de las oligarquías
El último de los representantes clásicos de la escuela elitista es Robert Michels, conocido por su ley de hierro de las oligarquías. En su libro Partidos Políticos: un estudio sociológico sobre las tendencias oligárquicas de la democracia moderna (1911), él sostiene que existe una tendencia hacia la oligarquización en toda sociedad y organización humana, desde los gobiernos hasta los sindicatos.
Esta oligarquización es un resultado inevitable de la organización. Así, la secuencia lógica de su razonamiento sería la siguiente: para vivir en sociedad, el ser humano debe organizarse, para organizarse concentra el poder entre unos pocos. Esos pocos son la élite. El que dice organización dice oligarquía, es su sentencia final.
De acuerdo a Pamela Tolbert (Tolbert, 2010), Michels difería de Pareto en que no existía un reemplazo de unas élites por otras, sino más bien una amalgamación, donde las viejas élites reclutan constantemente a miembros de la masa para mantener el poder. Así, el reemplazo total de élites sería un fenómeno raro en la historia, algo que puede ser discutible en vista de lo acontecido en Pando en septiembre de 2008, donde, a primera vista, hubo un desplazamiento total de una élite sub nacional por otra, cambio impuesto desde el nivel central de gobierno.
Hunter, Mills y la élite del poder
Toda esta producción académica influyó bastante en la sociología y la ciencia política de las décadas venideras. En EE.UU., dos son los nombres que destacan por su trabajo en la teoría de las élites: Floyd Hunter, con Comunity Power Estructure (1953) y Charles Wright Mills, con The Power Elite (1956).
Ambos académicos coincidían en que EE.UU. estaba gobernado por un grupo reducido de personas que tenían más influencia que los representantes políticos elegidos democráticamente. Floyd, en su trabajo, investiga las redes sociales por las que se mueven las personas más influyentes de la sociedad norteamericana, encontrando que todos pertenecían a clases capitalistas empresariales. Mills, por otra parte pero no muy lejos, identifica tres élites que concentran el mayor poder de decisión por encima del ciudadano común, estas élites son: empresariales, políticas y militares.
De acuerdo a Joel Ruiz Sánchez (2009), la escuela elitista norteamericana se diferencia de la italiana clásica en que ya no explica el poder de las élites por atributos individuales como la astucia, la vigorosidad o cualidades de liderazgo, sino por la estructura social y económica desde donde estas surgen. Como vemos, tanto Floyd como Mills, estudian a las élites de su tiempo a través de los círculos sociales por los que se mueven.
Dahl y la pluralidad de élites
Aunque la producción sobre élites es mucho más basta de lo que ha sido expuesto hasta acá, hay un último aporte que debe ser mencionado. La tesis de que existe una élite de poder con más influencia sobre el Estado que la de aquellos elegidos democráticamente y los ciudadanos que representan motivó a miembros de la escuela pluralista a contradecir esta tesis.
El autor más sobresaliente entre estos pluralistas es Robert Dahl, que cuestiona a los elitistas de su tiempo a partir de tres observaciones: 1) potencial para controlar no es lo mismo que potencial de unidad. Aunque un grupo social, como los militares descritos por Mills, tienen potencial de control, no tienen necesariamente potencial de unidad, que es la capacidad de estar de acuerdo como grupo en temas puntuales, como la de tomar el poder e imponer una dictadura militar. Por ello, el potencial de control puede ser menos eficaz, políticamente, que el potencial de unidad; de estar de acuerdo en algo de forma conjunta, y ejecutarlo. 2) En segundo lugar, dado que el poder jamás está distribuido de forma equitativa en ninguna sociedad, el error es creer que porque unas personas tienen más poder que otras entonces estas son una élite, con poder de control y unidad para definir asuntos clave en la vida social. 3) Finalmente, que un grupo tenga influencia sobre un ámbito, como los empresarios sobre los negocios, no quiere decir que tienen influencia sobre otros, como la definición de políticas públicas o la elección de un presidente.
A la visión expuesta por Floyd y Mills de una sociedad controlada por una élite monolítica con mayor influencia sobre el Estado que los ciudadanos y sus representantes, Dahl postula otra donde existen una pluralidad de grupos sociales con diferentes de intereses y capacidad de influir sobre el Estado en asuntos específicos, sin ser omnipresentes en todas las esferas de la vida social.
En resumen, podemos decir que la teoría de élites se ha ido transformando constantemente desde que fue formulada por primera vez a finales del siglo XIX. Hoy en día, no son sólo los políticos oficiales quienes influyen sobre los asuntos públicos, dado que los constantes procesos de democratización que se han dado en todo el mundo, también le han otorgado poder a organizaciones sociales, sindicatos y grupos de presión. No obstante, la toma de dicciones final en cuanto a procesos políticos y políticas públicas sigue concentrándose, en los hechos, en unos cuantos tomadores de decisión.
El grado en el que estos tomadores de decisión sean pocos o muchos y qué tan abiertos estén a la influencia de la sociedad civil depende de las particularidades de cada sociedad, sin embargo, la existencia de “políticos profesionales” como los llamaba Weber (Weber, 1880) es irrefutable aún hoy en día. Es más, las diferentes formas de regímenes políticos demuestran que existen grupos con altos niveles de influencia sobre las decisiones públicas tanto en sociedades democráticas como en sociedades de tipo autoritario.
Concluiré esta primera parte del marco teórico adoptando las siguientes premisas a partir de lo expuesto hasta ahora:
1. Una élite política está constituida por personas que concentran un alto nivel de decisión dentro de una sociedad (Mosca, Pareto)
2. Todos sus miembros se encuentran organizados y cohesionados frente al resto de la sociedad, es decir, tienen potencial de unidad, aunque sus intereses no siempre coinciden y suelen unirse sólo en determinadas circunstancias (Mosca, Mills y Dahl)
3. Comparten un conjunto de creencias que puede ser llamado ideología o fórmula política que, al mismo tiempo, legitima su poder ante la sociedad (Mosca)
4. Ejercen su poder no de forma individual sino a través de instituciones desde las cuales tienen poder de decisión (Mills)
5. Aunque son un grupo restringido de personas, no son necesariamente excluyentes, y reclutan periódicamente a nuevos miembros para mantenerse en el poder (Mosca).
* Es estudiante de ciencia política en la Universidad Mayor de San Andrés.

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