agosto 16, 2026

Andrés Soliz Rada, el ejemplo

Nacionalista, marxista, pero también nuestro americano, Soliz Rada acompañó este proceso de cambio como deberían haber hecho muchos de los actuales autodenominados “revolucionarios” que se han subido al carro del MAS: sin pretensiones egoístas, comprometido con una causa más que con un partido o un líder, sin más aspiración que la emancipación de su patria, que no era sólo Bolivia, sino el continente entero.

Nació en mayo de 1939, de profesión periodista y abogado. Desde joven, además de cultivar el hábito de la lectura, fue un seguidor de lo más avanzado que había producido Bolivia hasta entonces en cuanto a teoría y praxis política. Discípulo y amigo de Sergio Almaráz Paz, como también de Carlos Montenegro y Augusto Céspedes, se sumó lógicamente a las filas del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y a la Revolución Nacional que estalla en 1952. Se mantiene leal a ella hasta sus últimos días, a través de décadas y sin fin de acontecimientos que llevaron a otras personas a otro tipo de trayectorias más oscilantes entre la izquierda y la derecha. Y esto porque no era solamente un político, sino también un intelectual que entendía el fondo de las cosas, por lo que era más leal a principios que conocía y en los que creía.

Estos principios eran simples, pero difíciles de seguir para muchos otros. Pueden resumirse así: La principal contradicción que sufren Bolivia y los pueblos de Latinoamérica es la disputa entre naciones opresoras y oprimidas a la que Lenin se refirió con el nombre de imperialismo; la soberanía de una nación oprimida sobre sus recursos naturales es una condición imprescindible para su liberación; la liberación del pueblo boliviano es sólo un paso en el camino hacia la liberación de la nación latinoamericana; la liberación de la nación latinoamericana es un paso importante en la construcción de un mundo multipolar y la superación del capitalismo; la nación latinoamericana no debe fragmentarse en pequeñas nacionalidades indígenas o de otro tipo, pues es la síntesis de una mezcla de mezclas y no la balcanización de identidades.

Por supuesto, este es un resumen que puede llegar a ser hasta muy simplista, pero lo apoyaremos con sus propias palabras más adelante. Lo importante acá es remarcar la claridad de su ideario político, que es la única explicación de su lucidez práctica. Pues aunque la Revolución Nacional terminó desnaturalizándose tanto en forma como en contenido, Soliz Rada no fue víctima de la desesperación que llevó a muchos a virar frenéticamente entre izquierda o derecha, sino que se introdujo en cuanto resquicio se abriera para luchar por la liberación del país. En los 70s apoyó a la nacionalización del gas promovida por la presidencia del general Torres y el entonces diputado Marcelo Quiroga Santa Cruz, el golpe de Estado de Hugo Banzer lo obligó a retirarse en el exilio, del cual volvió reinstaurada la democracia. A finales de los 80s funda Conciencia de Patria (CONDEPA) junto con el compadre, y ocupa puestos parlamentarios en 1989 y 1996.

La defensa de los recursos naturales y la soberanía del país la emprende en todo este lapso que acabamos de narrar brevemente. En realidad, se puede decir que lo hace en todo el lapso que es su vida. Y hace aquello porque domina las ideas que lo guían, las conoce y por lo tanto sabe cómo actuar en consecuencia con sus principios. Sea denunciando a aquellos involucrados con la venta de nuestra soberanía y riquezas, sea apoyando a cuanta iniciativa nacionalista surja, o sea aportando en la construcción del pensamiento de lo que él llamaba la Izquierda Nacional. Su intachable trayectoria lo llevó nuevamente a involucrarse en la vida política del país activamente durante los primeros años del gobierno de Evo Morales, en el cual fungió como ministro de Hidrocarburos, impulsando la refundadora tarea de cumplir con una de las demandas centrales de la Agenda de Octubre que comisionó el pueblo boliviano al nuevo presidente: la nacionalización de los hidrocarburos. Tarea ardua y difícil en la que no sólo tuvo que enfrentarse a los enemigos de siempre, las transnacionales, el imperialismo y la oligarquía local, sino también y muchas veces a sus propios compañeros del proceso de cambio, razón por la cual renunció a su cargo una vez completados los cimientos de la nueva nacionalización.

Las diferencias con algunas líneas dentro del gobierno del presidente Morales lo obligaron a renunciar a sólo unos meses de haber puesto a andar la estructura de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), pero a diferencia de muchos personajes que abandonaron las filas oficialistas, Soliz Rada continuó defendiendo el proceso de cambio. No había un cargo de por medio, no había tampoco dinero de por medio. Como nos recuerda Martín Zibak en un evento que se realizó poco después de su muerte, Soliz Rada fue una persona que nunca vivió en la opulencia y, es más, pasó la mayor parte en la humildad. La razón de su lealtad a este proceso no se debe, como con otros, a posibles beneficios sociales o económicos provenientes de pasajeros cargos, sino a su convicción de aquellas simples ideas que anotamos allá arriba, que le permitían llamar al pan pan, y al vino vino.

De hecho, su apoyo crítico fue siempre claro. No estaba de acuerdo con la actual constitución política del Estado, a la que consideraba peligrosa por el hecho de reconocer la existencia de 36 naciones indígenas, a su juicio “inexistentes”, que podrían poner en peligro no sólo la cohesión de nuestro Estado sino dificultar su camino hacia el desarrollo. Veía en el reconocimiento de estas 36 naciones un trabajo no del pueblo boliviano sino de las ONGs, como una estrategia de los países centrales para fragmentar a los países periféricos tan necesitados de soberanía y autodeterminación. Soberanía y autodeterminación más complicadas de alcanzar con un conjunto amplio de nacionalidades en su interior con prerrogativas en temas como justicia, sistemas administrativos o incluso sobre recursos naturales. La coyuntura TIPNIS, tan costosa para el gobierno políticamente, es una prueba de que posiblemente Soliz Rada tenía razón.

Pero más allá de que comulguemos o no con su rechazo de la plurinacionalidad, también se debe advertir que no se trataba de un radicalismo irreflexivo o temperamental. Como el izquierdista que era, reconocía que Bolivia era y es un país profundamente afectado por el racismo y la exclusión étnica, y su rechazo a este persistente trauma boliviano lo llevó no sólo a apoyar al MAS sino también a fundar CONDEPA previamente. No podía, obviamente, hacer menos que rechazar el elitismo y la excluyente ideología social darwinista que profesaban y seguía la derecha racista de nuestro país, que en 2008 golpeaba indígenas y en 2015 los defendía con suma hipocresía. Aplaudía la inclusión de aquellas mayorías indígenas en la política de nuestro país, pero había una identidad por encima de todas para él: la indomestiza, la boliviana, que agrupaba a todas las demás; y el carácter indomestizo de Bolivia sería, de esta forma, una particularidad más que una forma de homogeneizar a la nación boliviana, tan particular en su mestizaje como el mestizaje brasilero o argentino.

También condenó varias actuaciones del gobierno, no sólo en el plano de las ideas sino también en el de la praxis política. El acercamiento del gobierno central a los círculos empresariales del oriente, aquel oriente que conspiró activamente con la oposición para derrocar al gobierno y que aceptaba abiertamente su racismo, fue duramente criticado por Soliz Rada, que no se dejaba llevar por aquellas ingenuas aspiraciones de unidad nacional incluso con la derecha. El creía en la unidad nacional, la unidad de las clases oprimidas contra el imperialismo; pero no la unidad de lobos y corderos.

Sin embargo, Soliz Rada estuvo ahí para apoyar al presidente antes del referendo del 21F, a pesar de que, como dijimos, no era lo que hoy llaman de forma despectiva, un “masista”. A su avanzada edad no tenía nada que ganar con este apoyo, ni un cargo que aspirar. Pero creía, y esta es otra de sus enseñanzas importantes, de que es mejor defender un cambio posible que una revolución teórica. Una de sus obras más importantes, Controversias de la Izquierda Nacional, advertía sobre dónde pueden conducirnos los radicalismos irracionales que se guían por consignas y no por la inteligencia. Y esto no lo decía alguien falto de pragmatismo (y nos referimos al pragmatismo bien entendido) ni tampoco un hombre sin ideas claras como sentencias u oraciones bien redactadas. Lo decía alguien que hizo lo máximo posible cuando leía que la realidad se lo permitía. Con Ovando, con Palenque, con el presidente Morales, él defendió lo que creía por que comprendía muy bien lo que quería. No hubo confusión en su accionar, de la misma forma que su pragmatismo tampoco llegó a confundirse con la cobardía. Fue abiertamente crítico no sólo con el gobierno del MAS, sino que también denunció el enriquecimiento de Gonzalo Sánchez de Lozada, con su libro “La Fortuna del Presidente”. También el enriquecimiento de sus ministros, de sus correligionarios, e hizo todo esto sin ningún miedo a las represalias.

Es necesario rendir tributo a Andrés Soliz Rada, aunque sea a destiempo, porque hombres como él nos enseñan que nuestra lealtad no es con personas, no es con partidos, no es con consignas; nuestra lealtad debe ser con ideas que debemos defender hasta la muerte y seguir consecuentemente mientras estemos con vida. Y sobre todo, es necesario rendir tributo a un hombre cuya inteligencia lo llevó a mirar con desdén aquellos cargos que tanto seducen a las almas más mediocres, enfermas de arribismo social.


*       Es politólogo de la Universidad Mayor de San Simón.

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