Antes de concluir la semana laborable se ha registrado un hecho político cotidiano a pesar de la voluntad de sus actores por generar algo trascendental en cuanto a impacto político, pero sin embargo ilustrativo para entender a un sector de la oposición en nuestro país. Nos referimos al anuncio de la Agenda 21F presentada el jueves en un céntrico hotel de la ciudad de La Paz, firmado por 180 “personalidades” que aspiran a formular una suerte de programa de transición destinado a ejecutarse a partir del año 2020. No es que los opositores de este gobierno no hayan tratado nada parecido antes, sea organizándose en distintas y fracasadas plataformas partidarias e institucionales, sea ideando propuestas para conducir un país que siempre les resultó incomprensible como de nuevo, con la aparición de este grupo, ha quedado de manifiesto.
Se han propuesto, nos dicen, pensar un nuevo rumbo para Bolivia, alejado de las consignas en boga de “gobierno de los movimientos sociales” o “la partidocracia”, democrático y pluralista, “independiente” de la “dictadura venezolana”. Incluso hablan de una “defensoría de la Naturaleza” y de “fortalecer ciudades intermedias”. En pocas palabras, un Estado diferente al actual. Pero olvidan, estas personas, que el país ya tomó esa decisión hace mucho tiempo, y cuando nos referimos al país queremos decir al país de verdad, a las grandes mayorías que fueron excluidas durante siglos y no a la clases medias urbanas que viven en una burbuja más cercana a los EE.UU. que al municipio de Achacachi.
Los “personajes” que la firmaron no son otros que políticos del viejo régimen neoliberal u otros fracasados que trataron, pero nunca pudieron, ocupar verdaderos espacios de poder. Entre ellos no podía faltar Loyola Guzmán, que perdió todo el respeto de la izquierda al aliase con Samuel Doria Medina hace algunos años y darle un portazo a su historia con el Che, o Erika Brockmann, parlamentaria mirista durante la época de las mega-coaliciones y la democracia pactada, esa misma democracia pactada que fue derrumbada por las organizaciones sociales en 2003. Personajes de un pasado oscuro que nadie quiere revivir, ni siquiera los ciudadanos que hoy se oponen al MAS.
Pero sus declaraciones y su poco memorable reunión tiene un significado. Es cierto, las cosas cambiarán profundamente a partir de 2020, pero eso no quiere decir que se vaya a volver al pasado. Cambiarán porque el propio Evo Morales –el que lidera todas las encuestas electorales- y el MAS están obligados a reinventarse como lo exije los desafíos del momento. Están ante el desafío de hacer cambio dentro del cambio. Pero aún Evo Morales dejara de ser presidente es muy difícil pensar nuevamente en un gobierno sometido a los EE.UU. o indiferente ante la potencia de las organizaciones sociales de la Bolivia humilde. Es muy difícil pensar en nuevas privatizaciones de nuestros recursos naturales y asegurar le reversión del proceso de cambio sin grandes conflictos sociales que generen inestabilidad política y económica que nadie quiere.
Es cierto, es cierto, ellos no dijeron nada al respecto, pero eso es justamente lo llamativo. Quieren una “nueva matriz productiva”, cuando los partidos a los que respaldaron en el pasado liquidaron la nuestra al vender toda la riqueza del país ni bien dejaba la tierra que la guardaba, a precios irrisorios, que sólo engordaron las cuentas de los gobernantes de entonces. Hablan de democracia, cuando las protestas contra sus gobiernos costaban no uno ni dos, sino decenas de muertos. Ninguno que les haya indignado, puesto que ninguno de esos muertos venía de colegios privados ni había estudiado en el extranjero. Hablan de reformar la justicia, cuando fueron ellos los que por décadas cuotearon de forma partidaria todas las magistraturas, de la misma forma que ellos critican ahora al partido de gobierno. Hablan de independencia de “la dictadura venezolana”, cuando ellos pedían permiso a la embajada de los EE.UU. para designar a un ministro.
Las posibilidades de que este proyecto sea fructífero, aún para ellos, son muy reducidas, como lo fue PODEMOS, Convergencia Nacional, Unidad Democrática, CONALDE, y todas esas siglas que ni entonces ni hoy tienen importancia. Y no será fructífero pues todas estas “personalidades” terminarán detrás de una de las siglas de los jefes de partido con los cuales o han militado antes o lo siguen haciendo ahora de forma encubierta.
Habrá cambios dentro del cambio, no retrocesos.

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